“El problema de nuestro tiempo es que el futuro ya no es lo que era”, escribió el escritor y poeta francés, Paul Valéry, hace casi un siglo. Hoy esa frase golpea distinto: el oro acaba de romper la barrera psicológica de los US$5.000 la onza, la plata saltó por encima de US$100 en una corrida de “sálvese quien pueda”. No es moda ni especulación técnica: es temor cotizando. Incertidumbre fundida en lingote.
Los analistas lo atribuyen a la demanda de refugio en medio de volatilidad geopolítica y, sobre todo, a una crisis de confianza en decisiones erráticas desde Washington. Bancos centrales comprando oro agresivamente, flujos récord hacia ETFs de metales preciosos. Pero detrás de los números hay algo más hondo: una humanidad que perdió códigos compartidos y ahora procesa la abundancia a través de la catástrofe.

Una predicción: buena parte de lo que hoy cotiza como pánico es tensión negociable. Cuando Donald Trump visite Pekín en abril -visita ya confirmada- y Xi Jinping retribuya con una visita de Estado a Washington a finales de año, es probable que el oro y la plata se desplomen. No porque el planeta sea más seguro, sino porque el mercado habrá descontado que las dos mayores potencias prefieren el pacto al abismo. El miedo, lamentablemente, es adoctrinador y especulación.
En Davos, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) eligió como lema El espíritu del diálogo en lo que describió como “el trasfondo geopolítico más complejo en décadas”. Suena diplomático, casi decorativo. Pero es un reconocimiento brutal: la conversación dejó de ser cortesía para volverse herramienta de supervivencia. Cuando publica su mapa de riesgos, no habla en metáforas: señala que entramos en una “era de competencia” donde la confrontación geoeconómica -aranceles, sanciones, guerras comerciales, bloqueos tecnológicos- encabeza las amenazas. La desinformación y la polarización ocupan el podio del corto plazo.
El desorden ya no es sensación: es sistema. Antes las naciones se peleaban por ideologías; ahora se disputan cadenas de suministro, chips, energía, rutas marítimas, datos. Cuando la política muta en máquina de fricción permanente, los mercados abandonan la racionalidad y abrazan la defensa. En lenguaje llano: si no confío, me cubro. Si no creo, acaparo. Si dudo, compro metal.
Estados Unidos, en este contexto, no es solo una potencia: es el termómetro emocional del planeta. Y hoy marca fiebre reputacional. La agencia Reuters describió cómo la diplomacia hipercentralizada y zigzagueante genera “latigazos” en los aliados, con episodios tan sensibles como el manejo de Groenlandia, las amenazas arancelarias y señales que alarman incluso dentro del propio establishment. No hace falta una guerra para que haya costo: basta con que se perciba que el “centro” decide como si el resto fuera decorado.
Minneapolis lo ilustra con crudeza. En enero, dos ciudadanos estadounidenses -Renee Good y Alex Pretti- cayeron bajo balas de agentes federales en operativos migratorios que desataron protestas masivas y una huelga general el 23 de enero, con 700 negocios cerrados. Los demócratas amenazan con bloquear el presupuesto federal, elevando el riesgo de un cierre parcial del gobierno. CNN lo calificó como otro capítulo de la violencia que “está minando la moral de Estados Unidos”. No es exageración cuando las bolsas tiemblan con cada titular.
Con elecciones de medio término en noviembre, la tentación del músculo -real o retórico- siempre rinde: nacionalismo como sedante, enemigo externo como pegamento, épica como reemplazo de programa. La pregunta no es si funciona para ganar votos. Es otra: ¿qué le hace al globo cuando la primera potencia canaliza su ansiedad doméstica en un tablero nuclear, comercial y tecnológico?
Incluso con este clima, los organismos internacionales describen una economía “resiliente”. El FMI proyecta 3,3% de crecimiento global para 2026, impulsado por inversión en infraestructura de inteligencia artificial. El Banco Mundial estima 2,6%. ¿Dónde está el apocalipsis, entonces? En el lugar donde no miramos cuando leemos un PBI: en la credibilidad, la cohesión, la verdad compartida, la dignidad del trabajo.
La IA aparece como gran motor y como gran acelerante del caos. Davos fue explícito: crecimiento sí, pero con dilemas enormes. La directora del FMI lo planteó sin anestesia: 40% de los puestos laborales serán impactados por la inteligencia artificial en los próximos años -transformados o eliminados-, y en economías avanzadas la cifra trepa a 60%. Eso no es un “tema de empleo”: es una bomba política. ¿Qué democracia aguanta una ola de ansiedad masiva si, al mismo tiempo, la tecnología abarata la mentira hasta volverla industrial?
Por eso el Foro insiste con palabras que parecen blandas pero son durísimas: “IA responsable, ética y confiable”. No las plantea como freno moralista sino como condición de competitividad: sin gobernanza, la IA crece veloz y destruye veloz. El mismo informe advierte que la desinformación ya figura entre los riesgos más severos y que los “resultados adversos de la IA” trepan fuerte en el horizonte de diez años. El problema no es solo que nos quite trabajo; es que nos arrebate el suelo común sobre el que discutimos qué es cierto.
Más información que nunca y más manipulables que nunca. Más herramientas para generar riqueza y más temor a quedar afuera. Más capacidad de conexión y más polarización elegida como identidad.

¿Qué nos falta? Inteligencia emocional. Misericordia. Esa palabra que muchos relegan al templo pero que hoy es geopolítica aplicada. Reza. Porque misericordia no es ingenuidad: es el freno interno que evita que el miedo mute en crueldad. La disciplina de no convertir al otro en chivo expiatorio. La decisión de no viralizar una mentira aunque confirme mi tribu. La capacidad de mirar a quien piensa distinto y recordar que sigue siendo prójimo.
La pregunta más inquietante de este tiempo no es cuánto valdrá el dólar. Es otra: ¿qué vale una economía cuando la verdad es editable y la dignidad negociable? ¿Qué nos salva primero: un tratado, un algoritmo o un acto de amor concreto?
Quizá la inversión más estratégica de los próximos años no sea en chips ni en oro: sea en reconstruir reglas morales mínimas para no devorarnos. Como escribió Pierre Teilhard de Chardin: “Llegará un día en que, después de dominar los vientos, las olas, las mareas y la gravedad, dominaremos las energías del amor. Y ese día, por segunda vez en la historia, habremos descubierto el fuego”.
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