
En la discusión pública argentina la palabra “reforma laboral” suele activar temores, posiciones rígidas y debates interminables. La complejidad del tema es tal, que todo ello se vuelve, a mi entender, inevitable. Pero hay una reforma mucho más profunda y necesaria que deberíamos plantear en paralelo en la realidad del mercado argentino: la del bienestar laboral. Esto es, la capacidad real de que la gente pueda trabajar mejor, producir más, sostener y mejorar su bienestar, su salud física, en definitiva, prosperar por y gracias a su trabajo.
Los datos lo confirman, distintos estudios en Argentina muestran que el estrés, la incertidumbre económica y la informalidad siguen afectando la calidad del empleo.
La reforma laboral que se gesta en estos días gira en tres ejes:
- bajar la litigiosidad
- reducir costos y flexibilizar contrataciones
- combatir la informalidad.
Pero hay algo clave: ninguna reforma funcionará si no mejoramos las condiciones para generar prosperidad laboral real. Cuando las personas trabajan mejor, producen más y los resultados se expanden y, solo así, el empleo formal crece de manera sostenible.
Hablar de trabajar más horas (¿12 horas corridas?... ¡qué locura! Pero ya hoy sucede y en muchos casos sin encuadre legal laboral), de trabajar menos (como en Noruega, Suecia, Finlandia…) no debiera ser el eje de discusión. Sino trabajar mejor, para vivir mejor y tener una mejor calidad de vida. La prosperidad deja así de ser un tema “romántico”, inalcanzable (o peor, alcanzable solo para algunos), y pasa a ser una estrategia de negocio – y de competitividad nacional.
Las nuevas generaciones han presentado ya no solo sus capacidades y nuevas competencias (manejo de nuevas tecnologías que mejoran la productividad, inteligencia artificial, habilidades blandas, etc.), sino sobre todo sus aspiraciones (y exigencias) al mercado laboral argentino. Estas generaciones, esas exigencias, son el futuro. Cualquier modelo legislativo que pretenda sostenerse en el tiempo debe necesariamente incorporar la nueva mirada, renovada y floreciente de la fuerza laboral joven de Argentina.
Por lo tanto, pensar en facilitarle la vida al empresariado argentino (grandes, medianas y pequeñas empresas) para producir más y contratar – formalmente – más, seguro es un objetivo válido. Pero siempre bajo la mirada, y las necesidades reales, de quienes irán a trabajar para ese empresariado. De lo contrario, la supuesta “solución” a la problemática laboral se vuelve parcial y precaria.
Pero entonces ¿Qué reforma laboral necesitamos realmente? Una que priorice bienestar laboral y que incentive a las empresas a adoptarlo.
Una reforma que ayude a combatir la informalidad, no solo bajando costos, sino creando empleos donde las personas deseen quedarse. Una que coloque en el centro la prosperidad humana, como la mejor y más rentable de las estrategias de negocio para las PyMEs.
Ahora bien, no necesitamos copiar ciegamente modelos extranjeros. Podemos construir una agenda propia. La verdadera reforma laboral no es solo legal. Más allá de la que vaya (o no) a darse en el Congreso, la reforma que se precisa es humana, cultural y estratégica. Y empieza dentro de cada empresa —sin esperar que el poder legislativo lo resuelva todo.
Porque en un país que busca crecer, generar empleo, alcanzar mayor productividad y mejorar su competitividad internacional, el bienestar laboral de su pueblo, y la prosperidad que ello genera, no es una utopía: es un objetivo concreto y actual que alcanzar. Es futuro decidido hoy.
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