
(A cuarenta y cuatro años de Malvinas: ¿Otra vez en guerra?)
A fines de diciembre de 1982, por primera vez, un músico argentino brindaba un concierto en un estadio de fútbol local. Charly García presentaba su long play “Yendo de la cama al living” en la cancha del club Ferro Carril Oeste de la Ciudad de Buenos Aires. Se terminaba un año trágico para nuestro país: cientos de pibes habían muerto en la Guerra de Malvinas, mientras sus compañeros sobrevivientes regresaban en medio de la indiferencia o más bien el desprecio que les dedicó la Junta Militar de aquel entonces.
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Como no podía ser de otra manera para un artista siempre conectado con el entorno en que le tocó componer, grabar y actuar, la guerra palpitó a lo largo del show. Pero el plato fuerte se dio sobre el final, cuando García interpretó “No bombardeen Buenos Aires”, mientras la notable puesta de Renata Schussheim simulaba un bombardeo que hacía caer las estructuras previamente montadas en el escenario. ¡No bombardeen Caballito! terminó gritando Charly para darle más verosimilitud a ese impactante instante.
El arte suele mostrar lo que el sentido común se encarga de negar u ocultar. Con aquel tema del final este músico genial desnudaba la falsa conciencia de un sector de la ciudadanía en relación a Malvinas, a la política, a lo común, al Otro. La canción recorre escenas cotidianas en que la total ajenidad con el drama de la guerra contrasta con el desesperado ¡No bombardeen Barrio Norte!, cual sinónimo de “hagan lo que quieran pero a mí no me jodan”. Esas mismas corrientes de opinión que, infatuadas de patriotismo con el desembarco en las islas, habían elogiado al dictador de turno para consumir el discurso que la prensa oficialista exudó sin pudor. Lo cierto es que apenas Reagan y la OTAN hicieron explícita la pavorosa improvisación de los militares argentinos, los patriotas ufanos de los misiles Exocet, que supuestamente nos llevaban al triunfo, se transformaron en individuos concernidos por la preservación de su privada seguridad e intereses.
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“No bombardeen Buenos Aires” explora esa subjetividad consumidora de medios de información tan irresponsables como los militares que llevaron a la muerte a cientos de pibes argentinos en las islas.
“Los ghurkas siguen avanzando, los viejos siguen en TV/ Los jefes de los chicos,/Toman whisky con los ricos/Mientras los obreros hacen masa/En la Plaza como aquella vez/ Como aquella vez ( Hijos de Puta)”. Aquella “aventura militar”, tal como la denominó el Informe Rattenbach que recomendó pena de muerte a los responsables, fue perpetrada en dictadura. Es decir, por un gobierno de facto que atropelló la Constitución y las normas básicas que diferencian a una comunidad humana de la barbarie.
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Hoy no se necesitan gobiernos de facto para que la sinrazón y la violencia prevalezcan en nuestras existencias. De hecho, estamos comprometidos en una guerra. Milei nos involucró en la infame guerra que Estados Unidos e Israel sostienen con Irán y ya manifestó su intención de enviar tropas a Medio Oriente. Basta recordar los dos brutales atentados que sufrimos por el envío de naves al Golfo Pérsico ordenado por Menem en 1990 para colegir el oscuro y peligroso abismo al que nos conduce este presidente, en cuyo despacho cuelga el cuadro de la asesina Margaret Thatcher, responsable del ataque al General Belgrano donde murieron 323 soldados argentinos. La mitad de las bajas argentinas en la guerra de Malvinas.
Hoy las bombas no distinguen estados de derecho de dictaduras. Con el bombardeo de Estados Unidos a Venezuela -y las amenazas sobre México, Colombia y Cuba- Latinoamérica ha ingresado en una etapa en la que el más brutal y descarado poder de las armas se impone por sobre cualquier reparo ético, legal, constitucional o acuerdo entre partes. El diálogo ha quedado definitivamente relegado al capricho de un mandamás, cuya desvariada vocación imperialista provoca un cambio sustantivo en las expectativas para una convivencia democrática. “Mi único límite es mi propia moralidad”, enunció el Donald Führer después de bombardear Venezuela. El avance del miedo y el atropello habita en todos los rincones del continente. En nuestro país, la endeblez de las instituciones -empezando por la degradada administración de Justicia- hace pensar que solo una decidida actitud de la oposición podría poner cierto freno al desquicio del gobierno libertario y sus aliados. Vaya como ejemplo que, tras el reciente bombardeo a Caracas, algunos edificios oficiales de la Ciudad de Buenos Aires amanecieron disfrazados con los colores de la bandera venezolana como elogio al atropello del Emperador norteamericano. El mismo sujeto que le permitió a Milei alzarse con el triunfo en las elecciones de medio término. No obstante, la inmensa multitud reunida el 24 de marzo en el aniversario de los cincuenta años del Golpe de estado, nos hace pensar que la Memoria del Terrorismo de estado (que incluye a los soldados muertos y torturados en Malvinas); el reclamo de Justicia, y la búsqueda por la Verdad, guardan su chance de prevalecer por sobre la subjetividad individualista que tan bien describió Charly en aquella noche de 1982. ¡No bombardeen Buenos Aires!
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*Psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.
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