
En 2023, la organización internacional Global Footprint Network (GFN) considera el 2 de agosto como el Día de Sobregiro de la Tierra. La fecha marca el momento en el que se estima que hemos consumido todos los recursos naturales que nuestro planeta puede regenerar en un año.
Creemos que es una oportunidad para la reflexión y para la acción, tomando en forma urgente y colectivamente decisiones que hagan posible la sustentabilidad de nuestros ecosistemas a largo plazo.
El tiempo apremia, porque los efectos del cambio climático empiezan a ser patentes. La primera semana de julio se batieron récords de temperatura a nivel global, obteniéndose los registros históricos más altos hasta la fecha. En la región de América Latina y el Caribe, las temperaturas han aumentado en promedio 0.2 grados centígrados por década en los últimos 30 años, según la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Para complicar el panorama, el fenómeno El Niño o el Niño Global provocará registros de calor más intensos de lo habitual en diferentes regiones del mundo, así como el calentamiento en las aguas del Océano Pacífico.
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El problema es que las emisiones de CO2 siguen siendo alarmantemente altas, y la dinámica global no contribuye a la aparición de estrategias alternativas. La inestabilidad económica, combinada con la interrupción de las cadenas de suministro debido a la pandemia primero y a los conflictos en Europa después, ha dificultado la transición hacia fuentes de energía más limpias. Además, la falta de consensos, acuerdos y compromisos por parte de los líderes globales obstaculiza la adopción de una matriz de producción que esté en consonancia con las necesidades ambientales.
Pero más allá de este complejo escenario, la sociedad demanda cada vez con más determinación que las organizaciones se involucren y sean parte de la solución del problema ambiental. Según un estudio de Ipsos Global Advisor realizado en 26 países, incluida Argentina, casi el 60% de las personas encuestadas se sentirían defraudadas si no se llevaran adelante acciones concretas de inmediato para mitigar el cambio climático. En este sentido, ¿qué contribución concreta pueden hacer las empresas? ¿Cómo podemos motorizar acciones que contribuyan al cuidado del ambiente, sin perder de vista los riesgos y objetivos propios del negocio?
El primer paso es comprometerse con los principios medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG -Environmental, Social and Governance) e incorporar la sustentabilidad a la propuesta de valor de la compañía para sus clientes. Se debe decidir ser una compañía de impacto, capaz de crear valor económico, social, ambiental e institucional al mismo tiempo.

Para lograrlo, hay dos ejes fundamentales de acción. Uno es abordar la sostenibilidad como una ventaja competitiva, no simplemente como una obligación. Una empresa de impacto que considera la sostenibilidad como una fuente de rendimiento y crecimiento, es además una oportunidad para innovar y progresar.
En segundo lugar, es esencial colocar a las personas en el centro de nuestras acciones. Involucrar y comprometer a todas las partes interesadas en nuestro ecosistema empresarial, como empleados, proveedores, clientes, inversionistas y comunidades, es fundamental para lograr una transformación significativa. Debemos asumir con seriedad nuestra responsabilidad de compartir conocimientos y perspectivas adquiridas a lo largo de nuestro camino, y también difundir nuestras experiencias para apoyar a otras empresas y organizaciones en sus desafíos de sostenibilidad.
Si bien podemos reconocer avances, en el camino hacia un futuro sostenible aún queda mucho por recorrer. Muchas empresas se han comprometido y establecido objetivos basados en la ciencia, pero estamos lejos de limitar el calentamiento global a 1.5 grados centígrados. Esta brecha nos exige profundizar nuestras estrategias y tomar acciones concretas en todos los aspectos de ESG. El mundo necesita menos impacto ambiental y más empresas comprometidas con generar un impacto positivo.
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