Venezuela vive un infierno desde hace 26 años.
Hugo Chávez asumió el poder tras el vacío generado por los dos partidos mayoritarios, uno socialcristiano y otro socialdemócrata, que habían establecido una “sociedad alternada” que enriquecía al 30% de la población y excluía al otro 70%.
Su liderazgo, carisma y la bendición de una suba del precio del petróleo le permitieron consolidar un poder basado en el reparto de subsidios sociales, sin ocuparse del desarrollo social ni económico del país.
Por su parte, Maduro heredó el poder en 2013, favorecido por la enfermedad terminal de Chávez y el respaldo de los hermanos Castro desde Cuba.
Hoy se vive el “tercer capítulo” de un drama que no se agota con la prisión y el enjuiciamiento de Maduro en Estados Unidos. Comienza el llamado “interinato” anunciado por Trump, a cargo de los estadounidenses hasta que se consolide una autoridad permanente —se supone democrática— en territorio venezolano.
Mientras tanto, Estados Unidos también se hará cargo de la administración del petróleo “al servicio del pueblo venezolano”.
En la misma conferencia de prensa en la que el presidente Trump realizó estos anuncios, también expresó que María Corina Machado, máxima líder democrática de los venezolanos, es “poco confiable” para el ejercicio del poder.
¿Qué es lo que se avecina? No lo sabemos, pero hay nubarrones muy peligrosos en el horizonte.
La mayoría de los venezolanos celebra el encarcelamiento de Maduro, y existen numerosas manifestaciones de júbilo y agradecimiento entre los millones de exiliados que hoy residen en distintos países de América, Europa, además de Australia, Japón y Sudáfrica.
Sin embargo, una cosa es la “ayuda” a un pueblo sometido a una dictadura cruel, y otra es una intervención para beneficiarse de los ricos recursos naturales —petróleo y gas—, que deben preservarse y orientarse a la reconstrucción del país y la reconciliación de una sociedad tan dañada.
Debemos esperar los acontecimientos, así como la reacción y participación del pueblo venezolano y sus representantes legítimos (elegidos por el 70% de los ciudadanos el pasado 27 de julio).
Los países de la región, hoy muy divididos, según las expresiones de varios jefes de Estado, tendrán que buscar denominadores comunes que ayuden a preservar la voluntad popular, tan desoída durante casi tres décadas.
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