
Con gran espíritu sanativo, nos tratamos de olvidar rápidamente de los dos años de encierro que nos produjo la pandemia del Covid 19. Pero la Historia no perdona. Las pérdidas humanas y materiales, el cierre de fronteras, la pérdida de credibilidad en los líderes políticos y el agravamiento de las emigraciones masivas, dejaron una marca indeleble y traumática.
Sobre llovido, mojado. Inmediatamente después se desencadenó la invasión rusa a Ucrania, con su impacto en los precios de los alimentos y la energía y, cuando parecía que se estaba recuperando el equilibrio perdido, se desencadenó el conflicto en Medio Oriente.
Con este clima de zozobra y fragilidad, se produjeron las elecciones europeas de junio y las presidenciales norteamericanas en noviembre de este año.
Las “clases medias”, centrales en la cultura occidental -como realidad o como aspiración-, sienten una considerable pérdida de su nivel de vida y una desconfianza creciente en los principios liberales que se habían afirmado en la última década del siglo XX, con el fin de la Guerra Fría y la derrota del comunismo soviético.
Como si todo esto fuera poco, nuevas “amenazas” al “sueño occidental” de hegemonía cultural y progreso sostenido irrumpieron en el primer cuarto del nuevo siglo: la aparición de China, como desafiante al poder norteamericano, y el cambio climático, como grave desequilibrante del medio ambiente.
Todo estalló por los aires. Estados Unidos, la Unión Europea y Latinoamérica se enfrascaron en un debate ideológico en el que una “nueva derecha” tomó la delantera, creciendo exponencialmente.
La izquierda retrocede y el centro moderado no sabe cómo equilibrar el impulso comunicacional arrollador de quienes, invocando el nacionalismo proteccionista y xenófobo, ofrecen un “puerto seguro” a la incertidumbre económica y la “amenaza” de los extranjeros que “nos invaden”, poniendo en peligro la “seguridad de nuestras familias y el magro margen de progreso que aún disfrutamos”.
Si algo nos faltaba, Bill Gates, uno de los dos hombres más creíbles del mundo -el otro es Elon Musk-, advierte que en los próximos años cientos de millones de personas van a perder sus empleos por la irrupción de la inteligencia artificial. Hasta lo mejor del siglo XXI contribuye a desparramar ese creciente y disruptivo temor a “lo que vendrá” si no lo paramos, aquí y ahora, con una dictadura de emergencia que nos cuide y proteja.
Como otras veces en el pasado, los anticuerpos de la civilización tendrán que asomar para que los autoritarismos mesiánicos no nos arrebaten el proyecto de un futuro mejor.
Sí, podemos.
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