
La conducta del Presidente es contradictoria y su agresividad manifiesta. En sus insultos no mide a quién los dirige ni sus consecuencias, ello nos expone a un hombre que en determinados momentos y circunstancias puede resultar impredecible, más cuando se trata de la figura del Presidente de la República, porque potencia extremadamente su gravedad, pese a su incuestionable inteligencia.
Su testarudez potencia esa personalidad, si observamos que sus discursos son siempre una constante: ataque a la “casta política” que muchos entendemos y compartimos, pero que según su conveniencia no tiene empacho en incorporar a su gobierno. Por otra parte, no busca
Amigos, solo enemigos. Esto con su debilidad en el Congreso lo hace aún más vulnerable. Para él la palabra consenso es sinónimo de contubernio y no es así, en la vida tiene un significado más noble y honorable.
En cuanto a su visión de la economía y su anarcocapitalismo para muchos es una contradicción filosófica y conceptual, cuyo debate debería darse en otro ámbito y no como pretende hacerlo con el común de la gente que no entiende sus explicaciones y que no tiene por qué entender conceptos que, por otra parte, en algunos aspectos son rebatibles.
Lo que genera suma preocupación es que el ministro de Economía, Luis Caputo, tiene un plan que si bien es compartido por la mayoría, no contempla la reacción ante semejante ajuste de los sectores más necesitado, incluyendo gran parte los de ingresos medio, porque el resultado de su plan recién comenzará a vislumbrarse en el último semestre del año.
Esta situación se evidencia en el último Informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) que estimó que a enero la pobreza alcanzó a 57,4% de la población (27 millones de personas) y la indigencia al 15% (7 millones de habitantes), con mayor gravedad en norte del país.
Humor social
La pregunta que vale hacerse es ¿Cómo se contendrá el humor social, ante tamaño apriete?
El problema que más comienza a preocupar es que el ajuste crece a toda marcha, mientras que las reformas estructurales lo hacen parcialmente y con lentitud, porque semejante desequilibrio puede ser fatal en un escenario de crisis como el que se arrastra y transita.

La política de confrontación en la que están por un lado los buenos y decentes, y por el otro solo los corruptos, constituye una visión maniquea de la realidad, que indubitablemente lleva al error, y, peor aún, a la confrontación precisamente en el momento en que la solución debiera pasar por el debate, el acuerdo buscando la unidad de criterios para conjuntamente ejecutar exitosamente la reconstrucción tan buscada y ambicionada, solo mediante esto se logrará la unidad y así superar esta dramática encrucijada en que la indolencia y aceptación de la corrupción generó.
Como siempre en la vida se debe acudir a la experiencia para superar situaciones de crisis, por ello bien vale en este momento acudir una vez más a la historia, la memoria de los pueblos, la cual recuerda que en 1852 caía Juan Manuel de Rosas, un dictador indubitable, en muchos aspectos trágico y responsable de la confrontación y división entre federales, los propios, y unitarios, sus opositores y enemigos, quienes debían morir, su lema era “Federación o Muerte)”.
Su sucesor, Justo José de Urquiza, un caudillo ilustrado que impulsa la organización nacional definitiva como Nación, dotándola de una Constitución liberal, federal y democrática que rige hoy en día.
Ejemplos no faltan de cómo lograr el éxito, el más reciente como Europa renació de las destrucción y las cenizas después de la Segunda Guerra Mundial y de que forma el Mercado Común Europeo, hoy Unión Europea, fue el medio que asoció a enemigos y es el fundamento que la hizo nuevamente rica y poderosa.
La solución a la crisis que afecta a la Argentina no es tan difícil, ni tan distante, solo se requiere de sentido común, buena voluntad, buena fe y respeto mutuo. Entonces, por analogía, hay que aceptar y prestar atención una vez más a la reflexión y recomendación del filósofo español José Ortega y Gasset, cuando en 1939 en Buenos Aires decía: “Argentinos a las cosas”.
El autor es presidente del Iader (Instituto Argentino para el Desarrollo de las Economías Regionales
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