
Antes que nada, perdón por la autorreferencia. En 2007 Planeta publicó un libro de mi autoría llamado “El medio ambiente no le importa a nadie”. La tesis era que las cuestiones ambientales habían adquirido la condición de “ruido”, lo que las había convertido en -apenas- un discurso políticamente correcto destinado a responder en el plano retórico a las demandas sociales de la época. Basta ver que tanto a escala global como local todos los indicadores ambientales aparecen empeorados para constatar que el medio ambiente no importa (en el sentido de adoptar decisiones para modificar las causas de ese deterioro ecológico) a aquellos que detentan poder.
En consonancia, la efeméride del 5 de junio, el Día Mundial del Medio Ambiente, se convirtió a lo largo del tiempo en un significante vacío.
Llamativamente, este gobierno auspició que ese vacío retomara vigor y se cristalizara en forma de política de Estado, y que la percepción de que el medio ambiente no le importa a nadie adquiriera aún más relevancia y se transparentara como un dato certero.
En medio año de gestión se logró:
- Degradar un Ministerio de Ambiente a rango de Subsecretaría, renunciando explícitamente a toda intención de diseño y aplicación desde el Estado de una política ambiental con incidencia real.
- Asegurar que la permanencia de una “dependencia” que se ocupa del Ambiente tenga una clara finalidad, según la confesión del Secretario de Turismo, Ambiente y Deportes, Daniel Scioli: “Queremos ser una máquina de facilitar procesos productivos”. Como el área de Ambiente debe, por ley, aprobar por ejemplo estudios de impacto ambiental y otras cuestiones molestas para la inversión extractivista, la repartición ambiental argentina se postula para facilitar los trámites, pero no para controlar, monitorear o garantizar la performance ecológicamente adecuada de esos proyectos.
- Abandonar, como consecuencia de esa degradación institucional, recursos, competencias y proyectos. Un ejemplo contundente lo constituye la decisión de no utilizar el préstamo del BID para erradicación de basurales a cielo abierto y dejar inconclusos los proyectos existentes. Así se destruye cualquier intento por instaurar una política de Estado, caracterizada por la continuidad de los procesos.
- Determinar que para el Estado argentino (así lo informó oficialmente Daniel Scioli y su subsecretaria Ana Lamas) no existe el cambio climático sino simplemente “alteraciones climáticas”. No solo se osa desautorizar y desmentir así a todo el sistema científico mundial, sino que se plantan los fundamentos para no llevar a cabo ninguna política pública de adaptación a las consecuencias -comprobadas- del cambio climático -también comprobado. Por eso, el temporal de Bahía Blanca o las inundaciones del Litoral conducen a un único postulado desde el gobierno nacional: son inclemencias frente a las que cada uno tiene que arreglarse como pueda.
- Imponer a partir de las modificaciones normativas (el célebre DNU y el proyecto de Ley Bases) la noción de que las regulaciones ambientales son un escollo para la inversión y no una adecuación a las exigencias de la época. La Ley de Bosques, la Ley de Glaciares y la Ley de Tierras deben ser diluidas o eliminadas, pues son concebidas como formas de bloqueo a la libre llegada de las dichosas inversiones -que demandan no tener condicionamiento alguno-. Insólitamente, se cuestiona la certeza de que, en caso de no existir regulación alguna, los recursos naturales de la Argentina enfrentan el destino de la desaparición lisa y llana, con el perjuicio ambiental, social y económico futuro que también eso supone. Se impone en cambio la idea de que los recursos naturales no son más que la ofrenda para la constitución de un enclave local para la operación de intereses trasnacionales.
¿Cómo llegamos a que la visión y la práctica anti-ambiental sea la mirada vigente? Muy probablemente, entre otros factores, por la falta de resultados positivos, a lo largo de muchos años, en la resolución de los problemas ambientales más acuciantes: miles de basurales a cielo abierto; ríos, lagos y mares contaminados por doquier; bosques nativos arrasados; tierras degradadas y plaguicidas esparcidos por un modelo de monocultivo, y decenas de etcéteras, son el paisaje ecológico de la Argentina.
Para eso debiera servir este marchito día: para reflexionar por qué no hemos podido revertir la percepción (o la certeza) de que el medio ambiente no le importa a nadie. Y conseguir que importe. Y nos importe.
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