Días de costos para Olivos: desatención del Congreso y malas decisiones políticas

El rechazo del Senado a los pliegos para la Corte es de impactante magnitud. Expone un cambio de contexto, apenas unos días después del aval de Diputados al DNU por el FMI. El círculo presidencial no lo registra. Y agrega frustración por el viaje de Milei a Estados Unidos

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Tablero con el rechazo al
Tablero con el rechazo al pliego de García-Mansilla. Antes, había sido la votación en contra de Lijo

Dos decisiones del propio oficialismo terminaron marcando una semana política realmente negativa para Olivos, aún antes de sacar cuentas sobre el impacto de la turbulencia global de los mercados, en el momento crucial de las tratativas con el FMI. Eso último escapa a la voluntad local, más allá de las gestiones para tratar de amortiguar los anuncios arancelarios de Washington. En cambio, son facturas intransferibles la decisión del viaje de Javier Milei a Estados Unidos -sin asegurar la foto con Donald Trump- y la derrota en el Senado como respuesta a la obstinación con los pliegos para la Corte Suprema. Una mezcla de malas decisiones políticas y modo de entender el ejercicio del poder. Por lo pronto, ya asoman recelos y reproches internos.

La magnitud política de lo ocurrido en el Senado con los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla queda a la vista por los números de los rechazos reflejados en el tablero, por las consecuencias inmediatas y por ser contracara de la votación de Diputados que hace apenas un puñado de días avaló el DNU sobre la negociación con el Fondo. Los operadores del Presidente expusieron así un problema serio para hacer una lectura política de los mensajes del Congreso, que no son lineales. Y, a la vez, una actitud que confunde necesidades con pretensiones.

Buena parte de lo que el oficialismo descalifica como “la política” advirtió que en el caso del decreto para avanzar con el FMI estaba en juego algo más que el instrumento, a todas luces cuestionable por diferentes razones. De todos modos, socios legislativos, dialoguistas y hasta sectores críticos como la CC allanaron ese camino al considerar, de manera expresa o implícita, que estaba en juego el sustento político como señal interna y externa. Algunos, extremaron ese razonamiento a la categoría de gobernabilidad.

Aquella convergencia permitió la aprobación del decreto. La oposición dura -básicamente el peronismo/kirchnerismo, que en ese tema expuso pocas fisuras- terminó siendo también una pieza útil para el juego de Milei. El mensaje oficialista le dio escaso relieve a la votación favorable y se concentró una vez más en la pelea tuitera con el enemigo elegido, Cristina Fernández de Kirchner, que por supuesto alimenta con similares ganas y bajo nivel la misma lógica.

Ese resultado difícilmente iba a ser repetido en cualquier terreno. Y Olivos agregó un nuevo peldaño en una escalera ya deteriorada. El intento para ocupar dos casilleros en la Corte venía muy complicado, con arrastre de meses, y no sólo por la designación por decreto de García-Mansilla, que juró en el cargo, y Lijo, que no lo hizo y prefirió mantener el recurso de la licencia en el juzgado federal. El oficialismo nunca asumió plenamente un tipo de negociación, la más avanzada con algunos integrantes de UxP y hasta con contactos en las cercanías de CFK, según se dejaba trascender.

El cuadro se completaba con cuestionamientos iniciales y luego crecientes desde el PRO -aún antes de la pulseada más abierta de Mauricio Macri con Olivos- y desde bancadas dialoguistas, incluso algunos legisladores muy atentos a las indicaciones de sus gobernadores, en la UCR y en el conglomerado de vertientes provinciales. Sin embargo, forzado por el propio Gobierno el capítulo final, los números fueron abrumadores y la fisura más llamativa se anotó en UxP al momento de votar el pliego del juez federal.

La asistencia de senadores fue perfecta. Las advertencias previas hacia el Gobierno parecían centradas en señalar que estaba fuera de discusión que los rechazos superarían la prueba de los 25 votos necesarios para clausurar el tema. Lijo cosechó 43 votos en contra y 27 a favor, entre los que se contó la decena aportada por el peronismo/kirchnerismo. El heterogéneo conjunto que dejó fuera de juego al pliego sumó al resto de UxP, a diez de trece radicales, a los siete del PRO y muchos provinciales. El rechazo a García-Mansilla fue mayor: 51 a 20, con el peronismo en bloque bajando el dedo.

