
Hoy las personas se definen por cómo se perciben. Más allá de que difiera de la percepción que los demás tenemos de ellas. La amistad social fue el eje del discurso doctrinario que Gustavo Beliz brindó, en el cierre del primer año del Consejo Económico y Social (CEyS), tanto a su familia política como a la adversaria.
La amistad es la relación de confianza entre personas que no son familia. La amistad social incluye a la amistad política. De la confianza dice Byun-Chul Han que “como las promesas y la responsabilidad…requieren tiempo” que es lo que no sobra, en nuestras urgencias dramáticas.
Unas horas después Máximo Kirchner, en la Cámara de Diputados, dinamitó el diálogo político que parecía estar construyéndose en esas horas. Esos hechos reiterados hacen que los observadores dudemos de la identidad familiar. ¿Todos los miembros de la familia del Frente de Todos portan el mismo ADN de la amistad? ¿O se puede ser parte portando el ADN del enfrentamiento como causa vital?
Sin amistad no hay confianza y sin confianza no hay construcción. Una cuestión de la cultura contemporánea ha invadido a la política nacional.
Hoy las personas se definen por como se perciben. Más allá de que difiera de la percepción que los demás tenemos de esas personas. La autopercepción es un derecho. Está socialmente e institucionalmente protegido. Ninguna alegación de bien común puede esgrimirse para que ese derecho sea retaceado.
Pero fuera de las cuestiones humanas profundas, en la política argentina se están produciendo migraciones basadas en la autopercepción de los dirigentes.

Para los ciudadanos de a pie basados en la historia, los compromisos, los protagonismos políticos de quienes migran con una autopercepción que no coincide con su historia, sus compromisos y sus protagonismos, como mínimo, confunde.
La confusión es enemiga de la confianza. Un dilema de la vida política argentina. ¿Qué consecuencias tiene? Otra vez. La amistad -entre familias distintas- es la base de la confianza.
Pero, para los ciudadanos de a pie, la confianza en la dirigencia política es hija de la historia, los compromisos, los protagonismos, de aquellos dirigentes políticos que habrán de construir la trama de confianza en la que se basan las decisiones cotidianas de los ciudadanos.
La migración de dirigentes políticos desde una familia a la otra, fundada en su “autopercepción”, la que difiere de la percepción que los ciudadanos de a pie tienen de esos dirigente basados en su historia, sus compromisos y sus protagonismos, contribuye al estado de desconfianza que la ciudadanía padece respecto de la dirigencia política.
Todos tenemos derecho a cambiar. La experiencia nos abre siempre nuevos caminos. Pero -los hombres públicos- deben dar cuenta de su trayectoria, de sus compromisos y mucho más cuando su protagonismo ha sido determinante de la historia.
La autopercepción no basta. Es requisito indispensable asumir la responsabilidad por los hechos en los que se ha participado y que, sin su concurso, la historia habría sido diferente. Muy importante porque nuestra historia es de decadencia.
Son muchos los hitos que han forjado la enemistad social, la enemistad política en nuestro país, que es la matriz de la desconfianza. Las dictaduras, la guerrilla, el desprecio por la vida, esta en el origen de nuestra enemistad y de la desconfianza. Muchos de los que, de una u otra manera participaron de eso hechos siniestros, se auto perciben como libres de toda responsabilidad. Sería sanador para todos vivir una etapa de confesiones y arrepentimientos.
Hay cuestiones importantes aunque de mucha menor relevancia que el incumplimiento del “no matarás”. Pero que han contribuido, en los tiempos de la democracia, a la cultura del desencuentro, a la inviabilidad de la amistad y de la confianza.
¿Quién duda que un punto de quiebre fue la 125? Muchos de los que fueron partidarios de la misma mantienen esa convicción. Pero muchos de los partidarios de entonces, autores, legisladores, que apuntalaron esa decisión, hoy se auto perciben en el alineamiento contrario. ¿Esa contradicción fundamental puede dar lugar a la confianza, es posible -en esos términos- forjar amistad?
Todos tenemos derecho de cambiar con el requisito de poner la luz de giro. Es decir alumbrar nuestro pasado, nuestros errores, y reconocerlo.
La autopercepción política distinta de la percepción de los demás obliga, para validarla, a ese gesto de sinceridad para aventar toda sospecha de oportunismo.
Mi querido amigo, el brillante Albino Gómez -en uno de sus libros- relata un diálogo con Jorge Luis Borges en el que él le señala a JLB que en el griego actual “metáfora” significa “camión de mudanza”. La política está abusando de la metáfora en el sentido de la mudanza, que es cambiar de techo.
Esa metáfora, sin asumir las responsabilidades del pasado, arriesga que sigamos siendo los mismos -¿todo cambio no es un arrepentimiento?- pero en otra casa. La autopercepción no basta. En esas condiciones, la nueva familia, estaría acumulando los errores de la anterior. Se haría difícil la amistad y la confianza.
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