De Roma 1991 a Davos 2026: puntos en común

Cómo se vincula el reciente discurso de Milei en el Foro Económico Mundial con una encíclica del ex sumo pontífice Juan Pablo II. Desde la desaparición de la Unión Soviética hasta la globalización actual

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El presidente Javier Milei habló
El presidente Javier Milei habló en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza

La lectura del discurso del presidente Javier Milei en la reunión de Davos 2026 me impulsó a releer la extraordinaria encíclica del Papa San Juan Pablo II, Centesimus annus (CA), dada a conocer el 1º de mayo de 1991, con ocasión del primer centenario de la encíclica Rerum novarum, del Papa León XIII, considerada esta un documento fundacional de la denominada Doctrina Social de la Iglesia.

Claro que entre ambos documentos existen diferencias, principalmente las generadas por la oportunidad: el documento pontificio de 1991 fue concebido en medio de la desaparición -por implosión, envejecimiento, fracaso- de la Unión Soviética y con ella del sistema comunista-socialista o, más estrictamente, del capitalismo de Estado, de planificación imperativa y, por tanto, vio la luz durante el triunfo del capitalismo en su modelo occidental.

Por su parte, el discurso presidencial se inserta en un mundo muy cambiado con relación de aquel de 1991. Globalización, informatización, inteligencia artificial, guerras que utilizan armamentos que, hasta hace poco, eran de ciencia ficción. También es un mundo de exacerbación del consumo (mientras la extrema pobreza golpea a más de mil millones de personas), de alienación no solo económica sino también cultural, de degradación de los valores y, pareciera, de regreso al “patoterismo” internacional con la puesta en vigencia de la ley del más fuerte.

Todos los testimonios intelectuales, cuando se orientan al bien y la verdad, deben ser bienvenidos. También cuando, para recordar la frase atribuida a Stalin en la reunión victoriosa de Yalta, al rechazar la posibilidad de integrarla con el Papa (algo así como “¿con cuántas divisiones cuenta el Vaticano?”) tales testimonios provengan de fuentes cuya única, pero trascendente fuerza, es la verdad de su contenido.

El Papa Juan Pablo II,
El Papa Juan Pablo II, autor de la encíclica Centesimus annus (CA), dada a conocer el 1º de mayo de 1991 (camp.ucss)

El valor de este análisis comparativo (que aquí prácticamente solo podemos mencionar) reside también en el diferente origen intelectual de sus autores: nuestro Presidente se autodefine como “anarco-capitalista” (lo que parece una contradicción en sí misma, ya que el capitalismo precisa de un Estado fuerte, siempre a su servicio) mientras que Juan Pablo II era un aristotélico-tomista sustentado en muchísimos siglos de evolución de la filosofía principalmente occidental.

Pero aún aquí se nos presenta un importantísimo punto de contacto: el pensamiento de Juan Pablo es fruto de la síntesis greco-judía-romana-europea-cristiana y el de Milei… también. Al menos así este lo advierte cuando afirma que para salir de “nuestro oscuro presente debemos volver a inspirarnos en la filosofía griega, abrazar el derecho romano y retornar a los valores judeocristianos”. Como se ve, están partiendo de una base cultural común, lo que ya significa transitar en conjunto más de un 50% del camino.

La comunidad de ideas (que, por supuesto, no tienen que ser todas) se exhibe con fuerza en la denuncia de los errores del socialismo (sistema fracasado como el que más) y en la afirmación de las virtudes de la “economía libre” (CA.40) o de “libre mercado” (CA 34, 48), al que Milei califica como “capitalismo de libre empresa”. Este, señalan los dos líderes, debe basarse en sólidos principios éticos, en las reglas permanentes de la ley natural y del derecho que de ella deriva, magistralmente expresado en los “preceptos del derecho” del jurista romano Ulpiano: “vivir honestamente, no dañar al otro, dar a cada uno lo suyo”, a los que el discurso de Davos remite.

También ambos documentos destacan el valor de la propiedad privada (CA.6), coincidiendo que se trata de un derecho natural secundario y, especialmente lo señala el Papa, servicial. También es una institución-garantía, especialmente referida a la libertad de las personas. Por eso (recuerdo ahora a Hilaire Belloc en “El Estado Servil”) el daño mayor provocado por el denominado “capitalismo salvaje” de los siglos XVIII y XIX, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, fue la generación de una enorme masa de desposeídos, es decir, de aquellos que solo podía contar con su “prole” (los “proletarios”), sus hijos que desde pequeños iban a trabajar a las fábricas e incluso a las minas de carbón (ahora recuerdo el filme de Monicelli, I compagni, Los compañeros).

"El daño mayor provocado por
"El daño mayor provocado por el denominado “capitalismo salvaje” de los siglos XVIII y XIX, hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, fue la generación de una enorme masa de desposeídos", indicó el autor (Imagen Ilustrativa Infobae)

De más está recordar que este capitalismo desmadrado condujo, o fue ocasión de, la aparición de los totalitarismos fascistas y comunistas del pasado siglo.

Pero la CA, como toda la Doctrina Social de la Iglesia, recuerda que un sistema social justo y, por tanto, una economía eficiente y eficaz, no puede prescindir de la actuación de la Autoridad (llámese Estado o Gobierno), regida por principios y procedimientos democráticos y representativos (CA 46), además de inspirada en sólido valores éticos y antropológicos.

La garantía de justicia y libertad en la democracia representativa solo puede resultar de un ordenamiento donde los límites entre la actuación de la sociedad y del Estado (como también los límites entre las competencias de los individuos y sus sociedades, y de estas entre sí) se encuentren fijados por el principio de subsidiariedad, regla de oro de la organización social, al que Juan Pablo recuerda, citando a Pío XI, en el Nº48 de la CA: “una comunidad de orden superior no debe interferir en la vida interna de una comunidad de orden inferior, privándola de sus funciones, sino que debe apoyarla en caso de necesidad y ayudar a coordinar su actividad con las del resto de la sociedad, siempre con miras al bien común”.

La aplicación prudente –la acción política se nutre y rige principalmente por la virtud de la prudencia- y circunstanciada del principio de subsidiariedad permite alejar tanto el peligro anárquico de la (en realidad imposible) desaparición del Estado (lo que supone abrir la puerta a la tiranía del más fuerte, es decir, el Estado totalitario), como, en el otro extremo, la maldición de los distintos totalitarismos, que la humanidad experimentó, con tanto dolor, durante el siglo pasado. La anarquía social (que en la historia solo rigió en situaciones concretas, dramáticas y por muy poco tiempo) es solo, cabe reiterar, el preanuncio de la tiranía. Anarquía y tiranía van de la mano, como la causa con el efecto.

Muy importante la alocución de nuestro Presidente en Davos 2026. No ha sido un discurso de ocasión, sino, como ocurrió con los dos anteriores, una sólida postura doctrinaria que señala metas deseables (“el fin es primero en la intención y último en la ejecución”, enseñaba Santo Tomás de Aquino) y alcanzables, si perseveramos en el rumbo. El camino de la Verdad es el que conduce al Bien.