
Mucho se ha dicho ya de la entrevista de Tomás Rebord a Alberto Fernández. Mientras que los albertistas quedaron muy satisfechos con sus respuestas (vaya uno a saber qué temían), una perspectiva menos indulgente detectó una concentración inédita de mentiras, afirmaciones autocomplacientes y vana jactancia.
Resulta difícil rescatar algo de lo que dijo. Es por otra parte bastante comprensible que emita declaraciones de este tipo. Alberto busca reparo para su autoestima. Se habla a sí mismo. Representa en el plano del discurso el papel que hubiera querido para sí: un estadista de grandes horizontes y vocación transformadora. No piensa ya en una comunicación efectiva con los ciudadanos, sino en un ideal interlocutor futuro. Alberto construye con palabras su imagen para la posteridad.
Dice Pítaco de Mitilene que “el mando muestra al hombre”. Alberto ya no engaña a nadie que no quiera ser engañado. Desde el principio de su presidencia no ha hecho sino desnudarse ante el país.
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Me interesa evitar las desmentidas, burlas e impugnaciones habituales y analizar un pasaje de la entrevista que se encuentra en este fragmento. El presidente parece elevarse al plano de la teoría política:
“¿Qué es lo que el FDT básicamente representa? Representa una preocupación por los sectores más débiles de la sociedad. Cristina siempre decía con razón que la política es la representación de intereses. ¿Qué intereses representamos nosotros? La clase media y los sectores más empobrecidos de la Argentina. Esa es la representación nuestra, a ellos queremos representar. ¿A quiénes no queremos representar? Al mundo financiero, a los bancos, al poder. Al poder fáctico de la Argentina. A ellos no los queremos representar.”
¿Es una afirmación correcta? Veamos. En la política concurren, evidentemente, intereses. A veces mediados por una representación, a veces en forma directa. Se puede representar intereses, también se puede tener intereses directos. Ejemplo: CFK dice representar intereses de tipo social pero tiene intereses directos en cerrar las causas judiciales que se le siguen.

Dichos intereses, no obstante, dependen del rol que se ocupa dentro del orden político. Se puede defender un interés específico si se desempeñan roles subordinados, como la oposición. Si en cambio se es gobierno, el único interés legítimo al que se debe aspirar es al interés público, es decir, el que es propio de la totalidad del orden político.
Gobernar es ser responsable por una totalidad. La representación que se consigue excede el interés específico por el cual se llegó a ser gobierno. En el plano del gobierno, el interés público se compone en parte con la conciliación de intereses legítimos. ¿Es el interés de las clases medias y empobrecidas legitimo? Si. ¿Y el de los bancos y poderes facticos? También.
Como gobierno se representa a todos. ¿Puede suceder que el gobierno perjudique un interés específico legítimo con sus decisiones? Claro. Pero tiene que justificarlas desde la lógica del interés público, no desde el de una facción, sean pobres o ricos, mayorías o minorías. Lo que no puede hacer es mantener el interés específico en posesión del gobierno.
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A Platón todos los regímenes conocidos le parecían malos, porque cada uno a su modo consagraba la supremacía de una facción sobre la totalidad: en la oligarquía los ricos, en la democracia los pobres y en la monarquía, el linaje. Por eso decía que debían gobernar los filósofos, es decir, quienes poseen una visión de la totalidad de la comunidad política.
Pero ¿Alberto dice la verdad o se equivoca al definir la política en esos términos? Las dos cosas: vamos a explicarlo.
Alberto tiene razón: su gobierno es un gobierno de intereses parciales contra otros intereses parciales. Podría decirse que no ha hecho otra cosa en toda su trayectoria política que representar intereses: un operador oscuro y sórdido al servicio de diferentes amos. Es un gobierno de facción. Responde a una concepción de la política definida como conflicto (no como orden arquitectónico), que tiene raíces complejas pero que define teóricamente Carl Schmitt.
Esta concepción política está en el origen del fenómeno conocido como populismo: una articulación de intereses parciales dentro de un significante vacío conocido como “pueblo” en confrontación con otros intereses (también legítimos) definidos como enemigos del pueblo.
¿En qué se equivoca? En que es falso que los intereses que representa sean las clases medias y los sectores empobrecidos. El peronismo es un populismo estructurado sobre un pool de corporaciones dominantes, de las que los bancos y los “poderes fácticos” son parte integrante en una proporción no menor. Detrás del discurso populista se esconde un complejo de intereses corporativos que “intermedian” los intereses de los sectores invocados, quedándose con la parte de león.
El gobierno de Alberto responde a una concepción conflictivista de la política enfilada contra los intereses de sectores sociales y productivos que no tienen representación propia. Una concepción, en definitiva, enfilada contra la totalidad: incluso ha renunciado al trillado eufemismo del “proyecto nacional y popular”.
La de Cristina y Alberto es una mala teoría política bien aplicada. Dice Aristóteles que hay muchas formas de equivocarse pero sólo una de acertar. Resultados a la vista.
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