
En noviembre del año pasado, mientras conversábamos, le pregunté al Papa Francisco por Pepe Mujica. “Me llamó ayer- respondió-, me dijo que quería venir a charlar, pero los médicos se lo prohibían”. Esa amistad tenía una raíz profunda, yo lo hablé varias veces con el Santo Padre, especialmente durante nuestro primer encuentro, cuando coincidimos en que se llega a la sabiduría por la fe de los creyentes o por la vida de los ateos, pero esa sabiduría es el lugar supremo del hombre, es la única riqueza que trasciende, las otras son escrituras, estas son legado.
El despreciable tuitero oficial pudo escribir “uno menos”, duro, triste, atroz, contra cara de aquel que en “El Cohete a la Luna” intentaba hablar mal del Papa cuando el mundo despedía su grandeza. La ideología no da dignidad, la ideología es algo más en el hombre; en cambio, la solidaridad puede recorrer la totalidad de los pensamientos. Pero el odio, ese odio que nunca fue del peronismo, porque nos basábamos en una propuesta equitativa y justa, y siempre lo fue del anti peronismo, porque ser anti algo es eso, es tener un odio más desplegado que el amor, el odio no tiene remisión.
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La visión de evitar los rencores y mirar hacia adelante se impuso en España tras la muerte de Franco y tuvo un gran final, porque el líder comunista Santiago Carrillo y el franquista Fraga Iribarne fueron capaces de encontrarse, y en ese encuentro, marcar que el destino de la patria era, en ese instante, más importante que saldar las cuentas, los dolores. Había un millón de muertos y España renació sobre ese dolor, sobre esa historia. No es que haya habido olvido, hubo grandeza, y se priorizó la necesidad colectiva antes que las deudas impagas de los sectores que se habían enfrentado. Con el riesgo de la impunidad que eso conlleva, naturalmente. Lo mismo sucedió en Uruguay, en Brasil y en Chile. Nosotros llevamos adelante los juicios, que consideramos indispensables, con Alfonsín. No todos los países tienen por qué reaccionar de igual modo.

Pepe Mujica fue un hombre que abrazó la guerrilla para cambiar el mundo, como él decía, luego, la dolorosa cárcel y, finalmente, asumió desde lo más profundo de sus convicciones, el amor por la democracia. Violencia contra la dictadura, dolor de la cárcel, entrega a la transparencia y al reconocimiento del pensamiento del otro. Nunca fue sectario, o si lo fue, la cárcel y la vida le enseñaron a dejar de serlo.
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Nosotros tuvimos miles de desaparecidos, ese fue el dolor, pero salvo los deudos, los sobrevivientes no tuvieron expresiones de autocrítica, de revisión de sus historias, de aporte de aquella entrega a la pacificación de la democracia. Los deudos no podían ser suplentes del pensamiento de los guerreros.
Hoy transitamos un profundo fracaso que lleva décadas, no tantas como quiere imponer el oficialismo, pero sí las cuatro o cinco que nos separan de la última dictadura, donde se inicia nuestra feroz degradación. Y lo peor es que las sectas, la revolucionaria y la vende patria, se convierten en las dos únicas alternativas para un pueblo dolido, carenciado, golpeado; dos fanatismos sin estatura, sin poder instalarse en el lugar de la trascendencia y gestar un encuentro entre compatriotas. Es más fácil criticar que proponer, -como decía un querido amigo sociólogo, Leopoldo Halperín, nosotros padecemos de hipercriticismo-, pero es más humano amar que odiar.
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Aquella frase de Borges “...no nos une el amor sino el espanto...” nos recuerda que esa historia tiene origen en nuestra impotencia por generar una sola identidad, una que sienta que los vulnerables y los otros, los ganadores, son parte de la misma sociedad. Eso que tienen Brasil y Chile, donde pobres y ricos aman con la misma pasión a su patria. Y lo más importante, como no hay capitalismo sin burguesía industrial, la burguesía paulista, el empresariado paulista, son esenciales para el desarrollo de esa patria, que sigue teniendo industria y riqueza y no ensaya nuestra imbecilidad de creer que lo importado puede sustituir en trabajo y valor a nuestra producción.
Las elecciones dejaron al desnudo que la posesión del sello peronista no implicaba el afecto y la lealtad de sus seguidores. Fue en provincias, donde, realmente, dejamos de existir hace rato. Por eso, es útil recordar tal vez que en los fracasos es necesario cambiar la conducción, desde los equipos de fútbol, hasta los grandes partidos políticos. El peronismo, con una visión futbolera, hace mucho que se fue al descenso.
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Algunos dicen que “el camino del centro es difícil o imposible”. Claro, es el único que da una salida, y ahí no hay espacio para los oportunismos y las mediocridades. Ese camino solo es transitable desde la grandeza de quien reformule un proyecto de unidad nacional cuyo futuro integre a los humildes y se haga cargo de todas las responsabilidades.
El gobierno actual es coyuntural, dura el tiempo en que lo financien, en que se pueda endeudar, terminado el cual, como es absolutamente improductivo, como tiene una concepción ideológica de herederos, de rentistas, va a terminar antes de lo pensado. El fracaso empieza a marcarse en la vida de todos aquellos que necesitan trabajar para sobrevivir. El final de este triste, mediocre y oscuro gobierno de visión colonial surgirá cuando tengamos la estatura para hacer una propuesta de unidad, de patriotismo, de un espacio donde existan todos los pensamientos posibles y vigentes, pero desde ya con una sola marca que es pensar en lo colectivo, en el conjunto, en la nación toda. Lo que estamos viviendo hoy es simplemente un nuevo paso desmesurado de concentración económica, una enfermiza reiteración de la macro, cuando la micro, la vida cotidiana de los argentinos, se arrastra entre la necesidad y la tristeza del sin mañana.
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Pepe Mujica, años de cárcel y de buena política, y el Santo Padre, que tanto tuvo que andar para llegar con su palabra y sus actos al mundo entero, ambos deben ser ejemplo para una generación joven que se enamore de la política, principal expresión de la solidaridad. Estos dos hombres, que se fueron en tan poco tiempo, tenían una marca central, habían fracturado su relación con el egoísmo, y eso es lo único trascendente. En la vida hay una riqueza que es la económica, la que deambula por escrituras, y hay una que es la solidaridad y transita la sabiduría. Pepe Mujica y el Papa Francisco nos dejaron el ejemplo que debemos seguir. Su sabiduría fue tanta que dejaron herederos. Bastó ver la amorosa despedida de sus seguidores que ambos recibieron.
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