Caiga quien caiga

La baja de la demanda y la apertura de las importaciones ya causaron el cierre de más de 22 mil empresas en los últimos dos años. Sin embargo, Milei personaliza el problema en la maldad o en el supuesto carácter delincuencial de algunos empresarios

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El presidente Javier Milei y
El presidente Javier Milei y los empresarios Paolo Rocca, Roberto Méndez y Javier Madanes Quintanilla

La semana pasada, el ex presidente Mauricio Macri concedió una larga entrevista al grupo de jóvenes industriales que conducen La fábrica, un interesante podcast orientado a la difusión de la actividad del sector. De ese diálogo trascendió la comparación que hizo Macri entre cómo viven los pobres de hoy y los reyes de hace cien años, y un comentario crítico sobre Diego Maradona. Pero tal vez lo más interesante fue cuando Pedro Gentile, el director de la fábrica de pinturas Cibel, le presentó el problema de la política de apertura oficial. “Nosotros podemos correr contra cualquiera. Pero vamos a perder si nos obligan a hacerlo con dos bolsas de piedra sobre la espalda”. Macri le explicó que él creía que lo correcto era implementar un proceso de diez años de adaptación como el que se establece en el acuerdo con la Unión Europea. “Ahora hay una situación en la que tenemos un gobierno que dice: vamos a la competencia. Dunga-Dunga. Y no es fácil”.

Los efectos de esa metodología, que Macri definió de manera tan expresiva, han generado un debate trascendental en estos días acerca de lo que está sucediendo en el país. El contendiente más agresivo es, como siempre, el presidente Javier Milei, quien calificó como “delincuentes” en un tuit al titular de Techint, Paolo Rocca, al dueño de Aluar y Fate, Javier Madanes Quintanilla, y a Roberto Méndez, el gerente de Neumen, una de las comercializadoras de neumáticos más importantes del mercado.

A Rocca lo llamó “don Chatarrín de los tubos caros”, a Madanes Quintanilla “don gomita alumínica” y a Mendez “el señor lengua floja”. A esa explosión de insultos presidenciales, le siguió un tuit más explicativo de Federico Sturzenegger. “Si piensan que el camino es obligarnos a pagar caro todo, recuerden que ese modelo nos dejó con 50% de los trabajadores en la informalidad y con 70% de los niños pobres. Obligar a 47 millones de Argentinos a pagar todo mucho más caro es pobreza para todos y ganancia para unos pocos. No sé cómo se milita eso”.

Las razones del deterioro social argentino admiten, claro, visiones alternativas y son muy difíciles de resumir en un tuit. Pero eso es poco relevante frente a la firmeza de las convicciones oficiales, ante el desafío de un contexto cada día más dramático. Milei y Sturzenegger argumentaron todo esto en los días posteriores al cierre de Fate. Desde entonces se produjo un aluvión de situaciones similares.

Protestas en la puerta de
Protestas en la puerta de la planta de Fate (Maximiliano Luna)

Ese mismo día una tradicional fábrica de alfajores cordobeses cerró sus puertas luego de treinta años de actividad, la principal cervecera del país abrió una lista de retiros voluntarios, una automotriz suspendió su producción por una quincena, con descuentos de salarios, en el marco de una caída de la producción de autos del 30 por ciento en un año. Los kiosqueros anunciaron que cierran 50 kioscos por día y los perfumeros que cerraron en los últimos dos años 700 de los 4500 locales. Son números que solo pueden ser causados por una crisis terminal, una guerra o una pandemia: nada de eso ha pasado aquí.

Las noticias no distinguían ni por actividad ni por zona geográfica ni por tamaños de los emprendimientos. Una tradicional empresa productora de aire acondicionados cerraba en Tierra del Fuego, una ART despedía 600 trabajadores en CABA, una empresa minera inglesa se retiraba de la provincia de Jujuy y una textil muy importante abandonaba la actividad en sus sedes de Goya, Corrientes, y Villa Ángela, Chaco. Los recortes afectaban a empresas de lencería muy conocidas, a fábricas de postrecitos lácteos, un frigorífico de primera línea, una productora de chapas para electrodomésticos. Su dueño explicaba: “Las ventas comenzaron a bajar hasta un 40 por ciento. En 2025 producíamos un 30 por ciento. Durante las primeras semanas de 2026 producíamos un 10 por ciento y la situación se hizo imposible de soportar”. El bazar más tradicional de Lomas de Zamora, una fábrica de heladeras de Catamarca, o una cadena de farmacias de capitales mexicanos se sumaban a la lista.

