
Pregunta: ¿a usted nunca le pasó de estar invitado a la casa de un matrimonio y que en lo mejor del flan con crema el dúo anfitrión se empiece a tirar indirectas, haciéndolo sentir incómodo hasta llegar a un combate cuerpo a cuerpo en donde uno, con disimulo, retira los cuchillos de la mesa, el celular y cualquier objeto que pueda llegar a ser arrojado sin rumbo?
Ok, hoy me paso a mí después de tanto tiempo sin ver a Cristina. Hoy reapareció. La emoción en la radio era total, era como esperar a la pasionaria, a la reencarnación misma de Lady Di, a Golda Meir. No sé cómo explicarlo, a una Cristina distinta, asentada, simpática pero no histriónica, astuta pero no cínica, fantasiosa pero no mentirosa. Íbamos a ver a la Cristina que nos vendieron hace 20 años, pero que se nos fue descascarando con el paso del tiempo y la falta de escrúpulos. Y nos sentamos a escuchar a la nueva mujer maravilla, apoyando al alicaído gobierno de Alberto, que ella misma inventó y que en un acto patriótico decidió unir a su misma gente con la otra gente del otro lado para sacar el país adelante y ser aplaudida por las visitas del mundo, que como único precio de la entrada tenían que chuparle las medias.
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Arrancó el tan esperado discurso, que lejos de estimular y contemporizar a los habitantes de este estallado país, apoyó el habano encendido sobre el barril de pólvora y arrancó con las explosiones: un breve repaso de bronce a la figura de su difunto marido y luego el yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo, yo. Chicanas berretas (no cambiaste nada Cris), mentiras berretas (no cambiaste nada Cris), acusando al mundo de todos sus males (los de ella) (no cambiaste nada Cris) y de paso, en un zarpazo traidor, trató de arrebatarle la banda y el bastón al enclenque Presidente de la Nación, aprovechando que él mismo estaba encargando por internet el combo de pañales con descuento. Todos nos miramos y dijimos con los ojos: sos la misma Cris. Pero faltaba un poco, una vuelta más, porque tenía gusto a poco, no era una auténtica Cris. Recordó a su archienemigo Bonadio y, en medio de una preparada silbatina por los alcahuetes que como rémoras la acompañan, se destapó con algo así como: no, no, no, chicos, no, no.
Miró el cielo como cuando lo buscaba a él y balbuceó algo así como que Dios ya se había encargado de hacer justicia. Mala, mala, mala eres. Los invitados de todo el mundo, sin entender un carajo de los conventillos internos, esperaban cada silencio para retirar los cuchillos y los celulares y de reojo miraban el perchero para manotear los sombreros y volverse para sus casas, pensando que esa reunión hubiese sido mejor hacerla en Ucrania.
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