
Mientras el mundo discutía en Bakú, Azerbaiyán, cómo seguirá encarando los desafíos del cambio climático y qué rol tendrá cada jugador dentro de la nueva “economía verde”, Argentina decidió levantarse de la mesa, retirando a su delegación a solo tres días del comienzo de la 29° Cumbre del Clima. ¿El resultado? Nos quedamos afuera de una de las discusiones más importantes de nuestros tiempos, que versa no solo sobre el cuidado del ambiente, sino también sobre negocios, inversiones y empleo.
Retirarnos de la COP29, además de configurar un error diplomático, es también una bomba de tiempo económica. Mientras otros países, incluso vecinos como Brasil, Colombia y Paraguay, avanzan con leyes para atraer inversiones en hidrógeno verde, créditos de carbono y tecnologías limpias, nosotros seguimos sin decisión y sin nitidez, como quien llega tarde a un partido que ya empezó.
¿Por qué importa esto? Porque el mundo ya no discute si existe o si se debe combatir el cambio climático, sino cómo hacerlo y quién se beneficiará de esta transición. Los mercados de carbono están en auge, con un crecimiento exponencial en los últimos años, y las finanzas verdes son el futuro de las inversiones globales. No se trata de sembrar árboles solo por amor al arte: se trata de desarrollar proyectos concretos que generen dólares, empleo y desarrollo. Pero, en lugar de jugar a ganar, elegimos quedarnos en el banco de suplentes.
Del 11 al 22 de noviembre pasado, en Bakú se debatieron cuestiones clave para el futuro de la economía mundial, entre ellas, la implementación del artículo 6 del Acuerdo de París. Este artículo establece las reglas para el mercado global de carbono, un mecanismo que permite a los países cumplir sus compromisos climáticos intercambiando reducciones de emisiones. En otras palabras, el artículo 6 es la hoja de ruta para convertir el esfuerzo climático en un mercado funcional y transparente. Participar en estas negociaciones era fundamental para asegurarnos de que las reglas globales beneficien a países como el nuestro, con un potencial inmenso en proyectos de captura y reducción de emisiones. Al no estar ahí para incidir, las decisiones se tomaron igual, pero sin nosotros. Peor aún: esas reglas pueden terminar beneficiando a los países que sí estuvieron en la mesa y poniendo barreras para nuestros productos en mercados internacionales.
Y esto tiene un costo real. Sin una política climática clara, corremos el riesgo de que acuerdos comerciales como el de Mercosur-Unión Europea, o nuestro pretendido ingreso a la OCDE se frustren. Porque Europa ya decidió que el cambio climático será el eje de sus políticas comerciales, y si nosotros no jugamos bajo esas reglas, estamos afuera y tendremos importantes pérdidas en materia de inversión y exportaciones.
También tenemos que preguntarnos a quiénes estamos imitando con esta decisión. Retirarnos de la COP29 nos alinea con los pocos países que rechazan los acuerdos climáticos, como Irán o Yemen, y nos aleja de democracias desarrolladas como Alemania, Nueva Zelanda o Noruega, que lideran la transición energética.
Llamarlo solo “ambientalismo” es ingenuo: es también estrategia, negocios e inserción global. Hasta ahora, la política climática viene siendo una cuestión de Estado en nuestro país, de forma ininterrumpida desde la ratificación de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) durante el gobierno de Carlos Menem. Con nuestras tierras, nuestra biodiversidad y nuestra capacidad de innovación, podríamos ser protagonistas de un cambio global que, además, trae divisas. Pero para eso necesitamos dos cosas: estar presentes en foros internacionales como la COP29 y, sobre todo, reglas claras para atraer inversiones.
El cambio climático ya no es un problema abstracto; sus impactos están aquí y ahora. Sequías, inundaciones y temperaturas extremas golpean nuestras economías regionales, destruyen empleos y aumentan la desigualdad. Combatirlo no solo es un imperativo ético, sino una cuestión de supervivencia económica. Sin embargo, estos desafíos deben abordarse como una verdadera oportunidad estratégica para posicionarnos como líderes en una economía global que ya está cambiando.
Argentina no puede darse el lujo de seguir perdiendo tiempo. En un mundo donde el cambio climático define nuevas cadenas de valor y modelos de negocio, quedarnos afuera equivale a condenarnos al atraso. Puertas adentro, necesitamos unas normativas que brinden seguridad jurídica a los proyectos de carbono, fomenten la inversión en hidrógeno verde y bajo en emisiones, y aceleren la transición energética en todos los sectores. De cara al mundo, nuestra ausencia en la COP29 fue más que un error: fue una señal de que hemos decidido mirar hacia otro lado mientras otros países construyen el futuro. Pero todavía estamos a tiempo de corregir este rumbo. Argentina tiene las herramientas, el talento y los recursos para ser protagonista de los nuevos paradigmas que nos esperan. Lo que falta es voluntad política y liderazgo.
No podemos seguir mirando desde afuera mientras otros avanzan. El Presidente Javier Milei todavía está a tiempo de no cometer un error aún mayor, que sería salirse del Acuerdo de París. Es hora de exigir que volvamos al juego, no solo para cuidar el planeta, sino también para garantizar un futuro de desarrollo y prosperidad para todos. De esto se trata: del país que queremos ser. ¿Entramos al partido o vamos a seguir mirando cómo otros mueven la pelota?
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