El salario promedio del sector privado registrado permite un análisis que trasciende su condición de dato estadístico. Funciona como termómetro del poder adquisitivo de la clase media formal y, a la vez, como indicador de la calidad del mercado laboral.
En una economía que desde hace más de una década enfrenta dificultades para generar empleo privado genuino, con una estructura productiva que no logra expandir de forma sostenida el trabajo asalariado registrado y con una tasa de informalidad superior al 40% de los ocupados, la evolución del salario formal adquiere un peso determinante.
Esta variable no solo fija el estándar de ingresos de los trabajadores registrados e incide en el consumo de los hogares, sino que también actúa como referencia para negociaciones salariales en otros segmentos. La cuestión central no es únicamente verificar si el ingreso nominal evoluciona en sintonía con el índice de precios, sino evaluar si el empleo formal permite sostener un nivel de vida acorde a las necesidades básicas.
Considerando los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA, organismo oficial) y tomando como base un hogar tipo (según método Indec) compuesto por dos adultos y dos menores que perciben dos remuneraciones promedio del sector privado registrado, se analiza la evolución del ingreso entre noviembre de 2023 y una proyección a marzo de 2026, así como su capacidad de cobertura frente a la canasta de alimentos y la canasta de servicios. El propósito es doble: identificar en qué momento el salario perdió frente a la inflación y determinar cómo evolucionó su poder de compra en términos concretos.
Evolución del poder adquisitivo
Entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 la remuneración promedio del sector privado registrado aumentó 252% prácticamente en línea con la inflación acumulada del período (249%). El resultado arroja un “empate” estadístico entre salarios y precios.
Ese equilibrio, sin embargo, no fue uniforme. La trayectoria presenta matices y el saldo final dista de reflejar una mejora respecto al poder adquisitivo.
Entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 la remuneración promedio del sector privado registrado aumentó 252% prácticamente en línea con la inflación acumulada del período
El primer tramo estuvo marcado por una reducción pronunciada del salario real. Entre noviembre de 2023 y marzo de 2024 la remuneración nominal creció 81,8%, mientras la inflación acumuló 93,3%. La diferencia implicó una pérdida relevante en apenas cuatro meses, concentrada en el shock inflacionario tras el cambio de régimen macroeconómico. Medido a precios constantes de noviembre de 2023, el salario promedio descendió hasta la zona de los $500.000, ubicándose por debajo del nivel inicial. Fue la etapa de mayor deterioro dentro del período analizado.
Desde el segundo trimestre de 2024 comenzó una fase de recomposición parcial, junto con el reordenamiento de precios relativos. Las negociaciones salariales adoptaron ajustes compensatorios: incrementos nominales que permitieron recuperar parte de lo perdido, pero sin una tendencia sostenida. Durante los meses de cobro del aguinaldo (junio de 2024, diciembre de 2024 y junio de 2025), el salario real mostró picos transitorios que luego disminuyeron gradualmente, afectados por la persistencia inflacionaria.

Entre noviembre de 2024 y marzo de 2025 el salario nominal creció 18,8%, mientras la inflación fue de 10,1%. Esto generó una recuperación real en ese período. Sin embargo, hacia el cierre de 2025 reaparecieron signos de debilidad. Entre noviembre de 2025 y la proyección a marzo de 2026, el salario nominal avanzaría 10,6% contra una inflación estimada de 13,7%. Esto supone una leve mejora, pero sobre una base previamente deteriorada y con una caída real en los últimos seis meses.
En términos de nivel, el salario promedio real en febrero de 2026 se ubicaría en torno a los $524.000 a precios constantes, prácticamente igual al valor de noviembre de 2023. De esta forma, tras una caída brusca y una recuperación parcial, el poder adquisitivo regresa al punto de partida. La desaceleración inflacionaria es condición necesaria para estabilizar el ingreso real, pero insuficiente para una mejora persistente si los ajustes nominales se estancan.
El gasto en servicios básicos
Para profundizar el diagnóstico, se contrasta el salario con la evolución de las canastas básicas. En la canasta de servicios, el deterioro reciente aparece con fuerza. Al inicio del período, dos salarios promedio permitían adquirir 1,19 canastas básicas de servicios (CBS). En marzo de 2025, punto de mayor recuperación, esa relación llegó a 1,77 canastas. Sin embargo, en noviembre de 2025 descendió a 1,18 y en febrero de 2026 se proyecta en 1,14 CBS.
Al inicio del Gobierno, dos salarios promedio permitían adquirir 1,19 canastas básicas de servicios (CBS), para febrero de 2026 se proyecta en 1,14 CBS
A la par, el porcentaje del ingreso destinado a cubrir la canasta de servicios pasaría de 56,4% en marzo de 2025 a 87,3% en marzo de 2026, superando incluso el nivel registrado en noviembre de 2023. Esta dinámica indica que, aunque el salario logre acompañar al índice general de precios en el resultado agregado, cede espacio frente a los precios relativos, en particular en servicios.
Este componente del gasto suele tener menor exposición en estadísticas públicas, pese a su peso en la economía familiar: tarifas, transporte, comunicaciones y otros servicios esenciales absorben una parte creciente del ingreso.
La canasta básica alimentaria (CBA) muestra una evolución distinta. Con dos salarios promedio, en noviembre de 2023 podían adquirirse 5,64 canastas para un hogar tipo. En marzo de 2025 esa cifra escaló a 6,76, reflejando una mejora en la capacidad de compra de alimentos; para febrero de 2026 el cálculo proyectado es de 6,24 canastas. El porcentaje de ingreso destinado a alimentos es 16%, aún por debajo del 17,73% registrado al inicio del período. El principal desajuste, entonces, no vino del componente alimentario sino del encarecimiento de los servicios.
Perspectivas y desafíos
Ampliando la perspectiva, según el Centro de Estudios Laborales XYZ, el salario privado formal acumula una caída cercana al 20% en términos reales respecto de 2017. Si bien en algunos tramos recientes se verificaron mejoras interanuales, el nivel actual sigue por debajo del alcanzado a mediados de la década pasada. La recuperación observada desde el segundo semestre de 2024 debe leerse como parcial y asentada sobre una base estructuralmente debilitada.
El principal desajuste en el poder de compra de los salarios no vino del componente alimentario sino del encarecimiento de los servicios
El panorama para este año es de cautela. La desaceleración de la inflación logró acotar, al menos durante algunos meses, los desfases entre salarios y precios, favoreciendo cierta estabilidad nominal. Aun así, el poder adquisitivo muestra vulnerabilidad e importantes diferencias entre sectores. La mayor pérdida se concentró en el shock de finales de 2023 y comienzos de 2024; desde entonces, no se consolidó una senda sostenida de recuperación. Además, el proceso de desinflación fue acotado y, en los últimos meses, la dinámica de precios genera nuevas señales de alerta.
Las interpretaciones sobre la coyuntura no son unívocas. Para algunos analistas, el presente representa una situación de estabilidad; para otros, un estancamiento con potenciales nuevos deterioros. Se observa que ya no impera el ritmo de caída de etapas previas, pero tampoco se verifica expansión consistente del poder de compra.
El reto consiste no solo en evitar que los salarios vuelvan a quedar rezagados frente a la inflación, sino en lograr una recuperación sostenida de la capacidad adquisitiva de los hogares formales.
El autor es Analista Económico y director de Focus Market
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