
La izquierda latinoamericana no tiene un problema de información.
Tiene un problema de honestidad intelectual.
Porque si algo quedó brutalmente expuesto con Venezuela es que los derechos humanos, para muchos, no son un principio: son un recurso retórico. Se usan cuando el victimario es ajeno y se archivan cuando el victimario es propio.
Ahí está la escena obscena: indignación eterna con las dictaduras del pasado —justificada, necesaria— y silencio cómplice frente a una dictadura viva, activa y feroz.
Venezuela.
No fue un presidente. Fue un impostor con poder armado.
No cayó un presidente democrático.
No fue derrocado un gobierno legítimo.
No hubo golpe.
Fue detenido el jefe de un régimen cívico-militar, sostenido por la fuerza, el fraude y el terror.
Hablar de “intervención” es una mentira deliberada. En Venezuela no había institucionalidad que defender. Había un poder usurpado, elecciones robadas, presos políticos, tortura sistemática y un éxodo de dimensiones bíblicas.
Ocho millones de personas huyeron de su país.
Ocho millones.
Eso no lo produce una “democracia imperfecta”.
Eso lo produce una dictadura.
El escándalo no es la detención. Es el silencio previo.
La hipocresía no empieza ahora. Empieza mucho antes.
Empieza cuando durante años no dijeron una palabra por:
• los opositores encarcelados
• los estudiantes reprimidos
• los periodistas perseguidos
• los militares que disparaban contra civiles
• los venezolanos caminando miles de kilómetros para sobrevivir
Ahí no había marchas.
Ahí no había comunicados.
Ahí no había indignación.
Pero hoy, cuando el responsable máximo es detenido, aparecen los defensores de la “soberanía”, el “diálogo” y la “paz”.
No es pacifismo.
Es cinismo.
El cuento del petróleo
Ahora se preocupan por el petróleo venezolano. Los mismos que jamás se preocuparon por los venezolanos.
Cuando Rusia y China manejaban el poder real del país, la soberanía no importaba.
Cuando se robaban elecciones, el diálogo no importaba.
Cuando se violaban derechos humanos, el respeto institucional no importaba.
Pero hoy, de golpe, todo eso es un drama.
No es preocupación por Venezuela.
Es duelo ideológico.
El festejo que los delata
Mientras millones de venezolanos en el mundo festejan el fin de quien los sometió durante años, acá se repudia la detención. No por amor a la democracia, sino por fidelidad a un relato que ya no resiste los hechos.
La izquierda que alguna vez dijo “Nunca Más” hoy practica el “depende”.
Depende de quién torture.
Depende de quién robe elecciones.
Depende de quién oprima.
Y cuando los principios dependen, dejan de ser principios.
El espejo final
La historia es cruel con los cómplices. No con los que se equivocan, sino con los que eligen callar cuando el verdugo les resulta simpático.
No se puede condenar a Videla y justificar a Maduro.
No se puede hablar de derechos humanos con excepciones.
No se puede defender al pueblo sólo cuando coincide con la ideología.
Esta vez, la careta se cayó.
Y lo que quedó a la vista no fue preocupación por Venezuela, sino nostalgia por una dictadura.
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