
La reciente visita de legisladores nacionales a ex miembros de las Fuerzas Armadas (FFAA) detenidos en los establecimientos penitenciarios de Ezeiza y Campo de Mayo ha dado lugar a varias interpretaciones caracterizadas por la desinformación y la ideología. Como católico, estoy convencido de que visitar a quienes están privados de su libertad y cumpliendo durísimas penas es un acto de caridad explícita en nuestros Evangelios (Mateo 25: 31-36).
Declaraciones posteriores de los diputados y algunos políticos evidenciaron el desconocimiento que poseen sobre el concepto de ciertos términos militares: guerra, combatiente, cumplimiento de órdenes y aniquilar al enemigo. No obviaron calificar a los detenidos como patriotas y presos políticos. ¿Incluyen en esos conceptos también a los altos mandos de las FFAA que concibieron y ordenaron el terrorismo de Estado? Aprecio que el objetivo de la visita fue reivindicar los lamentables desencuentros de los años 70 del siglo XX, en los que organizaciones armadas terroristas y sectores de las FFAA evidenciaron signos patológicos y una desvalorización moral antropológica por la frialdad con la que justificaron horrendos crímenes. Pero una cosa es el accionar de bandas criminales y otra es que el Estado se convierta en criminal, como sucedió en nuestro país. Invocando preceptos cristianos, se recurrió a violaciones sexuales, saqueos de instalaciones, robo de propiedades, robo de bebés, secuestros, asesinatos indiscriminados (incluso de propios funcionarios del Gobierno), arrojar vivos o muertos personas al mar desde aviones, torturas y desaparición forzada de miles y miles de prisioneros. Olvidaron que matar en nombre de Dios es una blasfemia. En 2010, el cardenal Jorge Bergoglio calificó ese período como “una de las lacras más grandes que pesan sobre nuestra historia” (Sobre el cielo y la tierra, pág. 183).
Por su parte, monseñor Carmelo Giaquinta, obispo de Resistencia, dijo que “la represión ilegal durante la dictadura fue posible por la indiferencia y la falta de discernimiento de la sociedad; y comparó incluso esta situación con la actitud del pueblo alemán durante el régimen nazi, que llevó a cabo el Holocausto” (Rubín, Sergio, Clarín, 17 de junio 2005). Suele entenderse como sociedad la convivencia perdurable de seres humanos que procuran un determinado bien común o, como decía más precisamente el filósofo belga Jacques Leclercq, “una unión durable con vistas a un fin común”. En esa convivencia, el actor es un animal social, o según Aristóteles un zoon politikon (animal político), y aprecio que por lo tanto el elemento constitutivo básico del ser humano en su condición de ser moral es- como decía Kant- el respeto. Durante décadas, para explicar nuestro entramado histórico, lo ideológico marginó la experiencia y a la sociedad misma, y muchas veces se transformó la historia para justificar la ideología. Es lamentable aceptar que como argentinos llevamos el odio no solamente en el nombre, sino entretejido en el ambiente de nuestras vidas; pero recurriendo a Shakespeare, me remito a la respuesta de Horacio a Hamlet: “lo he escuchado, y lo creo en parte”.

Quizás algunos legisladores-y otros con responsabilidades políticas- no recuerden un concepto de la escritora francesa Sandrine Lefranc: “Los más grandes criminales son hombres de Estado. Pueden llegar a serlo en las situaciones de guerra pero también, y con mayor seguridad, cuando reprimen en sus propios países, a ciudadanos escogidos por sus elecciones políticas, por sus pertenencias culturales, sus creencias religiosas, sus modos de vida, o por motivos económicos (…) La calificación de crímenes se aplica cuando la violencia estatal asume la forma de una represión organizada por un régimen autoritario ( y a veces democrático), de una lógica genocida”(Políticas del perdón, pág. 13).
Me permito recordar la Resolución 37/00 del 13 de abril de 2000 (párrafo 148) de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que declaró: ”El derecho que tienen toda persona y la sociedad a conocer la verdad íntegra, completa y pública sobre los hechos ocurridos, sus circunstancias específicas y quienes participaron en ellos; forma parte del derecho a reparación por violaciones de los derechos humanos en su modalidad de satisfacción y garantías de no repetición”. Su acatamiento contribuiría alcanzar una palabra ausente en todo lo relacionado con la visita de los señores diputados a las cárceles de Ezeiza y de Campo de Mayo: RECONCILIACIÓN.
La reconciliación es difícil en nuestra sociedad, con sectores consolidados a su propia verdad, polarizados sobre el pasado y que nunca hicieron una mínima crítica sobre sus responsabilidades. El Ejército la hizo el 25 de abril de 1995. El mensaje institucional, entre otros conceptos, decía: “… El difícil y dramático mensaje busca iniciar sobre el pasado un diálogo doloroso que nunca fue sostenido y que se agita como un fantasma sobre la conciencia colectiva, y que regresa recurrentemente desde las sombras donde ocasionalmente se esconde (…) Nuestro país vivió en los ´70 una década signada por la violencia, por el mesianismo y por la ideología. Una violencia que se inició con un terrorismo que no se detuvo siquiera en la democracia que vivimos entre 1973 y 1976, y que desató una represión que hoy estremece”. Es probable que sectores políticos la desconozcan. Desde 1995 solo dos ministros de Defensa se refirieron públicamente al mensaje en forma positiva. Comparto lo expresado por el periodista Eduardo van der Kooy: “… la autocrítica del Ejército sobre la represión ilegal y sus consecuencias se perdió en la inmensidad de los cuarteles” (Clarín, 28 marzo 2004).
RECONCILIACIÓN es una palabra que hoy como ayer expresa el anhelo más profundo de todos los argentinos. Es un proceso a través del cual una sociedad se mueve de un pasado de división a un futuro compartido.
* Ex Jefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas. Ex Embajador en Colombia y Costa Rica
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