Javier Milei, al brindar su
Javier Milei, al brindar su discurso en Mar-a-Lago

Fue más que eso: no se ha visto un desenlace similar para propuestas de este calibre, es decir, desde cargos en la Corte hasta el jefe de los fiscales. Ante la falta de consenso, la salida menos traumática es el retiro de los pliegos. Lo saben todos en política. Sin embrago, desde el círculo presidencial jugaron hasta último momento al fracaso de la sesión para encarar conversaciones que, según sus interlocutores, apuntaban a una imprecisa y última movida. ¿Más presión sobre jefes provinciales? Resultaba evidente que no iba a alcanzar, que no era bien leída la realidad y que nadie consideraba que estuviera en riesgo la estabilidad del Gobierno. Salvo, claro, que fuera retomada la idea de un pacto amplio como el sugerido en el arranque de esta historia, difícil lanzada como está la carrera electoral y con CFK tratando de ordenar su frente interno.

Desde la UCR y también algunos provinciales sugirieron retirar los pliegos, aún con costo. No funcionó y se llegó a la votación en el recinto. Suena pobre la carga del oficialismo contra la “casta” frente al cuadro planteado ahora. Lijo únicamente iba a cambiar de idea si el pliego resultaba aprobado. García-Mansilla habla de consultar a los integrantes de la Corte. Situación difícil, incierta al menos, en un contexto más sensible: ya no se trata del juramento en comisión sino del rechazo de los pliegos y del cuadro político que eso mismo expone. Sin contar, con el barro que significa acciones como las que ya tiene en su despacho el juez Alejo Ramos Padilla.

Se agrega la interna. El oficialismo funciona en el Senado con un nivel de disputa doméstica que roza lo institucional. Como era previsible, Victoria Villarruel fue puesta en la mira antes y después de este fracaso. Y fue expresado por algunos canales con terminales en el círculo presidencial, que a la vez -aunque suene contradictorio- la vienen esmerilando y destacan que no tiene ningún poder. Precisamente, el escaso peso de la vicepresidente expuso como dato casi excluyente el papel jugado por Santiago Caputo en todo el trámite y en el intento final para evitar la sesión del jueves.

Las internas tampoco tardaron en emerger frente a la movida que decidió y connotó el viaje presidencial a Mar-a-Lago como paso importante para asegurar el acuerdo con el FMI -no sólo el desembolso inicial, sino además los compromisos- y enviar un nuevo mensaje a los mercados. El objetivo: la foto de Milei con Trump. Y el complemento por si hiciera falta: sumar a Luis Caputo como acompañante del Presidente.

Resultó un riesgo innecesario. Y el viaje cerró sin la postal imaginada, que por lo demás no hubiera sido determinante, porque los respaldos que definen posiciones en el directorio del FMI son los que operan por vías efectivas desde el Departamento del Tesoro. El problema, en todo caso y sin foto, es el malestar doméstico por el viaje y la señal contraproducente.

Con el presupuesto de un éxito -un contacto breve aunque visible con Trump-, se había dejado trascender que el viaje, la compañía del ministro Caputo y la posibilidad del encuentro referido eran fruto del entorno presidencial. Más aún: se destacaba la utilización de canales informales sin recurrir a la Cancillería. Con el resultado indeseado a la vista de todos, se apuntó sobre la conducción del ministerio, encabezado por Gerardo Werthein, que a la vez tiene a su cargo una tarea difícil: revertir el impacto arancelario. Un clásico de la gestión mileista

En el tablero doméstico no hay rastros de alguna visión crítica sobre lo ocurrido en estas horas. Otra vez, quedó expuesta una especie de sobrevaloración del poder propio y una concepción que cada tanto genera costos. En resumidas cuentas, desatención de la complejidad del Congreso, poco afinamiento para encarar el frente externo y un denominador compartido: la concentración de decisiones que remite al estrecho círculo de Olivos.