
Si hay algo que históricamente definió a la clase media argentina, fue su vínculo con la educación. No como un servicio, ni como un derecho abstracto, sino como una promesa de futuro. Una promesa que se transmitía de generación en generación, muchas veces sin decirlo: estudiar era la manera de estar un poco mejor, de subir un escalón, de vivir con dignidad. La educación era la clave para sostener lo conseguido y para aspirar a algo más.
Para la clase media, la escuela no fue solo un espacio de formación académica: fue un símbolo de esfuerzo, movilidad y pertenencia. Era el lugar donde se depositaba el deseo de progreso, y también la trinchera donde se resistían las crisis. Cuando todo se movía, la educación era lo que se mantenía firme. El anclaje. El capital que no se devaluaba.
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El diploma universitario colgado en la pared era más que un logro académico: era un certificado de identidad. Significaba que se había cumplido con la parte del trato. Que el esfuerzo había valido la pena. Que esa familia, sin herencias ni contactos, había encontrado un camino legítimo para estar un poco mejor.
Hoy ese pacto está en crisis. Como señala el estudio en conjunto del CIAS y la fundación Fundar, solo el 40% de los jóvenes mantiene la creencia de que pueden “ser alguien” a través del estudio y el trabajo, y aun así, expresan serias dudas sobre poder lograrlo.
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A pesar de que cada vez menos familias se perciben de clase media siguen haciendo malabares para sostener la educación de sus hijos. Ajustan en todo, menos en eso. Cambian vacaciones por cuotas escolares, postergan arreglos de la casa para pagar clases de apoyo. Buscan escuelas públicas con mejores propuestas o privadas más accesibles. La búsqueda de una buena educación se volvió una carrera de obstáculos. Lo que antes era símbolo de estabilidad, hoy es una nueva fuente de angustia.
Lo más grave no es solo el esfuerzo económico, sino la sensación de que ese esfuerzo ya no garantiza nada. Que estudiar no alcanza. Que el título perdió valor y que estudiar no necesariamente se traduce en progreso. Un dato alarmante que contribuye a este pesar es que 40% de los argentinos de clase media alcanzaron un mayor nivel educativo que sus padres, pero no perciben ascenso social.
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Ese quiebre genera frustración y enojo. Las familias sienten que cumplen con su parte, pero que el Estado, el sistema o la política no hacen lo mismo. Que los esfuerzos son individuales, pero los problemas son estructurales y colectivos.
Sin embargo, el compromiso persiste. La clase media sigue apostando por la escuela. Y esa obstinación es, quizás, el último bastión de una identidad en riesgo.
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La clase media argentina siempre fue el sostén de los consensos democráticos, del respeto por la ley, de la valorización del trabajo y del conocimiento.
Si esa clase media siente que todo eso ya no sirve, el riesgo es que deje de creer. Y una clase media que deja de creer en la educación, es una sociedad que pierde su rumbo. La educación abre caminos, pero a su vez ensancha el horizonte económico. Allí donde la educación sigue siendo una vía de movilidad, las sociedades logran también más desarrollo. La ubicación de la Argentina muestra, en cambio, por qué tantos sienten que el esfuerzo ya no alcanza.
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Por eso, más que nunca, hay que volver a poner a la educación en el centro del pacto social. No como eslogan, sino como política concreta. Con un Estado que acompañe a las familias en el esfuerzo, que garantice calidad y equidad, que vuelva a hacer de la escuela un lugar donde valga la pena estar.
La educación no es solo una herramienta para progresar: es el modo en que una sociedad dice qué valora, qué espera de sus ciudadanos, qué tipo de país quiere construir. En la Argentina, esa convicción es el ADN de la clase media. Y hoy, necesita ser defendida más que nunca.
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Recuperar el sentido de la educación como motor de la movilidad social es también una forma de defender la cohesión, la dignidad y la esperanza. Porque el mayor legado de la clase media argentina no son los títulos, sino el ejemplo: el de haber creído, aún en la adversidad, que estudiar valía la pena.
El desafío, entonces, es sostener ese ejemplo. Y convertirlo en política.
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