
Uno de los principios más establecidos en economía es que un aumento excesivo de la cantidad de dinero tiene como resultado la inflación.
La explicación es sencilla y es una aplicación de una ley económica más general, conocida como la ley de la oferta y la demanda. ¿Qué nos dice esta ley? Que, si aumenta la oferta de cualquier producto de la economía, sin verificarse el mismo aumento en la demanda del mismo, entonces su precio caerá.
Para el dinero ocurre lo mismo, si aumenta su oferta, pero no tanto su demanda, entonces caerá su poder adquisitivo, dando como resultado un aumento generalizado de los precios.
Este principio teórico ha sido numerosamente respaldado por la evidencia empírica y hace muchos años que constituye uno de los consensos básicos de la Ciencia Económica.
No obstante, en ciertos círculos ideológicos en el mundo y especialmente en las esferas más cercanas al poder en Argentina, rechazan e intentan refutar esta realidad. Muchos de estos analistas, de hecho, creyeron que habían ganado el debate cuando en el año 2020, la mayoría de los países del planeta aumentaron sideralmente el déficit fiscal y la emisión monetaria, pero la inflación, lejos de subir, ¡cayó!
Entre los economistas esto no presentaba demasiadas curiosidades. Es que, vamos, en el año 2020 uno podía aumentar la cantidad de dinero al infinito, que si los gobiernos –con la excusa de la pandemia– no le dejaban a la gente salir a la calle, era poco el uso efectivo que ese dinero iba a tener. Así las cosas, era cuestión de esperar algo de tiempo para ver los verdaderos efectos de semejante expansión fiscal y monetaria.
Efectivamente, una vez que la gente comenzó a exigir mayores libertades, y que los gobiernos empezaron a remover las restricciones para viajar, para comerciar y para ejercer la vida de todos los días, la realidad comenzó a emerger. La actividad económica, por supuesto, fue volviendo a sus valores normales, y casi todos los países del planeta vivieron un fuerte rebote económico en 2021, después de atravesar el peor año económico de su historia en muchos casos.
Ahora bien, dicho rebote vino con –oh sorpresa– un sideral incremento en los niveles de inflación.
Si tomamos 4 países como muestra, vemos lo siguiente:
– En Estados Unidos la inflación de 2022 cerró en 6,5%, un registro menor que el 7,1% con el que se cerró en 2021. Ahora bien, estos dos números son los más altos desde nada menos que 1981. O sea que la suculenta emisión de dólares que la Reserva Federal generó en 2020, terminó en la inflación más alta de los últimos 40 años en dicho país.
– En Chile, los precios subieron 12,8% en 2022, constituyendo ese dato el de más alta inflación desde 1992. La agresiva política fiscal y monetaria chilena, entonces, dejó como resultado la inflación más alta en 20 años.
– Lo mismo ocurrió en Brasil. En 2021 la inflación cerró en 10,1% anual, siendo ese el dato más elevado de los 19 años previos.
¿Y en Argentina qué ocurrió? Que después de acelerarse al 50,1% anual en 2021, la inflación volvió a subir en 2022, cerrando en 94,8% anual, el peor dato desde nada menos que 1990, cuando salíamos de la hiperinflación.
¿Qué quiere decir todo esto? Que si bien en economía es difícil hacer experimentos controlados como en las ciencias naturales, lo que ocurrió en este último tiempo es algo muy parecido a ello. Argentina, como otros países alrededor del mundo, hicieron explotar sus déficits fiscales y financiaron dicha explosión de gasto (directa o indirectamente) con un fuerte aumento de la cantidad de dinero en circulación.
Los resultados fueron los que predijeron una y mil veces los “economistas ortodoxos”, los mayores niveles de inflación que podían imaginarse.
Tal vez este experimento, con todo el daño que ha generado y seguirá generando, al menos sirva para que no tengamos que seguir discutiendo pavadas. La teoría monetaria de la inflación ha sido, una vez más, reivindicada. David Hume, Irving Fisher, Milton Friedman y Friedrich Hayek nos mandan un afectuoso saludo.
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