
Matar fríamente a civiles desarmados, mujeres y niños incluidos, no puede interpretarse como un mero acto de ocupación territorial y secuestro de cautivos: se trata esencialmente de un acto de provocación. Porque cuál aparece como el objetivo de esta atrocidad? Romper o al menos demorar el entendimiento entre Arabia Saudita e Israel, con toda una cascada de consecuencias.
Occidente viene ganando en la zona, con el creciente entendimiento entre enemigos de siempre y hasta el establecimiento de relaciones diplomáticas de Israel con varios de sus vecinos, como Jordania y Egipto, pronto tal vez Arabia Saudita, aumentando el aislamiento cerril del chiismo iraní. Puede criticarse a la política de Israel en la zona, pero Hamas no lucha por la paz: necesita del conflicto para justificar su existencia.
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En la zona hay dos grandes poderes: Irán 90% chiita y Saudiarabia inversamente sunita, que compiten ancestralmente. Esta última comenzó como acérrimo enemigo israelí y hoy está a un paso de las relaciones diplomáticas. Ahora, una reacción muy legítima pero destemplada de Israel permitiría otorgar seguridad a sus ciudadanos y su territorio, pero muy probablemente acarrearía muertos civiles palestinos que seguramente enfriarían ese proceso. Y resulta prácticamente imposible distinguir a tirios y troyanos desde que en Palestina conviven apretadamente personas de ambas etnias y creencias religiosas
De hecho, hace años se estableció esa convivencia con la esperanza de que se convirtiera en el melting pot de ese proyecto de convivencia pacífica. Pero desde que en 2006 partidarios de Hamas desplazaron a Fatah en elecciones libres, facciones violentas ganaron el control del gobierno de esa zona, ese proceso integrador puede terminar invirtiéndose, facilitando una penetración terrorista casi imposible de discernir en un territorio minúsculo y superpoblado. Desde allí crece la metástasis.
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Las atrocidades cometidas por el terrorismo dispararán seguramente las pulsiones de la retaliación. Sin embargo, la prioridad tanto para Israel como para Occidente no se centra únicamente en garantizar la seguridad del territorio y los ciudadanos de Israel, sino en ganar esta guerra en el escenario mundial, acumulando brumadoramente la condena de los demás países del mundo. Mundo que al correr de las horas tiende a desenmascararse, poniendo en evidencia a quienes se presentan como asépticos testigos que no se pronuncian: Moscú y Beijing se limitan a lamentar el conflicto sin mencionar el ataque terrorista, y por supuesto se ratifican en contra de la violencia , pero no señalan a quienes están usando esa violencia. Bajan línea internacional que a países como el nuestro les llega de la mano de Cristina Kirchner y la jurásica izquierda trotskista de Bregman: se trata -para esa facción- de una justificada reacción del oprimido pueblo palestino, víctima de EEUU y el malvado sistema capitalista, que estaría siendo aplicado ahora por Netanyahu pero antes por Golda Meir, Peres, Rabin, Begin, Shamir, Barak, Sharón, Olmert, en fin, elija el que quiera, el argumento va a ser siempre el mismo.

Es bueno recordar que, hasta la sorprendente y acertada voltereta de Alberto Fernández condenando el ataque terrorista, ésa fue precisamente la posición oficial argentina durante todos los gobiernos del kirchnerismo, hasta no hace más de cuarenta y ocho horas. Condenando a la violencia de manera genérica, como si no reconociera responsables humanos, un hecho de la naturaleza, como un tsunami o un terremoto.
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Hay una manera muy simple de diferenciar a unos y otros: aquellos que consideran que hubo un ataque terrorista contra un Estado como el de Israel, miembro de la ONU y con relaciones diplomáticas con Argentina... y aquellos que hablan de “una guerra” entre dos partes, como si una banda terrorista como Hamas y un Estado mundialmente reconocido como Israel fueran lo mismo.
Los argentinos lo sabemos bien: el objetivo del terrorismo nunca es ganar una guerra convencional. El objetivo es provocarnos para que reaccionemos tan inhumanamente como los terroristas, instaurando un terrorismo de estado. En ese marco, Netanyahu acaba de definirlo como “no se trata de un ataque sino de una guerra”.
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Es indudable que la reacción será durísima y buscará la neutralización o aniquilación de Hamas. El gran desafío de las democracias (y obviamente es el caso de Israel) reside en llevar a cabo esa misión sin regalarle al enemigo el argumento de que en esa batalla no se ha sabido diferenciar al terrorismo de la sociedad civil. Como dijo un trabajador de una de las granjas colectivas israelíes ferozmente agredidas por los terroristas: “no actuamos como ellos”. Si así no fuera, el objetivo terrorista habría tenido éxito.
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