La generación resentida

El resentimiento emerge como rasgo central de la actual generación, sustituyendo a la llamada 'generación de cristal' en la narrativa posmoderna

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En la sociedad actual, el resentimiento se ha convertido en un dispositivo de poder cada vez más visible e influyente a nivel social y político

Dentro de los avatares subjetivistas de nuestra cotidiana posmodernidad, los usos y costumbres (al menos en apariencias), tendientes a convertirse en dominantes, van mutando vertiginosamente. Tal es así que, en tan solo un puñado de años, la llamada “generación de cristal” se desplomó para dar lugar a la generación del resentimiento.

Vale destacar aquí que por “generación” no debe entenderse un grupo etario determinado sino, más bien, un bloque social (frágilmente) mancomunado por una cosmovisión más o menos semejante en un momento concreto, cuya narrativa se ha vuelto (o pugna por tornarse) hegemónica.

En nuestro presente, el resentimiento como dispositivo de poder se ha solidificado, y si bien se trata de un sentimiento siempre activo en el ser humano, nunca fue tan masivo y decisivo en el ordenamiento social y político, a la vez que tampoco se ha manifestado jamás de modo tan visible y desenfadado, con orgullo prácticamente.

“El resentimiento, en cambio, está ligado al sistema de ideas y creencias de cada individuo, y hace responsable enteramente a otro... por el estado de situación personal.”

El resentimiento es una de las peores caras del individualismo extremo, ya que supone una cuestión por demás deletérea para el constructo social: no sólo no interesa el bienestar del otro, sino que el otro es concebido como productor de problemas; además, el resentido desliga de su voluntad la creación del propio destino, excepto en la bienaventuranza; es decir, lo bueno que suceda será producto del esfuerzo y todo lo malo será culpa de los demás. Por tal motivo, la sociedad es la enemiga, y los logros personales se concretarán en la medida en que se multipliquen al máximo posible los fracasos de los otros. De aquí surge ese goce, que se palpita claramente hoy en día, por las desgracias ajenas.

Esta generación disfruta de ver a un vecino quedarse sin empleo, o a cualquier semejante caer en la desdicha, aun cuando es irreparable. La noción de que ha surgido un nuevo modo de crueldad es, en realidad, la consolidación de este modo de resentimiento, un resentimiento totalizante, solipsista, pueril y en extremo antisocial (y, por ende, anticientífico, ya que el hombre es un ser social inexpugnable).

Asimismo, ese otro, responsabilizado y siempre bajo sospecha, opera como chivo expiatorio y como basamento para el conformismo. Todos nuestros infortunios serán sopesados en tanto y en cuanto encontremos a alguien a quien culpar, a veces, incluso, alguien imaginario, o sin ninguna relación lógica con nuestra realidad... No importa aquí la causa y la consecuencia. Lo que importa es la revelación del resentimiento, la autojustificación del propio deseo y del propio devenir. Nos excusa imputar a otro, y al mismo tiempo nos brinda algo de sosiego: un artificio para continuar sobrellevando las inclemencias de la vida contemporánea.

Hoy una de las recurrentes facetas de la maldad tiene forma de resentimiento.

En esta generación, propiedad ineludible del capitalismo tardío, no hay debate posible y, por sobre todo, no hay espacio para el bien común. Se ha hecho del resentimiento una identidad (nunca admitida) y un lugar de encuentro, pero que no genera comunidad, sino suma de voluntades individuales, un espacio para tratar de soportar la realidad (en términos de A. Schopenhauer); y sólo se busca la reafirmación del propio credo (como en la “generación de cristal”), por esto la posverdad le asienta perfectamente: el resentido es la medida de todas las cosas. Nada es válido (o real) por fuera de su sentir.

“Las redes sociales han acelerado este proceso y contribuido decididamente a su masificación y radicalización.”

La capacidad del anonimato brindado por estas tecnologías fue terreno fértil para la proliferación del resentimiento desembozado, que luego directamente, al advertir “beneficios”, pasó a tener nombre y apellido. Porque ya no sólo es gratuito derramar tirria de la manera más brutal y a los cuatro vientos, sino que a veces ha resultado ser provechoso, garantizando ciertos cargos en el Estado, entre otras cosas.

En este marco, transcurrimos de una generación que venía presuntamente a “cambiarlo todo” (y terminó negando la realidad y cancelando a quienes la exponían) a una generación que no pretende cambiar mucho: sólo le alcanza con que al de al lado le vaya mal.

La generación resentida puede cristalizarse de manera más palmaria en el marco de ciertas ideologías, pero no es propiedad exclusiva de ninguna de ellas; atraviesa todas las narrativas y todas las clases sociales. Es, en efecto, un clima de época, una especie de reacción a un conjunto de variables (difusas) entre las que se encuentra el hastiante simulacro organizado e hipócrita proclamado por los cultores del globalismo woke (su anverso en la misma moneda).

A su vez, si bien es cierto que algunos espacios partidarios han aprovechado este escenario más que otros, son varios los que se han “favorecido” con la situación; así lo refleja el apuntalamiento de la tendencia a sufragar más por oposición que por afirmación, es decir, a votar en contra de (al margen del signo político y de su lugar de poder). La idea es oponerse para después volver a oponerse y oponerse. Se trata de la peor expresión de la dialéctica negativa.

Hoy día, dadas estas circunstancias, el resentimiento se ha convertido en el motor de la historia. Salir del relativismo dominante, volver a generar canales genuinos de encuentro y comenzar a desconfiar de las narrativas foráneas que se imponen como modas podría ser el primer paso para escapar de este laberinto posmoderno que, cual gatopardo, cambia constantemente para no cambiar nada en absoluto, nada de fondo. Entre el cinismo obligatorio de cierta progresía y la consagración del resentimiento como modo endeble y pernicioso de sociabilidad, la única salida es romper con ese falso binomio neoliberal, y recrear nuevas prácticas y nuevas retóricas populares, completamente por fuera de los mandamientos del relato líquido y del deshumanizante fin de la historia.