
El próximo 13 de agosto los argentinos vamos a elegir el rumbo de gobierno para los próximos cuatro años. Más allá de las distintas visiones, existe un denominador común que es el hartazgo por las recetas que no han dado resultado, al que me gustaría sumarle una esperanza, por más mínima que sea, de que existe otra manera de hacer las cosas, lejos de todo tipo de violencia y de los discursos únicos. El desafío es ver que existe una senda de paz para vivir con tranquilidad y seguridad, y creer que es el esfuerzo lo que nos traerá progreso. Ese es el verdadero camino que iniciamos en 2015 y que tenemos la posibilidad retomar a partir del 10 de diciembre de este año, con un gobierno que acompañe a quienes desean emprender y trabajar, en lugar de ponerles trabas.
También es una oportunidad para dejar atrás los cortoplacismos y la improvisación constante, que han erosionado los sueños de los jóvenes y el presente de la ciudadanía entera, especialmente de la clase media y de los más pobres. En este derrotero, el concepto de desarrollo sostenible desempeña un papel central, ya que está relacionado, por un lado, con un respeto y un uso racional de nuestros bienes comunes, y por otro lado, con el establecimiento y el sostenimiento de consensos amplios y de políticas de Estado que nos mantengan a salvo de los virajes constantes. Por ejemplo, posicionando a la educación como constructora de ciudadanía, y fortaleciendo la cultura del trabajo y los valores cívicos y humanos.
La única manera de que la Argentina se desarrolle es a través del concepto de sostenibilidad. El tamiz del cuidado del ambiente es la garantía de que vamos a poder seguir produciendo y abasteciéndonos de alimentos y agua a lo largo del tiempo. Existen motivos imperiosos para abordar esta agenda que se relacionan con la urgencia de la crisis ambiental y la consecuente demanda social, la necesidad de mejorar la salud y el bienestar de la población, las enormes oportunidades económicas subyacentes y la responsabilidad internacional de la Argentina.
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En primer lugar, nos enfrentamos a un problema real y tangible que es el cambio climático, con consecuencias que cada vez percibimos con mayor frecuencia e intensidad (olas de calor, incendios, sequías, inundaciones y otros fenómenos extremos). A esto se le suma la pérdida de la biodiversidad y la contaminación del aire, el suelo y el agua. Todos estos factores tienen consecuencias sobre las actividades humanas y la salud de la población, disminuyendo la calidad de vida y generando pérdidas multimillonarias para el Estado y la ciudadanía.

La contracara de este escenario son las oportunidades de crecimiento y desarrollo que emanan de la misma agenda ambiental y climática. La economía verde, además de impactar positivamente en la mitigación de estos problemas, es uno de los sectores con mayor potencial para crecer y generar empleo. Podemos transformar sequías, incendios y pobreza, en salud y prosperidad. Para ello, debemos acelerar la transición energética y adecuar los estándares ambientales de la producción a los requisitos del comercio internacional para así exportar más. También tenemos que poner en valor las riquezas naturales de nuestro país para combatir el cambio climático y consolidarnos como un destino clave para el turismo de naturaleza. Estamos hablando de actividades económicas que pueden generar las divisas que nuestro país necesita, promoviendo la innovación, el emprendedurismo y creando empleo de calidad.
Por último, si queremos ser un país en serio debemos que honrar nuestros compromisos internacionales. Ya conocemos las consecuencias de no atender nuestras responsabilidades en el plano internacional: aislamiento comercial, ostracismo y pérdida de credibilidad.
Para que nuestras vidas cambien, tenemos que animarnos a elegir por sobre las recetas mágicas y los eslóganes vacíos. Por eso te invito a que elijas apostar al desarrollo sostenible de la Argentina, basándonos en lo que sí sabemos que nos ha funcionado y animándonos a tener un plan de futuro para terminar de una vez por todas con los vaivenes y alcanzar la tan deseada estabilidad.
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