
Los superávits gemelos no están garantizados. Ni mucho menos, cabría decir. Desde hace décadas, las crisis desembocan en ajustes que traen resultados que, muchas veces, son efímeros.
Las sucesivas crisis de los gobiernos kirchneristas dejaron una enseñanza muy clara en materia fiscal, que parece que la población y una parte de los dirigentes políticos han aprendido.
Por lo tanto, es probable que en los próximos años la disciplina fiscal permita reducir el endeudamiento de este origen, y que la política encuentre alguna combinación de gastos y recursos que resulten en un escenario sostenible por este lado.
Las crisis también se asocian con una contracción mayor o menor de la economía y, en consecuencia, con un descenso brusco de las importaciones de bienes y servicios que corrigen el déficit de la cuenta corriente. La descripción de los ciclos de stop and go fue estilizada hace ya seis décadas, y más allá de que su “raíz” se impute a cuestiones distributivas o al diseño de las instituciones monetarias, comerciales, fiscales o regulatorias, los ciclos y su eterno ritornello son conocidos. Pues en efecto, tras la corrección suelen sobrevenir desequilibrios que conducen a una nueva crisis.
Las correcciones, en efecto, no necesariamente son duraderas, ya que con el rebote de la economía también rebotan las importaciones de bienes y servicios, dependiendo en su magnitud del instrumental que se esté utilizando para corregir desequilibrios y también de las condiciones externas que no están sujetas a decisiones de política doméstica -tipos de cambio del resto del mundo, precios de materias primas, tasas de interés, actividad, etc.-. Aquí también -como en materia fiscal- se requiere sintonía fina y mucha prudencia para poder enfrentar shocks sin descarrilar.
Para evaluar en qué situación estamos en 2025, conviene observar que, tras el inicio del ajuste en diciembre de 2023, el primer semestre de 2024 acumuló un superávit de cuenta corriente de la balanza de pagos, como era de esperar a partir del programa implementado.

Pero, en el segundo semestre, las condiciones fueron cambiando, en parte por la importante caída en los precios de exportación del agro, luego del petróleo, más recientemente por la apreciación del dólar y la depreciación de las monedas emergentes, el real en particular.
Las importaciones de servicios aceleraron, y con todo ello se cierne un nubarrón sobre el balance de bienes y servicios para 2025, ya que los aumentos en cantidades exportadas podrían resultar compensados por caídas de precios, mientras que la elasticidad de salida del ciclo de las importaciones es alta.
Es cierto que los precios internacionales de las materias primas son volátiles, y como prueba de ello el petróleo ha rebotado USD 7 en menos de un mes, mejorando imprevistamente el escenario. Pero ¿podemos jugar la suerte al precio de un par de materias primas, en un contexto en el que se anticipa que las tasas de interés podrían dejar de caer y que la economía global, junto con Brasil, estarían desacelerando?
La respuesta podría ser que, efectivamente, sí se puede mientras los déficits sean financiables, y aún mejor si lo son con un fuerte aumento de la inversión extranjera directa. Pero el problema es que desconocemos la magnitud de los shocks que vamos a enfrentar, y de allí que es siempre aconsejable armarse de algunos “colchones” para la emergencia, en lugar de usar los colchones hoy.
Por si no resulta claro, siempre se puede colocar deuda a alguna tasa mientras haya garantías y colaterales, e intervenir en el mercado contra la corriente (por un tiempo más corto aún), en la medida en que el recurso se utilice solo por un tiempo limitado y como puente a un escenario que podamos asumir -con fundamentos- que es sustentable.

El primer año de gestión del presidente Milei ha cerrado dando una señal muy clara en materia de su estrategia fiscal que probablemente logre trascender su propia gestión, y ello es un resultado sobresaliente que debe ser destacado. Pero un equilibrio macroeconómico sustentable tiene varias patas, y una de ellas -particularmente en el caso de un país emergente relativamente aislado, como es el caso argentino- es la de ser capaz de mantener en equilibrio la cuenta corriente mientras no se tengan las garantías de que “lloverán” inversiones directas para financiar la diferencia entre ingresos y egresos.
Esto es parte de la tarea de ganar reputación. Y mientras se está forjando reputación preferible no jugar con los instrumentos monetarios y cambiarios para satisfacer fines coyunturales, a riesgo de que un shock nos desvíe del camino trazado. No siempre las crisis son el resultado de la “mala suerte”, sino que muchas veces dependen de haber seleccionado estrategias riesgosas que solo pueden sostenerse por un tiempo limitado.
El autor el Director y Economista Jefe de FIEL. Esta nota es un anticipo de Indicadores de Coyuntura 671 de FIEL
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