En un mundo que vuelve a organizarse en grandes bloques geopolíticos, la idea de un continentalismo americano, una comunidad estratégica de Alaska hasta Ushuaia, reaparece con nueva fuerza. Lejos de ser una nostalgia de la Guerra Fría, esta visión propone una alianza de prosperidad, seguridad y desarrollo entre Estados Unidos y América Latina. En ese horizonte, la tradición de la Doctrina Monroe dialoga con el realismo contemporáneo y con una vieja aspiración de pensadores latinoamericanos de construir un destino compartido.
Son tiempos de transición global. Eurasia se reorganiza en torno a nuevas potencias y quiere gobernarse por sí misma. En el Pacífico, Asia se consolida como uno de los centros del poder mundial. Medio Oriente libra una batalla existencial entre las dos únicas potencias de la región: el régimen terrorista que gobierna Irán y el Estado de Israel, que lucha por consolidar su poder regional.
El continente americano, en ese contexto, se plantea una pregunta estratégica: ¿puede América actuar como un bloque coherente, capaz de defender sus intereses y de construir prosperidad compartida?
La idea del continentalismo americano, entendida como una alianza natural entre las naciones del hemisferio, no es nueva. Pero hoy adquiere un nuevo sentido. Lo que en el siglo XIX fue la intuición de estadistas, en el siglo XXI puede convertirse en una arquitectura política y económica capaz de proyectar estabilidad y crecimiento desde el Ártico hasta la Patagonia.
En el debate contemporáneo de EEUU, esta visión aparece de manera indirecta en la política y en el discurso de Donald Trump, con el fin de fortalecer el continente como base de poder y como pared occidental frente a la hegemonía comercial china en el Pacífico.
Hablamos de un territorio amplio, pero con una historia republicana común y numerosos valores compartidos, entre ellos la pertenencia a la tradición del Occidente cristiano, potenciada en los dos últimos papados: el de Francisco y el de León XIV. Hablamos del sector más dinámico y rico del planeta, con energía abundante, vastos recursos naturales, mercados complementarios y una profunda interdependencia económica.
Esta visión no surge en el vacío. Tiene raíces profundas en la historia política.
Muchas veces malinterpretada, la Doctrina Monroe (1823) estableció el principio de que las potencias europeas no debían intervenir en los asuntos del hemisferio occidental. Durante décadas, esa insuperable declaración de principios fue interpretada de formas diversas, a veces de manera conflictiva y capciosa.
En realidad, el mensaje siempre fue que América debe resolver su propio destino bajo la forma de una confederación de naciones. Si volvemos al sentido cabal de esa doctrina, podemos entenderla como una declaración de autonomía continental.
En América Latina, varios pensadores y líderes percibieron esa posibilidad desde un principio. El más brillante de todos ellos fue Domingo Faustino Sarmiento, quien tuvo la audacia de reconocer en el dinamismo de Estados Unidos la más indiscutible de las fuentes de inspiración como modelo orgánico para el desarrollo de las jóvenes repúblicas sudamericanas.
Sarmiento no imaginaba una subordinación cultural o política, sino una comunidad de aprendizaje y progreso en función de un destino de grandeza común. La modernización, la educación pública, la expansión del comercio y la integración de los territorios eran, en su mirada, elementos que podían unir a las sociedades americanas.
Doscientos años después de la asunción de Monroe, América renace bajo esa promesa. La geopolítica actual confirma en parte las tesis de Samuel Huntington sobre un choque de civilizaciones, pero nos confirma a los sudamericanos como herederos de “aquello que alguna vez fue Roma” (como sostuvo Jorge Luis Borges en uno de sus ensayos).
A pesar de no haber abandonado del todo la decadencia de las ideas socialistas, nuestro hemisferio posee ventajas evidentes: estabilidad relativa, abundancia energética, capacidad agrícola, sistemas políticos mayoritariamente republicanos y una red de comercio que ya conecta profundamente a sus economías. Si esas fortalezas se integraran de manera más decidida, el resultado sería un bloque con enorme capacidad de negociación frente a otros polos geopolíticos.
Durante décadas, América Latina osciló entre proyectos de aislamiento regional y experimentos ideológicos sin pragmatismo económico ni ambiciones trascendentes. El continentalismo ofrece un enfoque distinto: no se trata de negar la identidad latinoamericana, sino de proyectarla dentro de una alianza hemisférica más amplia.
En el caso argentino, la idea tiene una resonancia particular. Argentina nació mirando a Europa y al continente americano, buscando su lugar entre las grandes corrientes de modernización. No somos hijos de los barcos, pero sí de la confluencia entre los criollos del virreinato del Río de La Plata y la extraordinaria corriente inmigratoria, especialmente italiana, que a principios del siglo XX llegó a las riberas de Nueva York o de Buenos Aires casi de un modo indistinto.
En el siglo XXI, la integración estratégica con el hemisferio (sin renunciar a la autonomía nacional) podría convertirse en una de las grandes palancas de desarrollo. El potencial energético del noroeste argentino, Vaca Muerta, la riqueza agroindustrial de la pampa y la capacidad científica del país podrían encontrar una proyección más amplia dentro de una economía continental interconectada.
El continentalismo americano no implica uniformidad ni hegemonía. Se trata, más bien, de una convergencia gradual entre naciones, distintas pero afines, que comparten un mismo espacio geográfico y un horizonte de estabilidad. En un mundo fragmentado por rivalidades entre potencias. La visión de una América unida (desde Alaska hasta Ushuaia) no es una utopía romántica. Es, cada vez más, una posibilidad estratégica.
Tal vez el momento histórico para pensarla con seriedad esté comenzando ahora. No hay que dejar pasar esta oportunidad. Es hora de honrar la imaginación y el compromiso que nuestros próceres fundadores (San Martín, Bolívar, O’Higgins, Miranda o Sarmiento) tuvieron dos siglos atrás, al fundar las bases de este destino compartido.
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