
Me resisto a aceptar la idea instalada en una parte de la sociedad, y en cada funcionario, que conduce a justificar los errores del presente con aquellos que se cometieron en el pasado.
Así, asumiendo que Cristina Fernández no pudo hacer lo mismo, los errores de Mauricio Macri se justificaron con los de Cristina Fernández, los de Alberto Fernández con los de Mauricio Macri y ahora los de Javier Milei con los de Alberto Fernandez. Desde esta visión, sus gestiones son defendidas más que por sus aciertos, por el fracaso de quien los antecedió. Lo cierto es que los sucesivos yerros de cada gobierno, sumado a esta lógica de aceptación resignada, aceleran nuestra caída.
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Los resultados son dramáticos. La economía argentina genera en la actualidad un 15% menos de riqueza por habitante que hace 12 años, el 53% de nuestros compatriotas han caído en la pobreza y el 34% de ellos sufre hambre.
Ante esta realidad incontrastable, aunque con 11 puntos menos de pobreza al momento de la última elección, la frustración y el rechazo al orden establecido alimentaron las fuerzas de la reacción que decidieron con su voto el arribo de Javier Milei al gobierno.
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Lo hizo sin estructuras, equipo y programas, por la novel coalición electoral La Libertad Avanza que, como señaló Pablo Semán, meses antes era considerado por buena parte de los observadores “poco más que una curiosidad evanescente”.
¿Descontento o aciertos?
Ahora bien, esta reacción de descontento que barrió las estructuras políticas vigentes, ¿puso en crisis también la idea de justificar los errores del presente con aquellos que se cometieron en el pasado? Sin los fanáticos, ¿podemos decir que quienes apoyan mayoritariamente a este gobierno lo hacen por los aciertos que observan en sus políticas? O, como antes fue la herencia de Cristina y luego la de Macri, ahora ¿es la de Alberto?
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Deberíamos prepararnos entonces para acentuar la caída y disculpar al próximo gobierno por los errores de Milei.
La manera de no resignarnos a este derrotero posible y discontinuar el camino de la decadencia no consiste en mirar atrás, sino acompañar a quienes con sensatez -contrariando al espíritu de confrontación que inspira la grieta- consideran que el debate es el instrumento idóneo para construir gobernabilidad y sentar las bases para un futuro mejor. Un debate profundo y sin descalificaciones centrado en los desafíos que desde siempre enfrentaron la política y los hombres de Estado.
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No desconozco que esta salida puede parecer contraria a los vientos de la “modernidad líquida” y cuando la política ha sido impregnada por el espectáculo y las redes sociales. No veo otra.
Naturalmente mi opinión es que las ideas libertarias no son las indicadas para enfrentar tamaño desafío, pero reivindico el debate democrático, y por lo tanto comprendo y acepto la controversia. Nunca el insulto
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