
Anne Rice es considerada en su país de origen (Estados Unidos) como una escritora gótica. La literatura gótica se puede definir como aquella que emplea paisajes tenebrosos y pintorescos, dispositivos narrativos sorprendentes y melodramáticos, y lo envuelve todo en una atmósfera general de exotismo, misterio, expectativa y terror.
Pero existe mas de un disidente que piensa que la Sra Rice fue la maestra del realismo mágico anglosajón en las postrimerías del siglo XX. Quienes así piensan se basan en un riguroso análisis de su libro más popular “Entrevista a un Vampiro”. Allí Rice recoge de manera minuciosa todos los desequilibrios espirituales que afligen al homo sapiens moderno. Y estos dilemas son presentados como parte de la escenografía de la novela que es la ciudad de Nueva Orleans. Esa ciudad se torna en momentos del relato como protagonista mientras que en otros como simple teatro en el que los personajes del libro libran una batalla para imponerse al rival, pero al mismo tiempo para alcanzar o destruir sus desequilibrios internos.
El libro en efecto nos introduce en la psiquis de dos personajes radicalmente distintos. Louis es un Lestat, ama y abraza completamente el vampirismo aprovechando todas sus ventajas. La interacción entre ellos define el ambiente en que viven igual que las interacciones de la familia Buendía terminan por moldear a Macando.
La partida de la Sra Rice acece en un pésimo momento porque ya no sabremos jamás como va a terminar la batalla entre el bien y el mal. Y encontrar esa clave es fundamental para quienes vivimos los agitados inicios de este siglo XXI donde necesitamos navegar un escenario tenebroso en el que todas nuestras certezas han sucumbido a los embates del cambio.
Sabemos por ejemplo que estamos acabando con el medio ambiente pero no como ponemos fin a a ese festín de destrucción antes de que nuestra obra nos destruya como fue el caso de los vampiros creados por Lestat. Entendemos que las libertades que han creado la estabilidad política y la prosperidad en estos últimos cuarenta años están bajo el asedio del autoritarismo y del totalitarismo. Pero no se nos ocurren arbitrios efectivos para defenderlas. Estamos arrepentidos de los abusos cometidos por nuestros antepasados contra segmentos de la población americana por razones de raza, religión o credos políticos. Pero en el frenesí por corregir el pasado estamos condenándonos a grupos enteros de la sociedad al aislamiento benigno.
Decimos darle valor a la libertad de expresión, pero estamos dispuestos a lapidar a cualquiera que se atreva a pensar distinto. Y todo esto habría que resolverlo a nivel de cada individuo o individua -como ahora decimos- sin la ayuda de una conversación dirigida hacia las profundidades de nuestras almas y de su poder trasformador. Porque la directora de esa operación se aburrió de nuestra idiotez y se marchó buscando posiblemente una dimensión más creativa.
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