
Las elecciones legislativas de este año en la Ciudad de Buenos Aires no son simplemente una parada obligada del calendario democrático. Son, para muchos espacios políticos “históricos”, una batalla existencial.
La multiplicación de listas responde, precisamente, a internas no resueltas dentro de los propios partidos, ahora obligadas a dirimirse en el terreno abierto de la elección general. Lo que se presenta como una “amplia oferta electoral”, no es más que la consecuencia directa de una ingeniería institucional diseñada para blindar al oficialismo, que en realidad termina por debilitarlo.
Hay 17 listas en total. Una cifra llamativa incluso para la Ciudad, habituada a escenarios fragmentados. Pero la cantidad es apenas la superficie del problema: detrás de cada lista hay una interna contenida, un liderazgo discutido o una estrategia de supervivencia.
En el peronismo, por ejemplo, conviven –sin convivir– Leandro Santoro, Abal Medina y Alejandro Kim. Los libertarios ponen a competir al vocero presidencial Manuel Adorni con Oscar Zago, que adquirió “el pase” de Ricardo Caruso Lombardi para que lo represente, y Ramiro Marra, quien supo ser la principal figura de La Libertad Avanza en CABA y ha sido expulsado del espacio por la hermana del presidente. La izquierda también va dividida y el radicalismo se la juega con caras nuevas y separado de la Coalición Cívica.
Y como si toda esta dispersión fuera poco, el PRO deberá lidiar con su propia interna con la vuelta sorpresiva Horacio Rodríguez Larreta. Jorge Macri busca defender el legado del partido que, paradójicamente, se lo debe en gran parte a su predecesor, quien está lejos de retirarse y vuelve a la escena con intenciones de disputar su propio espacio dentro del mismo electorado.
Para el jefe de Gobierno actual, esto representa una doble amenaza. Por un lado, debe lidiar con una interna incómoda en la que no puede despegarse del pasado sin deslegitimar lo único que todavía le da sustento. Por el otro, pone en juego su propio liderazgo frente a una figura que, si bien viene de una derrota nacional reciente, conserva altos niveles de imagen positiva en la Ciudad.
Por estos motivos, estas elecciones pueden significar el inicio del largo ocaso del PRO. Las encuestas ya no lo ubican como el favorito indiscutido en el distrito que supo dominar durante casi dos décadas. Si se confirmaran los pronósticos que lo relegan al tercer lugar, el golpe podría poner en jaque la continuidad misma del espacio político que, con Mauricio Macri a la cabeza, supo conducir al país desde la Casa Rosada.
Ante este panorama, el PRO intenta sostener su hegemonía, pero lo hace con señales contradictorias. El mensaje parece claro: hay que evitar daños. La suspensión de las PASO locales -una jugada de Jorge Macri- tenía ese objetivo. El adelantamiento de las elecciones también. Son movimientos pensados para contener una derrota o, al menos, postergarla. Pero cuando la preocupación principal es limitar el daño, en lugar de ganar, algo se quebró.
El PRO parece hoy replegarse sobre su historia en lugar de proyectar futuro. En lugar de liderar, administra. En lugar de inspirar, calcula. Las señales que ha dado el jefe de Gobierno porteño en los últimos meses hablan de un gobierno más preocupado por sostenerse que por construir. Y en ese espejo, el votante empieza a buscar otras opciones. Los oficialismos, cuando pierden iniciativa, se vuelven vulnerables. Y el de la Ciudad de Buenos Aires no es la excepción.
El problema para el PRO no es sólo una mala elección legislativa en la Ciudad. Es lo que esa derrota podría desencadenar. Si el partido queda tercero en su propio bastión, pierde su principal carta de presentación para las elecciones nacionales de octubre. Un resultado adverso en Buenos Aires podría tener efecto dominó en las listas del interior del país, erosionando su estructura nacional y, sobre todo, su capacidad de negociación.
En ese sentido, las legislativas porteñas se convierten en una elección nacional con nombre local. Jorge Macri se juega más que una legislatura alineada: se juega su credibilidad como heredero político del espacio. Y el PRO, como fuerza nacional, se juega su supervivencia. No hay lugar más simbólico para medir el pulso de un partido que la tierra donde nació. Y si esa tierra deja de responder, no hay estructura que aguante.
Por eso, estas elecciones son legislativas, pero también son existenciales. Y para el PRO, pueden ser el principio del fin o el inicio de una reinvención aún incierta. Más allá de las bancas que consiga en la Legislatura, lo que está en juego es el lugar que este espacio ocupará en la política argentina del futuro.
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