
En un mundo cada vez más globalizado, el idioma inglés se consolidó como la lengua franca del comercio, la tecnología y la ciencia. Para los argentinos, dominarlo puede significar la diferencia entre acceder a oportunidades laborales de calidad o quedar relegados. Sin embargo, a pesar de que el país lidera la región en nivel de inglés, esta ventaja todavía no se traduce plenamente en empleabilidad efectiva.
Según el último Índice de Proficiencia en Inglés (EF EPI), Argentina se ubicó en el segundo lugar de América Latina, detrás de Surinam, y en el puesto 28 a nivel mundial, con una puntuación de 562 dentro del rango de “Alta competencia”. Ciudades como Rosario y Buenos Aires incluso alcanzaron niveles comparables a los de varios países europeos. A primera vista, este panorama parece alentador. Pero detrás de los rankings se esconde una realidad más compleja.
El acceso a la enseñanza del inglés sigue siendo desigual. En la escuela secundaria, el 84% de los estudiantes lo estudia, pero en primaria esa cifra desciende al 54%, con fuertes diferencias entre el sector privado y el estatal: mientras en las escuelas privadas accede el 74% de los chicos, en las públicas lo hace apenas el 46%. Además, no existe una política nacional que garantice criterios comunes sobre cuándo empezar a enseñarlo, cuántas horas dedicar ni bajo qué metodología. Esta disparidad genera que el dominio real del idioma esté segmentado social y geográficamente.
Aunque Argentina aparezca bien posicionada en los listados, la foto que devuelven no refleja necesariamente la realidad de todos los profesionales que buscan empleo
A esto se suma que los rankings como el EF EPI, al basarse en exámenes voluntarios en línea, suelen captar a quienes ya tienen cierto nivel o acceso a la tecnología, dejando afuera a gran parte de la población. Así, aunque Argentina aparezca bien posicionada en los listados, la foto que devuelven no refleja necesariamente la realidad de todos los profesionales que buscan empleo.
El mercado laboral, sin embargo, es claro. El inglés ya no se percibe como un plus, sino como un requisito básico. En sectores como la tecnología, alrededor del 65% de los avisos para desarrolladores lo exigen de manera explícita. No se trata de un capricho: empresas que apuntan a integrarse en cadenas globales necesitan equipos que puedan comunicarse fluidamente con clientes y socios del exterior. Sin esa competencia, las oportunidades quedan limitadas.
El impacto económico de esta carencia es significativo. Estudios internacionales han mostrado que los países con mayor dominio del inglés tienden a registrar mejores niveles de ingresos, más innovación y mayor competitividad. Para un trabajador argentino, hablar inglés no solo amplía el acceso a empleos mejor remunerados, sino que también abre la puerta a capacitaciones internacionales y a la posibilidad de salir del corsé del mercado local. Para las empresas, contar con personal bilingüe representa la posibilidad concreta de crecer hacia nuevos mercados y aumentar la productividad.
En el mercado laboral el inglés ya no se percibe como un plus, sino como un requisito básico
El desafío, entonces, es transformar esta ventaja relativa en un capital real. Argentina necesita políticas públicas que aseguren la enseñanza del idioma desde la primaria, docentes mejor formados y contenidos pedagógicos estandarizados. También es clave fomentar la exposición al inglés a través de recursos digitales, intercambios y consumo cultural en versión original. Y, en paralelo, ampliar el acceso a formaciones privadas de calidad, especialmente pensadas para adultos que buscan insertarse en mercados más competitivos.
Tener el inglés como diferencial en la región es un logro que no debe subestimarse. Pero si no se convierte en una herramienta accesible para todos, seguirá siendo una barrera invisible para miles de profesionales. El país cuenta con el capital humano; ahora, el desafío es que el idioma deje de ser un privilegio de pocos y se convierta en una verdadera palanca de crecimiento colectivo.
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