El 7 de octubre de 2023 fue el día más sangriento para el pueblo judío desde la Shoá. Más de 1.200 personas fueron asesinadas. Decenas de mujeres fueron violadas, ancianos mutilados y casi 300 civiles fueron secuestrados por el grupo terrorista Hamás, que gobierna la Franja de Gaza.
Ese trauma colectivo sigue abierto, casi dos años después. Hoy, más de 45 hombres, mujeres y niños continúan secuestrados en Gaza. Sus vidas están suspendidas en el horror. Su liberación inmediata y sin condiciones debería ser un reclamo unánime en todo el mundo democrático.
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En tiempos de consignas fáciles y relatos distorsionados, urge volver a poner las cosas en su lugar. Tres ideas deben guiar este ejercicio de memoria y conciencia:
- No se puede premiar al terrorismo.
- El 7 de octubre marcó el inicio de una ola antisemita global y planificada con antelación.
- Muchos símbolos convertidos en banderas políticas son, en realidad, antisemitismo disfrazado de antisionismo.
Israel no eligió esta guerra. Se defiende de una organización que glorifica la muerte y convirtió la sangre en estrategia política. Cada intento de justificar, relativizar o convalidar los crímenes de Hamás envía un mensaje peligroso: El secuestro de civiles, la masacre de inocentes y el uso de niños como escudos humanos pueden ser herramientas legítimas de negociación.
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Ese precedente sería devastador. No solo para Israel, sino para todas las democracias del mundo.
Israel ha demostrado, a lo largo de su historia, su vocación por la paz. Lo hizo firmando acuerdos históricos con Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Sudán y Marruecos. Fue el único Estado en devolver un territorio mayor al propio a cambio de paz. No hay ambigüedad posible: Israel quiere coexistir. Pero tiene derecho —y obligación— de defenderse.
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El 7 de octubre no fue el final; fue el comienzo.
El pogrom no terminó ese día. Continuó en las sombras. En redes sociales, en medios, en foros digitales. Lo que siguió fue una ofensiva organizada de desinformación, teorías conspirativas y justificaciones al terrorismo. No fue espontáneo. Fue un ataque digital pautado y su objetivo fue sembrar antisemitismo.
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Conocemos el mecanismo. Los algoritmos amplifican los extremos. Los jóvenes consumen ese contenido y quedan atrapados en burbujas donde la mentira se refuerza, se valida y se normaliza. Se siembra el odio y así se alimenta la violencia.
La historia lo demuestra. El Holocausto no comenzó con cámaras de gas. Empezó con palabras, caricaturas y propaganda que deshumanizó al pueblo judío. Joseph Goebbels lo entendió: Antes de eliminar al judío, había que destruir su imagen.
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Hoy, casi un siglo después, ese mismo proceso reaparece —con nuevas herramientas— en la era digital.
En Argentina lo sabemos bien. Según el informe anual de la DAIA, en 2024 se registraron más de 650 denuncias de antisemitismo. Es el número más alto de la última década. Representa un aumento del 200% respecto al año anterior. Esto no es solo un problema de la comunidad judía. Cada vez que se tolera el antisemitismo, se debilita la democracia.
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Argentina ya sufrió el terrorismo en su propio suelo. Los atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y contra la AMIA en 1994 aún duelen. Y nos enseñan una lección clara: Callar frente al odio solo lo multiplica.
Cuando el símbolo se convierte en arma.
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Muchos símbolos palestinos —mapas, consignas, banderas— representan legítimas expresiones culturales. Pero cuando son apropiados por movimientos radicales dejan de ser identidad y se transforman en armas simbólicas. El mapa sin Israel o el eslogan “Del río al mar”, no son mensajes de paz. Son llamados a borrar del mapa a un Estado y exterminar a millones de personas.
Cuando estas expresiones son utilizadas como consignas internacionales, disfrazan odio de solidaridad. Lo que podría ser un reclamo político legítimo se convierte en propaganda de violencia. Así, banderas que deberían unir, terminan alimentando la narrativa del “enemigo judío”.
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Conclusión: Democracia o barbarie.
No hay que premiar al terrorismo. Hay que reconocer que el 7 de octubre fue un punto de quiebre y denunciar que los símbolos que esconden odio. Hacerlo no es una causa judía. Es una causa democrática. Es la defensa de valores universales.
El terrorismo ataca a Israel, pero también a la dignidad humana. El antisemitismo amenaza a los judíos, pero también a las democracias que lo toleran. Los símbolos de odio degradan cualquier posibilidad de paz duradera.
Desde Argentina —país que ya enfrentó el horror— repetimos con firmeza: Seguiremos de pie, defendiendo la vida, la memoria y la verdad. Y reclamando, sin descanso, hasta que el último de los secuestrados vuelva a casa.
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