
La lista de Forbes que destaca a las personas más ricas del mundo ofrece una visión dual del empresariado argentino. Durante el siglo XX y el siglo XXI los más ricos del país tenían una cosa en común: buena parte de sus negocios como proveedores del Estado o con licencias o concesiones del mismo.
Al mismo tiempo, la percepción general de la población es que el Estado es corrupto, ineficiente y da beneficios y privilegios a sus integrantes y amigos. No debería sorprender, entonces, que los argentinos desconfiemos de los empresarios, aun cuando sea una injusta generalización.
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Volviendo a la lista de Forbes, tiene una particularidad: entre los seis argentinos incluídos en la nómina, solo Marcos Galperin construyó su fortuna sin ser proveedor o licenciatario del Estado. Hizo un camino distinto a los otros cinco con MercadoLibre, liderando la revolución del comercio electrónico en Latinoamérica.
Paradójicamente este camino fue el único de los seis que incluyó al Estado como competidor directo, con el recientemente cerrado CorreoCompras, subrayando la dificultad de replicar la innovación y eficiencia del sector privado desde el ámbito gubernamental.
El CEO de MercadoLibre, en una conferencia ante empresarios, expuso una visión que resuena con especial urgencia en el presente: “Tenemos que buscar el largo plazo, estamos siempre apagando incendios. La situación política, económica y social es muy compleja. Obliga a encontrar soluciones a problemas realmente graves, que nuestros vecinos de la región ya solucionaron”. Aunque estas palabras parecen pronunciadas ayer, es irónico que sean de 2019. Muestran nuestra crónica falta de visión a largo plazo.
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Sobre la crítica situación de la pobreza y el desempleo, agregó: “Tenemos que generar empleo, no hay manera de que con 6 millones de trabajadores formales se pueda generar los recursos para dar planes y demás a 15 millones de pobres. Hay que generarles empleo”. Otro comentario que retumba con una relevancia atemporal, destacando una problemática persistente y la necesidad urgente de soluciones concretas.
La necesidad de Argentina de promover un entorno empresarial más amigable con la innovación se hace evidente cuando consideramos el potencial desperdiciado en enfrentamientos innecesarios entre el sector privado y el público. El ejemplo de Galperín ilustra la urgencia de repensar la relación entre el Estado y los emprendedores, priorizando la la facilitación sobre la obstrucción. Y no tratando de competir, claro.
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Para que surjan más historias de éxito es imprescindible que Argentina abrace a largo plazo políticas que reduzcan la burocracia, mejoren el acceso a financiamiento, aseguren un marco regulatorio estable y fomenten una cultura de innovación.
La presencia de estos empresarios en la lista de Forbes debe servirnos de inspiración y reflexión. Argentina es un país lleno de oportunidades, no solo gracias a los recursos naturales sino sobre todo a su gente, el nivel educativo, la capacidad de acción y, por qué no, su resiliencia frente a las crisis.
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Las reformas como el decreto 70 y otras desregulaciones que esperamos con ansias, y la aún más esperada baja de impuestos, presenta un escenario de negocios sin precedentes. Se abre la puerta a una nueva era, una donde la agilidad, la innovación y el valor agregado son los pilares de una economía revitalizada. El país está preparado para capturar la oportunidad de implementar avances tecnológicos que incrementan exponencialmente la demanda de trabajadores calificados.
Este cambio de paradigma, lejos de la dependencia histórica de los contratos estatales, nos invita a todos, no solo a los empresarios actuales sino a las futuras generaciones, a estar listos para aprovechar al máximo estas oportunidades. La clave está en pensar en el largo plazo y actuar en el corto.
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“Pero en Argentina nadie puede pensar en el largo plazo”, me dicen siempre. En el país de los cortoplacistas quien mira al largo plazo es rey.
No podemos permitirnos perder este momento crítico. El dinamismo potencial del sector privado deben inspirarnos a dejar atrás las prácticas del pasado y abrazar un futuro donde la innovación y el emprendimiento sean la norma, no la excepción. Solo así, Argentina podrá asegurar su lugar en el escenario económico global como líder y no como mero espectador y, al mismo tiempo, resolver los problemas de pobreza que vienen empeorando hace décadas.
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