
La serie Adolescencia, recientemente estrenada en Netflix, pone sobre la mesa una cuestión urgente que desde hace décadas inquieta a quienes trabajamos con temas vinculados a niñas, niños y adolescentes: la desconexión del mundo adulto con respecto a la realidad adolescente. Este distanciamiento silencioso tiene profundas consecuencias en el desarrollo emocional y social de las nuevas generaciones.
A diferencia de otras producciones, Adolescencia, más allá de narrar una historia, parece nutrirse de la trama para explorar, a través de sus cuatro episodios, las tensiones que atraviesan quienes forman parte de instituciones tradicionales como la familia y la escuela.
Jamie, un adolescente de 13 años de un barrio obrero en el norte de Inglaterra, vive una vida aparentemente normal con su familia. Pero una mañana la tranquilidad se quiebra cuando la policía irrumpe en su casa acusándolo del asesinato de una compañera. Desde esta dramática escena, Adolescencia comienza a desvelar las complejas tensiones cotidianas que enfrentan jóvenes y adultos.
Es a partir de esta escena que Adolescencia comienza a desarmarse y desarmarnos como las capas de la cáscara de una cebolla, no solo por la angustia que provoca en quienes la miramos, sino por las innumerables posibilidades de análisis que ofrece para pensar las tensiones cotidianas que atraviesan a jóvenes y adultos en el frágil equilibrio del tiempo que vivimos.
La serie expone descarnadamente lo que viven muchas de las instituciones fundamentales, como la familia y la escuela, mostrándolas como “instituciones-cáscara” -concepto del inglés Anthony Giddens-, aquellas que aparentemente funcionan con normalidad, pero han quedado huecas, vacías de sentido. En ellas se presentan adolescentes que, como señala Michelle Serrés, son auténticos “Pulgarcitas” capaces de acceder con sus pulgares de manera inmediata a una cantidad inmensa de información y establecer conexiones globales en segundos pero que, en muchos casos, no logran establecer vínculos saludables con pares o adultos. Esta grieta que se exhibe con crudeza en la serie cuando el padre de Jamie se pregunta desconsolado “¿En qué fallamos?”.
Han construido una familia que se ha dedicado a cuidar a sus hijos, pero ha habido un punto ciego en el que las redes sociales se han convertido en trampas silenciosas. Llora desenfrenado el padre en el cuarto de su hijo mientras no encuentra respuesta a lo que vive. Este interrogante resuena tan fuerte que Adolescencia ha hecho vibrar y mirarse a sí mismos a millones de espectadores.
Hay consenso respecto de la urgencia en conocer a las nuevas generaciones para poder acompañarlas en su desarrollo, pero, ¿es posible comprenderlos si los adultos no tenemos conocimiento de su universo? ¿Es posible acaso tener ese conocimiento si no se promueve un diálogo que habilite al adulto a ingresar a ese universo? En miles de familias, esta tensión se vive como un hecho familiar, no como una que atraviesa a gran parte de las sociedades.
El investigador argentino Fernando Peirone, autor de El fin de la escritura, advierte sobre la erosión profunda y silenciosa de la comunicación tradicional que se evidencia en la escritura, cambios invisibles, pero profundos, que atraviesan nuestra cultura: el autor señala que estamos frente a la erosión de una escritura que durante miles de años gozó de reconocimiento social, escolar y cultural. Esta transformación nos sumerge en una “Babel” moderna, afirma, donde la incomunicación entre adultos y jóvenes se profundiza debido a lógicas de vida radicalmente diferentes, no solo en lo digital, sino en las diferentes dimensiones existenciales.
Una escena reveladora de Adolescencia muestra cómo un adolescente ayuda a su padre, el investigador policial del asesinato, a descifrar los mensajes encriptados en emojis del celular de Jamie. Esta conversación, esta escucha atenta padre/hijo, no solo cambia el rumbo de la investigación policial, sino que abre la puerta a un nuevo modo de estar juntos.
Es cierto que las pantallas, fundamentalmente las redes sociales, cuyos algoritmos están diseñados con fines adictivos y como puertas de ingreso a múltiples consumos, conllevan riesgos, pero también brindan oportunidades para el desarrollo personal y social.
Las pantallas (y las redes sociales) pueden promover derechos humanos, desde el acceso a la información, a la diversidad cultural en pos de desarmar discursos de odio, a la participación, entre tantos otros. El desafío es que los espacios de educación puedan empoderar a las nuevas generaciones a través de herramientas que les permitan protagonizar el tiempo que vivimos. Pero la familia y la escuela están desde hace ya algunas décadas en profunda transformación, el modelo de la modernidad ha entrado en crisis.
Adolescencia da pistas sobre la atmósfera de alienación que se vive en muchas escuelas, la soledad y el efecto que tienen las pantallas sobre la salud mental, y abre al gran público conceptos como Incels. Nos señala que no estamos frente a problemas individuales, del estilo “esto solo sucede en mi casa”, sino frente a una transformación cultural que alcanza a gran parte de las sociedades.
En un mundo acelerado, saturado de pantallas, el tiempo del encuentro y la escucha son escasos. Sin embargo, resultan esenciales para construir puentes entre generaciones y entre pares. Reconocer la desazón y avanzar en la conversación puede ser parte del proceso de reconstrucción que permita desarmar discursos de odio, desinformación, bullying, ludopatía, grooming, fake news y falta de proyectos de vida.
La maravillosa oportunidad con la que cuentan familias y escuelas, a pesar de sus estructuras anquilosadas, es que tienen la posibilidad de generar esas conversaciones para pensar en colectivo, las grandes transformaciones que, por un lado, nos separan, pero sobre las que podemos construir puntos de unión, correrse de un modelo de autoridad que ha perdido fuerza y animarse a experimentar una autoridad que se reconstruye a través del diálogo y la confianza, que permite, incluso, decir no entiendo o tengo miedo.
En este tiempo en el que la incertidumbre es el timón de nuestra cartografía, resulta necesario construir balsas y aprender a leer, entre generaciones, los vientos que soplan para llegar a diseñar nuevos y mejores horizontes. La buena nueva es que es posible, pero el alerta, es que no se logra en soledad. Por eso es urgente abrir espacios de conversación sincera que den cuenta de que a escuchar, reflexionar y decir las cosas de un modo constructivo se aprende.
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