
A primera vista, puede parecer extraño. ¿Un líder religioso hablando de tecnología? ¿Advirtiendo a la comunidad y a los políticos sobre los peligros de la inteligencia artificial? Ahora bien, nosotros, los argentinos, sabemos desde hace tiempo que Jorge Bergoglio es un hombre adelantado a su época y un intelectual de primer nivel.
Hoy, con 87 años, el Papa argentino, más allá de las discusiones que se originan en nuestro país por su posición pastoral que escapan a nuestra comprensión, se ha convertido en una voz destacada en el debate mundial sobre la inteligencia artificial. En efecto, el tema aparece a menudo en sus intervenciones y ha sido la razón de su sorprendente participación en el último encuentro del G7 en Italia.
¿Qué vínculo existe entonces entre el mandato de Francisco y esta tecnología? ¿Por qué tanto interés, casi siempre con la valiosa ayuda del padre franciscano Paolo Benanti? La respuesta es sencilla: la defensa de la humanidad.
Después de todo, este es el Papa que firmó una encíclica sobre el cambio climático. No solo en nombre de la conservación del planeta, nuestro “hogar común”, sino con la profunda conciencia de que el calentamiento global actúa como un desestabilizador social.
Lo mismo se aplica a la inteligencia artificial. Una de las preocupaciones de Francisco es el riesgo de caer en una “dictadura tecnológica”, en una rutina de “vigilancia masiva” que limite las libertades y el potencial del ser humano.
Otro aspecto al que ha intentado llamar la atención es el hecho de que esta tecnología emergente agrave aún más las desigualdades, en un mundo donde un tercio de la población sigue sin acceso a internet.
Francisco también presenta a la inteligencia artificial como un posible acelerador de conflictos y, en tal sentido, un riesgo para la seguridad internacional. La desinformación, la integridad electoral y los propios “deep fakes”, de los cuales él mismo ya ha sido víctima, constituyen nuevas amenazas a la paz que deben ser consideradas por el concierto de las naciones.
Por supuesto que en la perspectiva del Papa hay igualmente en este debate un componente filosófico estructural: mantener el poder de decisión con la especie humana. En sus propias sabias palabras: “La capacidad humana para el juicio moral y la toma de decisiones éticas es más que una compleja colección de algoritmos, y esa capacidad no puede reducirse a programar una máquina, que, por ‘inteligente’ que sea, sigue siendo una máquina.”
Al mismo tiempo que señala los riesgos, Francisco también reconoce el inmenso potencial de la inteligencia artificial. Para que los beneficios contrarresten los aspectos negativos, el Papa parece proponer un plan en tres pasos.
El primero, a corto plazo y con una base voluntaria, sería la definición de principios éticos para el desarrollo y uso de esta tecnología. En este ámbito, el Papa tiene su propia iniciativa, la “Rome Call for AI Ethics”, que ya ha sido respaldada por empresas como Microsoft e IBM.
El segundo paso, a mediano plazo y con carácter vinculante, sería la elaboración de normas internacionales, incluyendo un tratado dentro de la ONU sobre el tema. De hecho, excluyendo la reciente legislación europea sobre inteligencia artificial, esta tecnología habita en una tierra sin ley.
Por último, y este sería el hecho más importante e impactante, es el reconocimiento de la inteligencia artificial como un bien común, es decir, un recurso que debe ser gestionado y protegido para el beneficio de toda la humanidad, garantizando que su desarrollo y aplicación se alineen con el interés general y el bienestar global.
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