
El analfabetismo, a veces, parece ser la mejor opción. No me refiero, obviamente, al analfabetismo real, que representa una carga terrible, sino que me refiero a nuestra preferencia por evitar “una lectura” de la realidad social y cultural que nos rodea.
El mensaje del Papa para el Año Nuevo, Inteligencia artificial y paz, identifica los retos que las nuevas tecnologías plantean a la construcción de un mundo más justo y fraterno. No es una lectura fácil, aunque tampoco debería serlo.
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Francisco considera la inteligencia artificial como un “signo de los tiempos”, una característica distintiva de la época actual, en constante cambio y que pronostica mayores transformaciones del futuro.
La expresión “signo de los tiempos” indica una nueva realidad humana que emerge de lo que se está produciendo a nuestro alrededor, algo más o menos prometedor, más o menos amenazador, y que debemos interpretar a la luz de nuestra fe (creamos en lo que creamos). De ello, pueden derivarse distintos juicios: unos positivos, otros negativos y algunos, en este caso, mixtos.
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Como signo de los tiempos, la inteligencia artificial, no menos que otras expresiones del ingenio humano, exige un detenido análisis para asegurarnos de que realmente sirva al bien común, de que proteja la dignidad inalienable de la persona humana y de que promueva los derechos fundamentales. Éstas son las lentes que necesitamos para “hacer una lectura” de la realidad en la que vivimos y que determinamos y nos determina.

Las inteligencias artificiales ya ejercen una enorme influencia y lo harán cada vez más. No podemos prever, y apenas podemos imaginar, sus nuevas aplicaciones y las repercusiones que tendrán en nuestra vida personal y social, en nuestras políticas y nuestras economías, en nuestra cultura y en el medio ambiente. Puesto que no sabemos adónde llevará la IA a la familia humana, todos debemos estar mejor informados, hablar sin reservas y asumir responsabilidades. En pocas palabras, el analfabetismo no es una opción.
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El Papa Francisco no es un ludita. Valora positivamente la contribución del progreso científico y tecnológico a la humanidad. Estos logros han demostrado ser valiosos al servicio de las personas, su dignidad y sus derechos.
Al mismo tiempo, no debemos comparar el progreso tecnocientífico con una herramienta neutra. Al igual que un martillo, una herramienta contribuye al bien o al mal dependiendo de las intenciones, no del fabricante del martillo, sino de quien lo utiliza. Por otra parte, las tecnologías digitales basadas en la IA incorporan los valores individuales y sociales de sus creadores; posteriormente, reflejan y conforman los valores de sus usuarios.
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El Papa Francisco denuncia el “paradigma tecnocrático”, un uso sin escrúpulos de la tecnología impulsado exclusivamente por el afán de lucro y por intereses creados. Si este paradigma es la única norma que rige la IA, acabará causando indignantes daños colaterales: desigualdades, injusticias, tensiones, agitaciones. Por eso, como dice el Papa en su mensaje, la inteligencia artificial plantea desafíos que “no son sólo técnicos, sino también antropológicos, educativos, sociales y políticos”.
Lo que más debemos temer son las inteligencias artificiales con fines bélicos. Además de ser cada vez más sofisticadas y destructivas, eliminan la responsabilidad humana del escenario de la batalla. En última instancia, puede ser un algoritmo, y no una persona, quien apriete el gatillo o lance la bomba.
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La inteligencia artificial también puede representar una amenaza para la justicia social. En el mundo laboral, por ejemplo, las “máquinas del conocimiento” y la robótica están acabando con un número cada vez mayor de puestos de trabajo, provocando un aumento importante de la pobreza y los desplazamientos.

En cuanto a la información, existen nuevas formas de distorsionar, intencionalmente, tanto las palabras como las imágenes para desinformar y manipular; estos enfoques, ponen en serio peligro el orden civil y el gobierno democrático.
La educación, subraya Francisco, es fundamental. Debemos asegurarnos de que quienes diseñan los algoritmos y las tecnologías digitales sean más responsables, y debemos formar a todos, especialmente a los jóvenes, para que utilicen las nuevas tecnologías a conciencia y piensen de forma crítica sobre sus repercusiones, especialmente para los pobres y el medio ambiente.
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La supervisión y regulación de las nuevas tecnologías son necesarias en todas sus fases, desde su concepción hasta su comercialización y uso real.
Para gobernar, de forma responsable, el desarrollo y el uso de la inteligencia artificial se necesitan regulaciones eficaces en cada país, así como acuerdos multilaterales y tratados vinculantes. Tal y como afirma el Papa Francisco, con respecto a la crisis climática, “se requiere un marco diferente de cooperación efectiva (...) para consolidar el respeto a los derechos humanos más elementales, a los derechos sociales y al cuidado de la casa común”.
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El Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2024 insta, no sólo a los destinatarios habituales, jefes de Estado, autoridades políticas, líderes de la sociedad civil, a ejercer su corresponsabilidad en este momento de la historia, sino también a todos los demás.
Así pues, no debemos dejar esta cuestión en manos de los dueños y creadores de la IA. Todos somos responsables de llevar a cabo una atenta “lectura” y de elegir bien, si queremos dejar un mundo mejor y más pacífico. De los resultados destructivos y las repercusiones desfavorables, sólo podemos culparnos a nosotros mismos; el “analfabetismo” no es excusa.
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Empecemos el año informándonos con valentía e interrogándonos profundamente sobre esto, es quizá la apuesta más arriesgada de nuestro futuro.
* El autor es Prefecto del Dicasterio Vaticano para el Servicio del Desarrollo Humano Integral
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