
El ejercicio de la memoria es el mejor remedio contra el avance de discursos negacionistas y violentos, no sólo para no repetir la historia sino, y fundamentalmente, para construir desde las heridas que van sanando nuevas sociedades, más justas e igualitarias.
Los discursos de odio son la base que legitima todo accionar autoritario. El otro, el distinto, se convierte en aquel a quien hay que negar, callar, deslegitimar y, cuando eso no es suficiente, matar o desaparecer. La lógica de construcción discursiva entre lo propio y lo ajeno, entre los amigos y los enemigos, inherente a lo político, alcanza su extremo cuando ese otro debe ser violentado con el fin de imponer la propia construcción de la verdad. Y, como todo discurso, se basa pero a su vez construye realidades materiales. Las narrativas que desprecian lo ajeno, lo opuesto, son capaces de establecer las bases de los regímenes de gobierno más violentos.
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Estos discursos nunca se erradicaron por completo en la Argentina. Luego de la vuelta a la democracia se mantuvieron presentes pero ocultos, deslegitimados. El consenso social de que hay políticas que jamás volveremos a aceptar, relatos que no volveremos a apoyar, vejaciones que no volveremos a permitir fue el que primó.
Porque la vuelta a la democracia en la Argentina se cimentó en un pacto entre la sociedad y la dirigencia política de rechazo a un pasado de persecución, entrega y exterminio al que nunca más queremos volver. Como explicaba el politólogo e investigador argentino Oscar Landi (1986), el consenso cultural estaba definido “por el deseo de que no se repitiera en el país el traumático pasado de crisis y de violencia política y por la revalorización del Estado de derecho y de las libertades individuales” (p.150). Fue un acuerdo no sólo sobre qué forma de gobierno queríamos fortalecer desde ese entonces, sino por la reivindicación de que jamás permitiríamos que se violaran nuestros derechos como habían sido violados.
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Argentina es un ejemplo de convicción y perseverancia que aún continúa. Nuestro proceso de restitución de derechos y lucha por la Verdad y la Justicia es referencia en la región y en el mundo. Además, en las últimas décadas hemos logrado conquistas que nos colocan a la vanguardia de países históricamente referentes en ampliación de derechos. No ha sido sencillo, ni lineal. Nos ha valido frustraciones, enojos, disputas, marchas y contramarchas. Pero la cultura política argentina, heterogénea, amplia y diversa, comparte en sus grandes mayorías valores fundamentales del respeto a la diversidad de opiniones. Pensemos como pensemos, las y los argentinos sabemos que el único camino posible para construir es en democracia.
Pero como cualquier aspecto que permanece latente, al acecho de mejores condiciones para desarrollarse, los discursos de odio encuentran hoy espacios sociales que los legitiman y propagan, sectores que han corrido los límites de la disputa aceptable en democracia. Y como siempre que se difunden agresiones de este tipo, sabemos cuándo empiezan pero no somos capaces de predecir ni controlar cuándo ni dónde terminarán, o cuánto daño harán en el camino. Sobran ejemplos, actuales y pasados. En la Argentina y en el mundo.
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Ante el avance de esas derechas negacionistas, violentas y discriminadoras la respuesta es la acción colectiva que reivindica la convivencia pacífica en la diversidad. Mantengamos viva aquella cultura política del respeto a los derechos de las y los demás. Es responsabilidad de cada una y cada uno. Nadie lo hará en nuestro lugar si no tenemos el compromiso suficiente para sostenerlo con convicción.
No permitamos que duden de ella ni por un segundo. Pero tampoco permitamos que se propaguen tan fácilmente expresiones que deslegitimen esa forma de vivir en sociedad que nos ha costado los mayores sacrificios recuperar y fortalecer.
Nos encontramos en las calles una vez más para mantener viva nuestra memoria. Porque al pasado violento, negacionista y odiador, por más disfrazado de nuevas formas que se encuentre, le decimos siempre: ¡nunca más!
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