
La inflación, tal como se la enseña a los economistas, es un fenómeno prácticamente neutral, que se limita a un impuesto a los tenedores de dinero primario. Hoy solamente el efectivo no es remunerado. Otras formas de liquidez inmediata que antes llamábamos dinero ahora se remuneran: cajas de ahorro, cuentas sueldo, plazos fijos, fondos de liquidez diarios, etc.
¿Dónde está entonces el famoso pánico a la inflación que aún yace en el inconsciente colectivo argentino?
Por un lado queda el remanente clásico del impuesto inflacionario, contabilizado por el efecto contable de la emisión de Base Monetaria que alguien deberá adquirir, alguien que no tendrá los recursos o sofisticación como para ser “remunerado”.
Pero lo que la población mas teme y odia no son las monedas sin valor que quedan en los cajones culpa del aumento de los precios. Es la desvalorización de sus sueldos y jubilaciones que se ajustan solo cada tantos meses mientras ven el precio de sus víveres subir continuamente. Esperando ansiosamente el día que suba su remuneración, sin saber cuanto será ese aumento.
Es el aumento del alquiler que los enfrenta con el locatario. O el del y la carne. Es el aumento de los remedios cuando las jubilaciones no suben y los jubilados deben hacer cola para conseguirlos mas baratos en la obra social. La sociedad se siente explotada. Viven en una pelea continua con sus pares.
Ahorrar es tan difícil como trabajar y consumir. La incertidumbre de los precios y de los tributos efectivos en la economía inflacionaria se encarga de ello. Pero a veces parte de la plata vuelve a través de plazos fijos. Algunos se convierten en “bicicleteros”, los que pueden hacer la cola del banco. Y rogando que no les llegue la licuación antes de que madure el papelito…

La alternativa es el dólar que de llamarse “negro” paso a llamarse “blue” y oscila tanto como los impuestos. No hay nada seguro para ahorrar en una economía en la que todo oscila como una montaña rusa. Los precios negros también. No hay valores.
La inflación divide a la sociedad. Todos se sienten explotados y gozan explotando a las empleadas domésticas o a sus empleados, pensando que así se retribuyen de lo que otros le hacen a ellos. Evadiendo impuestos. Clamando en las redes por una rebelión impositiva. La inflación divide, nunca suma.
Lo anterior es el verdadero impuesto inflacionario relevante. Es un juego de suma cero. No recauda nada, pero cuesta mucho, duele y lastima a la sociedad.
El Gobierno crea la inflación y se aprovecha de ella. No para aprovecharse de la trivialidad de recaudar por la emisión de Base Monetaria sino para aprovecharse de las distorsiones de precios que ella crea y que ellos controlan. La emisión es casi toda remunerada y por ende no recauda mucho. Pero las distorsiones de precios sí recaudan.
El Gobierno fija las jubilaciones por períodos prolongados y normalmente lo hace por debajo de la inflación. Gana el Gobierno.
El Gobierno fija la tasa de interés con que se remunera la deuda con que se esteriliza la emisión del BCRA y esta tasa es casi siempre menor que la tasa de inflación. Gana el Gobierno.
El Gobierno fija la evolución de la escalas nominales de imposición del impuesto a las Ganancias. Siempre debajo de la inflación. Gana el Gobierno.
El Gobierno no ajusta los mínimos nominales de imposición del impuesto a los Bienes Personales de acuerdo a la inflación. Gana el Gobierno.
El Gobierno proyecta impuestos en el Presupuesto de cada año menores a lo que razonablemente se espera que sea la inflación. Se queda con ingresos de sobra. Gana el Gobierno.
Y así siguiendo…
El Gobierno usa los cambios en el nivel de precios, gracias a la inflación, para sesgar el nivel legal de remuneraciones e impuestos a su favor, sin pasar por los canales institucionales normales.
El gran ganador de la inflación es el Gobierno. No por la recaudación debida a la emisión, sino por las distorsiones de precios entre deudores y acreedores que genera.
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