
Sarmiento, literato y soñador extraordinario, trataba de imaginar una Argentina grande, próspera, influyente, cuando era un territorio inmenso y despoblado, polvoriento, sin caminos ni comunicaciones, para transitar en carretas de bueyes, con unas pocas aldeas implantadas en medio de la nada.
Era consciente de que otros pueblos habían alcanzado altos niveles de cultura, civilización y progreso, porque ya habían existido cientos de santos, Aristóteles, los renacentistas, Confucio, Buda, Leonardo, Miguel Ángel, Beethoven, Mozart, Bach, la sabiduría árabe, Locke, los empiristas escoceses, Mirabeau. Era consciente de la capacidad creadora de la libertad humana y creía en la dignidad igual de las personas. Pero faltaba una cosa para ser un gran pueblo: la educación popular.
Creo que Sarmiento se preguntó por tres carencias: no había escuelas; no había maestros y los gobiernos locales no se ocupaban de impulsar la educación. Tres preguntas sencillas. Por ahí empiezan las revoluciones. Los primeros gobiernos constitucionales argentinos, Sarmiento, Avellaneda, Roca dieron respuestas: construir miles de escuelas emblemáticas en todo el territorio; traer formadores de maestros; intervenir en las provincias con escuelas nacionales. Guardapolvos blancos que igualaron a todos y formaron en la pulcritud y el respeto; programas adecuados a lo que pasaba en el mundo desarrollado, llevados adelante por los que sabían: los maestros normales. Eso hizo la grandeza argentina, mientras la población se duplicaba.
Hoy no debemos crear lo que no tenemos sino transformar lo que tenemos. Disponemos de una tecnología de información y comunicaciones formidable y de una organización social en redes que reemplazó a aquellos pobladitos aislados. Sarmiento 4.0. Escuelas ya hay en cantidades importantes, y la pregunta es sólo sobre su mantenimiento y conectividad, a lo que hay que dedicar recursos públicos y privados a ser ejecutados por municipios y comunidades educativas. Profesores tenemos, pero la demanda de mejora es infinita, porque la mitad de los chicos no terminan el secundario y sólo el 16% lo hace comprendiendo textos y realizando las operaciones matemáticas básicas, lo que configura una tragedia educativa. La sociedad, los profesionales, las escuelas a distancia, las empresas y sindicatos deben poder involucrarse. La adecuación a los contenidos del trabajo del futuro, es dramáticamente mínima. Las pedagogías audiovisuales y en red no se han expandido. Las carreras universitarias son demasiado largas y rígidas y se impiden los acuerdos entre universidades. La capacitación para el trabajo y la disciplina necesaria, son muy escasas. Si hay provincias sin clases, la nación debe garantizarlas y tiene las herramientas para ello. Las mediciones de calidad y las evaluaciones de impacto real de las políticas sociales son un derecho del pueblo y como tal deben ser consideradas.
Escuelas en red; mayor autonomía en las escuelas; pedagogías horizontales; disciplina y respeto; distribución masiva de contenidos audiovisuales; alfabetización y programación generalizadas; una nueva formación docente; apoyo personalizado a los más rezagados; incentivos por resultados. La revolución educativa integral y movilizadora de toda la sociedad debe ponerse en marcha y contar con nuestro compromiso irrenunciable.
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