
2001 puede ser muchas cosas. Primero, podríamos decir que no es un año, es más bien un momento, un conjunto de sucesos que definieron la historia contemporánea argentina.
Enmarcado en uno de los diciembres más calurosos de nuestra historia, y no precisamente por los grados centígrados, fue un evento en el cual una parte de la sociedad se desmoronó por completo y, aún 20 años después, resuenan las cacerolas, esquirlas y balas de goma de esos momentos críticos. Nos seguimos preguntando si la sociedad realmente se recuperó, si las heridas pudieron sanar lo suficiente como para que un miedo instintivo no resurja todos los diciembres.
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Las instituciones que precedieron a la crisis buscaron la forma de canalizar el estallido, que a posteriori y aún con todo lo grotesco de la situación, el Estado de Derecho pudo continuar existiendo como tal, no sin antes pasar horas críticas y atravesar un cambio profundo en la conducción política, en los sectores de participación popular, en el coalicionismo que se instaló hasta la actualidad.
2001 lo cambió todo: los miedos, las formas de manifestación en la calle, la insurrección popular y la desobediencia civil a gran escala. Fue el nacimiento de una nueva Argentina, un parto traumático en el cual -20 años después- buscamos una significación simbólica y un aprendizaje que no tiene consenso. En cierta forma, hay un 2001 para cada uno de nosotros, para las diversas formas en que nos llegó la onda expansiva de esa explosión.
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Resulta interesante que, desde aquellos fatídicos días de diciembre, ningún partido orgánico tradicional volvió a ser gobierno en la República Argentina. Las coaliciones de gobierno que ejercieron el poder político constitucional en Argentina son un reflejo del cambio sobre el modelo tradicional de partidos. Esto nos dice mucho sobre la densidad política del 2001: un vistazo desmoronado del antiguo régimen, junto con una forma incipiente de poder que nacía en silencio.
La Argentina de aquellos años bien pudo llamarse “la sociedad de diciembre”, una comunidad atravesada por la desintegración, por el colapso de un modelo económico que ilusionó a muchos y hundió a muchos más.
Analizar las causas económicas que llevaron a la crisis no es suficiente para explicarla. ¿Qué representa para un ahorrista del sistema formal la desaparición de buena parte de lo que tenía? Las relaciones del tipo de cambio no bastan para explicar el volumen de los sueños, de aquello que uno desea hacer con su dinero, que no es un valor sino un recuerdo, las cosas que se compran con aquello que ahorramos, un viaje, un hogar, el primer auto.
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Ahorrar es una administración mucho más profunda que el simple atesoramiento, significa la libre disposición de nuestro capital y nuestros bienes, sin que ello implique una desvalorización en el proceso. Es la sola voluntad de proteger nuestro patrimonio, además de la esperanza de realizar nuestros sueños.
La crisis no fue únicamente contra el sistema político y bancario, sino contra el poder simbólico en Argentina, aquel que no pudo cumplir la estabilidad que prometió. Diciembre de 2001 es en parte la destrucción masiva de una expectativa, algo que no debemos permitir que suceda nuevamente. La pluralidad de la intención es necesaria, partidos y votantes somos responsables por la conducción política de nuestra sociedad.
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Ninguna salida colectiva puede ser viable sin la construcción de un modelo económicamente sostenible y socialmente justo, dos cuestiones muy difíciles de resolver, que en su intrincado misterio se explica la deriva de nuestra democracia por encontrar un modelo económico de consenso, tanto popular como partidario.
El futuro será determinado por aquellos que puedan lograr un acuerdo de crecimiento y estabilidad para nuestra República. Una problemática compleja, que no tendrá una resolución simple.
Si una crisis representa un punto de inflexión para cualquier país, ¿qué nos debería representar diciembre de 2001, dos décadas después?
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