
Algunos fundamentalistas, con el fanatismo inherente a la soberbia de los ignorantes -más grave en esos que Alberdi calificaba como la barbarie diplomada-, prefieren la descalificación, el grito desaforado, el agravio, en vez del debate, el diálogo y, por qué no, la polémica, que permite confrontar pareceres y ver que en nuestras creencias puede haber aportes nuevos o encontrar fisuras en nuestro esquema de ideas.
Los dicterios y agravios no tienen como destinatarios solamente a contemporáneos que piensan diferente sino también a figuras notables del pasado, políticos e intelectuales, nacionales o del exterior.
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Uno de ellos es Lord Keynes, que sería la contrafigura de Von Hayek, según miradas superficiales. Es cierto que tuvieron muchas diferencias, sobre todo, en la década del treinta y las consecuencias de la crisis desatada en 1929 con la caída de la bolsa de Nueva York. Keynes dirigía el grupo de Cambridge, en el que participaban Pietro Scraffa, Joan y Austin Robinson y Richard Khan (quien creara el modelo del multiplicador de Empleo).
Friedrich Hayek, por su parte, al llegar a Inglaterra, se incorpora a la London School Of Economics encabezada por Lionel Robbins.
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Von Hayek, socialista de joven, pero, convertido en liberal por Ludwig Von Mises, cuando llega a las Islas Británicas da su opinión sobre Keynes: “Especialmente para mi generación – él era 16 años mayor que yo – fue un héroe mucho antes de lograr verdadera fama como teórico de economía. ¿No era el hombre que había tenido el coraje de pronunciarse en contra de las cláusulas económicas de los tratados de paz de 1919? Admirábamos sus libros brillantemente escritos por su franqueza e independencia de pensamiento… era por dote y temperamento más un artista y un político que un erudito…Aunque dotado de poderes mentales supremos, su pensamiento estaba tan influido por factores estéticos e intuitivos como por otros puramente racionales. Aprendía con facilidad y poseía una memoria notable… Podría haber sido recordado como un gran hombre por todos aquellos que lo conocieron aun cuando jamás hubiera escrito sobre economía política”.
Se refería Hayek al libro de Keynes “Las Consecuencias Económicas de la Paz”, en el que el economista inglés, integrante de la delegación de su país, critica duramente las condiciones y reparaciones impuestas al Estado alemán, define al Tratado de Versalles como una paz cartaginesa y vaticina que sus cláusulas contra Alemania traerían consecuencias para la paz mundial y afectarían la reconstrucción de la economía europea.
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Las diferencias entre Keynes y Hayek se evidencian en la crítica que el austríaco le hace al libro del inglés “Tratado Sobre el Dinero de 1932″. La réplica está cargo del italiano Pietro Scraffa, emigrado antifascista y neo ricardiano con una crítica al libro de Hayek “Precios y Producción”.
Hayek no polemiza al aparecer en 1936 la obra más conocida de Keynes, “Teoría General de la Ocupación, El Interés y el Dinero”. En esos años, a diferencia de Keynes, reconoce no tener propuestas para encarar la solución de la crisis mundial. Incluso a partir de 1938 revisa algunas de sus críticas al New Deal de Roosevelt y elogia las medidas de aquel presidente contra la concentración económica.
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En 1941 es invitado por Keynes, al tener contratiempos en la London School, al King College de Cambridge. La conversación entre ambos era muy frecuente, se reunían los sábados y compartían muchas noches en las terrazas del lugar, colaborando en la vigilancia contra los ataques aéreos alemanes.
Cuando Hayek publica su obra cumbre, “Camino de Servidumbre”, le escribe Lord Keynes: “Moral y filosóficamente, estoy de acuerdo con prácticamente la totalidad del libro; no solo me convence sino que me emociona profundamente”. No deben llamar la atención estas palabras del intelectual inglés que en esos años también decía que cada vez creía más en “la mano invisible del mercado” y consideraba al Capital de Marx y Engels “un insulto a nuestra inteligencia”.
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En el último año de la Segunda Guerra Mundial, Keynes pasa largas temporadas en los Estados Unidos como delegado del Reino Unido para la organización de la economía de la posguerra, que, culminará con la creación del FMI y el Banco Mundial, instrumentos ideados para evitar crisis en el comercio mundial como la de 1930, asuntos que discutirá con el representante de los Estados Unidos, Harry Dexter White.

También viaja a los Estados Unidos Von Hayek; los grupos conservadores lo convocan en busca de argumentos para oponerse a estos proyectos. Sin embargo, quedan decepcionados. En una comida con senadores republicanos les dice: “Caballeros, si hubieran entendido lo más mínimo mi filosofía, sabrían que lo único que defiendo por encima de todo es el libre comercio”. Y agregó que, si bien algunos detalles de los acuerdos de Bretton Woods no le gustaban, la alternativa “era demasiado sombría para contemplarla”. Se fue al poco tiempo de los Estados Unidos. A Hayek no le gustaba el sistema estadounidense, en especial “la ausencia de un sistema de pensiones y sanitario público”. Es evidente que algunos, que pretenden ser los exégetas de Hayek, han leído parte de su bibliografía o la ocultan como sucede también con Adam Smith; algo que hace poco señaló el diputado Miguel Ángel Pichetto.
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Por otra parte, hay que puntualizar que ni Von Mises ni Hayek tuvieron responsabilidades de gobierno a diferencia de liberales exitosos y curiosamente poco citados en los últimos años. Uno de ellos es Jacques Rueff, autor de un libro extraordinario sobre el valor de la moneda “El Pecado Monetario de Occidente” y que presidió el Comité de Asesores económicos que colaboró con el general Charles De Gaulle, cuando éste promovió la Va República en la reorganización de la economía francesa terminando con la inflación y la creación del nuevo franco. El otro personaje exitoso fue Ludwig Erhard, el ministro de Economía de Konrad Adenauer que, aplicando la economía social de mercado, logró el denominado milagro económico alemán sobre las ruinas que dejó el nazismo en ese país.

En 1945, Keynes propuso a Hayek, en lugar de su discípulo Joan Robinson, para ocupar un sitial en la Academia Británica. Von Hayek le escribe a la viuda de Keynes en su carta de pésame el 21 de abril de 1946 que su marido era “el único gran hombre que he llegado a conocer por el que siento una admiración sin límites”.
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Las personas inteligentes y cultas se respetan en las coincidencias y en las diferencias admitiendo que tal vez el otro tenga algo de razón o que de todos, incluso de los que no están cercanos en las ideas, se puede aprender algo.
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