
El acuerdo comercial anunciado entre Argentina y Estados Unidos abre un escenario nuevo para la economía local. No solo por la baja de aranceles o la simplificación burocrática, sino porque puede modificar la lógica con la que operan las empresas que importan, exportan o dependen de pagos internacionales. Si finalmente se cumple lo que se prometió el impacto será mucho más profundo que un simple ajuste técnico.
En lo inmediato, los sectores más beneficiados son los que ya están integrados al comercio global: minería (litio y cobre), agro, carnes, farma, dispositivos médicos, tecnología y servicios basados en el conocimiento. Para todas estas industrias, poder pagar insumos afuera sin trabas y cobrar exportaciones sin plazos obligatorios representa una mejora directa en costos y tiempos. El acuerdo promete aceptar estándares de EE.UU., eliminar licencias, agilizar certificaciones y reducir fricción en documentación. Eso, en la práctica, significa menos días de espera, menos errores administrativos y menos gastos innecesarios.
El capítulo de pagos internacionales puede ser el verdadero punto de inflexión. Hoy, una transferencia de una empresa argentina puede demorar varios días retenida por controles, pedidos de información o validaciones cruzadas entre organismos. El acuerdo apunta a eliminar parte de esas barreras y establecer reglas más claras para el envío y recepción de datos financieros entre jurisdicciones. Además, abre la puerta para que más fintechs puedan operar con previsibilidad, potenciando la competencia y reduciendo costos.
Si a esto se le suma un eventual levantamiento del cepo, el cambio sería estructural: las empresas podrían volver a pagar servicios, software, proveedores e insumos en el exterior de manera directa, sin triangulaciones ni maniobras forzadas. Del lado de las exportaciones, podrían cobrar en cuentas propias, administrar su flujo de dólares y tomar decisiones financieras sin intervenciones obligatorias. Para cualquier compañía que vende o compra afuera, esto redefine por completo el mapa operativo.
Sin embargo, no todos los sectores tendrán un escenario favorable desde el primer momento. La apertura obligará a muchas industrias protegidas a revisar su modelo. Textil, calzado, algunas ramas de alimentos, manufacturas con baja escala o baja productividad: todos deberán mejorar procesos, invertir en tecnología y competir con estándares internacionales. En un escenario de mayor fluidez comercial, ya no alcanza con el “costo argentino” ni con barreras artificiales para sostener márgenes. Va a ganar quien produzca mejor, más rápido y con mayor calidad.
El acuerdo, en suma, puede ordenar el comercio exterior y modernizar el sistema de pagos. Y si finalmente se libera a las empresas de las restricciones cambiarias, Argentina podría dar su primer paso en años hacia una economía donde pagar y cobrar afuera deje de ser un problema y vuelva a ser simplemente una operación más. Para un país acostumbrado a diseñar estrategias defensivas, la oportunidad ahora es volver a pensar en cómo crecer.
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