
En cada elección democrática hay algo casi tan revelador como la victoria: lo que los ciudadanos deciden dejar atrás. La historia, como suele decirse, la escriben los ganadores. Pero comprender al país exige mirar no solo las razones por las que se ha triunfado, sino también los motivos por los cuales fueron rechazados los adversarios.
Con el tiempo, se vuelven cada vez más evidentes las razones por las cuales los emblemas de la oposición ya no logran conectar con los argentinos, ni siquiera en bastiones que antaño parecían incuestionables, casi dogmáticos, y que durante años fueron controlados sin esfuerzo.
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La primera razón es sencilla: la agenda de la oposición no es aspiracional. No señala un futuro mejor, y mucho menos uno que dependa del mérito y el esfuerzo reales de los ciudadanos. Solo buscaba detener el liderazgo del presidente Javier Milei y su propuesta de cambio. En su lugar, sigue funcionando bajo una lógica puramente instrumental de gestionar el poder por el poder, de preservar cargos, estructuras, espacios y monopolios para los militantes, garantizándoles impunidades y dejando afuera al resto de la sociedad argentina. Al fin y al cabo, después de tanto tiempo, han sido coherentes en una cosa: conciben el poder como una oportunidad para servirse a sí mismos.
La segunda razón es la pérdida de credibilidad en la defensa que siguen haciendo de un Estado grande, intervencionista y dominador. Llevó tiempo, pero hoy los argentinos ya han desenmascarado ese sofisma. Cuando la oposición proclama “más Estado” en nombre de la colectividad, los ciudadanos entienden que, en realidad, se refieren a distribuir dependencias entre sus propias clientelas. Y cuando agitan la bandera de “ayudar a los más vulnerables”, los argentinos perciben que su verdadero proyecto es administrar la pobreza para sostener lealtades políticas.
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La tercera razón es el fin del “paga Dios”. La idea de que un país puede gastar -o comprometerse a gastar- sin explicar cómo ni cuándo va a pagar ha dejado, por suerte, de tener adhesión entre los argentinos. Hoy está claro que el presente no puede hipotecar el futuro y que la responsabilidad fiscal no es un capricho tecnocrático, sino una condición mínima para que un país pueda crecer, atraer inversiones y ofrecer mejores oportunidades y salarios a su gente. La política que promete todo sin costo ya no convence: los argentinos ya no compran cheques en blanco.
La última razón es la ausencia de nostalgia. Lamentablemente, los argentinos no tienen un pasado reciente que puedan recordar con alegría. La memoria del modelo industrialista cerrado, de la protección sin contrapartidas, de la emisión caprichosa y del asistencialismo permanente -todos ellos propagados con la liturgia tradicional de frases hechas y lemas vacíos- no despierta ninguna añoranza. Nada de eso trae buenos recuerdos, ni genera el menor deseo de regresar a un pasado de ruina, pobreza y corrupción.
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Parece increíble, pero, en el fondo, los argentinos han dado la espalda a la oposición simplemente porque aspiran a vivir, crecer y prosperar en un país normal. El cambio cultural está en marcha.
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