
El coeficiente de Gini es un número que va de 0 y 1, donde 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno).
El último dato que publicó el Indec para el segundo trimestre 2024 arrojó un índice de 0,436, se mantiene en torno de ese nivel desde hace 4 años. Es uno de los temas que suele preocupar a los políticos, porque marca, según su metodología, una apreciable desigualdad que es se toma como si fuera “palabra de Dios”.
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En el caso particular de la Argentina se podría afirmar que la distribución del ingreso entre los hogares es pésima por el fuerte intervencionismo estatal, las regulaciones, los subsidios y, sobre todo porque, desde hace décadas, la política se ha transformado en un lugar de ascenso social y económico.
Muchos políticos van cambiando de partido e ideas según lo que impera en cada momento para mantenerse en el poder y obtener suculentos ingresos, muy superiores al promedio de la economía.
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Si a esto se le agregan los ingresos que obtienen empresas con proteccionismo y diferentes privilegios, dirigentes sindicales y otros sectores, se entiende por qué en Argentina la distribución está cada vez más concentrada en sectores reducidos.
Pero no es este el tema que considero relevante, sino el uso que se le da al coeficiente de Gini que es en realidad más un coeficiente de la envidia que otra cosa. Algo así como decir: yo soy pobre porque el otro es rico. Y entonces aparecen políticos de todo el espectro de ideas con propuestas para supuestamente redistribuir el ingreso.
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La misma Iglesia Católica, con el Papa Francisco a la cabeza, ha hecho un culto de la pobreza. Y el populismo argentino se apoyó en la doctrina que inculca que “que todo el que es pobre es bueno y todo el que se esforzó, trabajó y logró progresar en la vida, es mala persona por definición”, maldad intrínseca que lo obliga a tener que ayudar a los pobres, pobres que los mismos políticos crearon para tener su fuente de clientelismo. Creen que quienes lograron progresar trabajando tuvieron “la suerte” de progresar. No fue su esfuerzo, su trabajo, sus sacrificios los que le permitió tener un buen pasar.

Dicho en otros términos, en Argentina se ha creado la cultura de que la riqueza de unos tiene como contrapartida la pobreza de los otros. Los pobres son pobres porque hay otros que no lo son. Así, el populismo construye su poder generando una gran masa de pobres a los cuales luego sale a “defender”, señalando a los que no son pobres como los responsables del doloroso cuadro social. Sobre esa base proponen “sacarle a los que más tienen para darle a los que menos tienen en nombre de la justicia social”.
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El populismo vende que la riqueza es un stock dado que hay que redistribuir entre los que menos tienen. Y si la riqueza es un flujo, también hay que quitarle buena parte porque sostiene que se debe a la suerte y nunca al trabajo y al esfuerzo.
Lo concreto es que, basada en esta exaltación de la pobreza y el desprecio por los que progresan (por cierto, es bastante difícil encontrar algún político pobre) en la Argentina imperan reglas de juego que espantan a cualquiera que quiera invertir y crear puestos de trabajo.
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El mejor plan económico
El mejor plan económico es un puesto de trabajo, no la cultura de la dádiva de la que tanto disfrutan muchos políticos repartiendo la plata de los que trabajan y los puestos en el Estado para hacer un negocio clientelar.
Ya lo ha dicho y justificado el senador Bartolomé Abdala, de la LLA, que tiene 20 empleados, la mayoría trabajando en San Luis para su campaña a gobernador de la provincia.
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Los políticos populistas se llenan la boca con la distribución del ingreso y el coeficiente de Gini. Sueñan con la igualdad del ingreso, cuando, en realidad, la distribución del ingreso es irrelevante. Lo relevante es que el que menos gana, gane lo suficiente como para no ser pobre, en vez de estar mirando cuánto ganan los que más tienen (cultura de la envidia). Por tanto, los políticos populistas deberían estar pensando cómo hacer para que los que menos ganan, obtenga lo suficiente para poder salir de la pobreza.
Si en el momento 1, el que menos gana obtiene un ingreso de 100 y el que más gana obtiene 1.000, la diferencia es de 10 veces. Supongamos que se aplican políticas liberales que atraen inversiones y el que menos gana pasa a generar un ingreso de 1.500 y el que más 30.000, surge una relación de 20 veces entre los extremos, y por tanto el coeficiente de Gini empeoró. Pese a que quien menos gana pasó a generar 50% más riqueza y pudo salir de la pobreza.
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Cada vez me convenzo más que la pobreza estructural de Argentina es función del negocio de las políticas populistas, que la ha exaltado, mientras condena la ganancia empresarial como el mal del liberalismo, pese a que con esas ideas han sumergido a millones de personas en un doloroso cuadro social.
Mientras se siga creyendo que la riqueza de unos es causa de la pobreza de otros, Argentina no tiene salida.
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