
Durante el Sínodo de la Sinodalidad en octubre pasado, el Papa Francisco sorprendió con la publicación de una nueva Carta Encíclica. En esta ocasión “sobre el amor humano y divino del corazón de Jesucristo”.
Sobre el “corazón”
Ya desde la Biblia se valora el corazón como lugar de la interioridad, de identidad espiritual y de posibilidad de encuentro con los demás.
La filosofía y la teología posteriores se encontraron con otras palabras, como alma, o mismo espíritu (que ya estaba presente en la tradición de la época de Jesús). Junto con corazón, son expresiones que designan al ser humano en su dimensión integral: lo corpóreo-espiritual para lograr la comunión fraterna y la relación con Dios y la Creación.
La reflexión sobre la espiritualidad cristiana relegó el corazón a algo meramente emocional, afectivo y, desde allí, caprichoso, no tan capaz de la vida hacia la santidad.Nuevamente, la fe del Pueblo es la que salva y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús fue quien mantuvo viva la riqueza de la palabra: así como el corazón representa la vitalidad, la totalidad de la persona, en Jesús, su Corazón representa su humanidad y su divinidad, entregado en la Cruz para la salvación.
En palabras de Francisco en la Encíclica: “Ruego que nadie se burle de las expresiones de fervor creyente del santo pueblo fiel de Dios, que en su piedad popular intenta consolar a Cristo. E invito a cada uno a preguntarse si no hay más racionalidad, más verdad y más sabiduría en ciertas manifestaciones de ese amor que busca consolar al Señor que en los fríos, distantes, calculados y mínimos actos de amor de los que somos capaces aquellos que pretendemos poseer una fe más reflexiva, cultivada y madura.” (DN 160)
Sobre el Sagrado Corazón
A modo de presentación de la Carta, Francisco comienza por un diálogo filosófico, antropológico y artístico, acercándose a la realidad del corazón y sus expresiones fuera de la religión y la teología. Luego se detiene en el corazón de Jesús en la Sagrada Escritura, en la reflexión teológica y magisterial, y en la devoción popular. Y finalmente, dedica dos capítulos a reflexionar sobre la historia del Sagrado Corazón, destacando diferentes aspectos desde la vivencia de místicos cristianos a lo largo de historia. En este último sentido, resaltan figuras como Santa Teresa del Niño Jesús o la Compañía de Jesús, y también temáticas como la mística de la fraternidad, la belleza, el sanar heridas, la vida cristiana al servicio. Destacamos aquí algunos números que dedica a Juan Pablo II, cuando hablando sobre esta devoción resaltaba su sentido social. Diversas manifestaciones espirituales cristianas, a menudo, corren el riesgo de individualizar al creyente, aislarlo en una falsa relación “Dios y yo”.
Aquí Francisco recuerda: “San Juan Pablo II explicó que, entregándonos junto al Corazón de Cristo, sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la tan deseada civilización del amor, el reino del Corazón de Cristo; esto ciertamente implica que seamos capaces de unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo; pues bien, esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador” (DN 182).
Para finalizar
A diferencia de otros textos, aquí se nota un tono de reflexión a la vez que de meditación. Es el estilo de quien ha madurado en la devoción al Sagrado Corazón, la ha “rumiado”, y es capaz de transmitir desde la sabiduría. Es casi un testamento espiritual, un pedido de recuerdo y revivificación sobre algo tan importante como el corazón del ser humano y el corazón de Jesús. Si en el magisterio de Francisco, el nombre de Dios es misericordia, en esta Carta, el fundamento es el Sagrado Corazón de Jesús entregado por nosotros, su Pueblo.
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