Este proceso vertiginoso se anunció en los últimos meses del año pasado. En las semanas posteriores a las elecciones, una multinacional muy competitiva como Mondelez, informó sobre la suspensión de todos sus trabajadores. Se trata de la fabricante de productos alimenticios muy populares como Oreo, Terrabusi o Milka. En los días previos se habían multiplicado episodios de despidos, suspensiones, cierres, retiradas de emprendimientos internacionales que eran adquiridos por empresarios argentinos o reconversión de fábricas en importadoras. Marcas clásicas como Essen, Frávega, SKF, Granja Tres Arroyos, Carrefour, Vea, Caromar, Yagyar, Georgalos, Verónica, Dana, Panpack atravesaban algunos de esos procesos o todos ellos juntos.

Los datos oficiales reflejan que en estos dos años cerraron 22.000 empresas de diverso tamaño, y son, en ese aspecto, los dos peores primeros años de cualquier presidente en este milenio. Ese dato supera a los cierres producto de la cuarentena de 2020 y 2021 con casi toda la economía parada. Los empresarios que en estos días explican en los medios lo que está pasando no se refieren nunca a los problemas generados por la legislación laboral. En su inmensa mayoría adjudican sus decisiones a la caída de la demanda y a la aparición de la competencia importada.

Planta de Mondelez en Pacheco
Planta de Mondelez en Pacheco (@mondelezpacheco)

La propuesta secuencial de Macri revela que hay alternativas al enfoque oficial, incluso entre quienes piensan parecido. Hay discusiones de tiempos, de alcances, de magnitudes. Encima se trata de un momento en que el capitalismo mundial se orienta en un sentido inverso al del Gobierno, desde China hasta los Estados Unidos, donde Donald Trump protagoniza un enfrentamiento con la Corte Suprema porque le impugnó su política proteccionista. Es que para la inmensa mayoría de los líderes de cualquier país el cierre de una fábrica es un problema serio. Mucho más si se trata de cientos o de miles.

Pero no es el caso. El presidente Milei personaliza el problema en la maldad o en el supuesto carácter delincuencial de algunos empresarios. Sturzenegger explica que la aparición de una competencia más barata permitirá que los argentinos tengan dinero disponible para demandar otros bienes y así se crearán nuevas empresas y habrá más trabajo.

Por momentos, lo que está en marcha parece una revolución. Un gobierno reformista aborda los problemas de un país de manera paulatina y matizada. Una revolución es otra cosa. Requiere que el sistema actual muera para que otro lo reemplace. En ese sentido, los cierres y los despidos de estos días parecen parte de esa revolución.

Javier Milei junto a Diego
Javier Milei junto a Diego Santilli, Karina Milei y Manuel Adorni

Por eso, Milei ha decidido avanzar a paso redoblado en este proceso, aun cuando algunos estudios hayan empezado a reflejar el impacto emocional que recorre a la sociedad. Esta semana se difundió una encuesta de la empresa Atlas Intel, que fue muy precisa en la última elección nacional. El 62 por ciento de la población consideró “mala” a la situación económica argentina contra solo un 22 por ciento que la consideró “buena”; 57 por ciento opinó que la situación de su familia era “mala” contra 20 por ciento que la calificó como “buena”; 77 por ciento opinó en términos negativos sobre la situación del mercado de trabajo contra 13 por ciento que la ve bien.

Esta noche Milei dará su tercer discurso de apertura de sesiones ordinarias. Será ovacionado por un Congreso que le obedece casi ciegamente. Se trata de un presidente que no abandona fácilmente sus convicciones. Así que seguramente no anunciará atenuantes o correcciones de ningún tipo. Para él se trata de dolores de parto y habrá que tener paciencia para ver sus frutos. Tiempo tendrá, porque en lo político, la experiencia libertaria está más sólida que nunca.

Hacer una revolución es algo complicado. En general, son procesos traumáticos que producen mucho sufrimiento. Además, rara vez triunfan. Encima, cuando triunfan, el nuevo régimen no siempre es mejor que el anterior. Pero allá vamos. Caiga quien caiga.