
Este velado flagelo crece al ritmo de la digitalización, dañando de forma irreversible a millones de víctimas en todo el mundo, ante la impávida mirada de funcionarios sin recursos y la pasiva complicidad de la industria tech.
En marzo de 2025 fue clausurada Kidflix, una de las mayores plataformas de pedofilia del mundo, tras una operación internacional que duró tres años. Participaron más de 38 países, pero lamentablemente no es la única ni será la última: cientos de miles de sitios siguen lucrando con el dolor de millones de víctimas. El abanico de abusos es cada vez mayor, desde niños manipulados para generar imágenes íntimas hasta transmisiones online de violaciones.
Me pregunto si resulta lógico y natural que en Instagram o Tik Tok se ofrezcan “casting” de supuesto carácter artístico protagonizado por niñas en uniforme escolar o jovencitas que aparentan ser mayores de edad que en todos los casos terminan participando en contenido de sexo explícito accesible a través de Telegram y luego en los sitios más difundidos de comercialización de pornografía.
La operación Kidflix identificó a 1400 sospechosos en todo el mundo, detuvo a 80 personas, todos ellos acusados de compartir y distribuir material de abuso sexual infantil, siendo además algunos responsables de abusar de menores.
Hoy las plataformas de contenido para adultos tristemente parecen un aspiracional. Usan las mismas apps que nuestros hijos como trampolín de marketing y nadie controla que menores participen o consuman. Nuevamente podríamos hablar de “abuso”, con servicios de asesoramiento al alcance de un clic.
La investigación empírica sobre el tráfico infantil es casi inexistente, los criminales que trafican menores y aquellos que facilitan la prostitución juvenil hacen uso de recursos online como nunca antes. Las plataformas en Internet facilitan y proporcionan servicios de acompañantes y de masajes a una amplia audiencia, las adolescentes son “comercializadas”, la tecnología increíblemente es un medio potente, eficiente y barato para llegar a los clientes de forma masiva, incluidos traficantes internacionales; pedófilos que buscan acceso a niños muy pequeños; personas con gustos sexuales extremos y aquellos interesados en pornografía infantil.
Nadie puede afirmar conocer las cifras reales de este terrible delito y menos aún dada las ventajas en términos tecnológicos que han adquirido estos depravados, que ofrecen a niños, comercializan sesiones y reciben pagos, todo en formato online. Los clientes pedófilos consumen y pagan y participan para ver el abuso sexual infantil en directo, el costo por abusar a un menor es de unos u$s 30, este atroz delito cuenta con la complicidad tanto del cliente comprador como del traficante.
La transmisión en vivo de abusos a menores, en muchos casos, involucra a personas del entorno cercano, incluso familiares. Algunos responsables ejercen control y manipulación sobre niños a los que tienen acceso, y en situaciones aún más extremas, son los propios adultos responsables quienes los exponen o entregan a redes de explotación.
En Argentina, casos como los de Loan y Lian reflejan una realidad alarmante: según Missing Children, se denuncian 6 desapariciones diarias de niños y adolescentes. A nivel global, las víctimas de trata ya alcanzan los 50 millones, de los cuales aproximadamente 15 millones son menores de edad.
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