
Con el aislamiento social que impuso la pandemia muchas personas sintieron haber perdido muchos hábitos y vínculos que les eran totalmente naturales. Desde los primeros días de aislamiento, una de las cosas que más añoramos fue la posibilidad de abrazar a nuestros seres queridos, familiares y amigos y encontrarnos con ellos. Durante mucho tiempo nos lamentamos por esa pérdida e hicimos lo posible por mantenernos en contacto a través de plataformas que llegaron para sustituir la presencia. Así es como durante la pandemia compartimos cumpleaños, egresos y eventos sociales desde nuestras casas, nos hicimos llegar nuestros abrazos a través de cartas, mensajes, llamados y regalos a domicilio y conservamos los vínculos durante mucho tiempo sin contacto físico.
Al vernos impedidos de encontrarnos con las personas que solíamos frecuentar en el ámbito laboral, nos mantuvimos en contacto a través de plataformas que inauguraron nuevas formas de trabajo en equipo y que significaron un desafío para quienes lideraban organizaciones. Como contrapartida, mucha gente manifestó sentirse sola y desmotivada, y con ese contexto la vuelta a la rutina está absolutamente signada por el desgano y la sensación de que la presencialidad se ha vuelto obsoleta. En las oficinas y en los espacios de trabajo compartidos, muchas personas se muestran incómodas respecto a tener que asistir y la socialización y los espacios que solían compartir cobraron otro significado.
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En las escuelas y en las plazas, niñas y niños se saludan con los codos y juegan con sus barbijos. Hasta hace unos pocos días, no todos se conocían de manera presencial con sus compañeros, lo cual provocaba una sensación de ajenidad respecto de los propios pares y de incomodidad al momento de compartir actividades en el aula.
La famosa “vuelta a la normalidad” que durante tanto tiempo extrañamos e invocamos ya está de regreso. Sin embargo, nada de lo que estamos viviendo en nuestros vínculos y en nuestras rutinas se siente “normal”. La impresión de extrañeza en el encuentro con nuestros seres queridos, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros amigos, se instala frente a cada saludo con puños. El abrazo que antes nos permitíamos ha pasado a ser un gusto que nos damos con los más cercanos, con aquellos a quienes extrañamos o cuando un gesto vale más que cualquier palabra.
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El encuentro se simplifica a través de la virtualidad y ya no parece necesario viajar largas distancias para reunirnos con compañeros de trabajo o amigos. Algunos refieren que con la pandemia han decidido dejar de encontrarse con muchas personas con las que, aislamiento mediante, el vínculo se ha desdibujado y ha pasado a ser un compromiso que ya no quieren asumir.
Sin embargo, en esa incomodidad y extrañeza que aparecieron en el encuentro con el otro, comienza a trazarse un vestigio de la pandemia del cual todas las personas deberemos reponernos: el miedo a la resocialización, el miedo al encuentro con el otro, el miedo a sentir que ya nada es ni será lo mismo y que hemos perdido formas de expresar nuestro afecto y nuestra presencia que se han arraigado durante años en nuestra cultura. Frente al miedo, respondemos con más aislamiento, nos refugiamos en nuestra rutina hogareña y nos tranquilizamos pensando que la normalidad aún no ha vuelto.
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En un contexto que ha llegado para cambiar nuestras vidas, aún cuando no se parece a aquello que añoramos, es fundamental encontrar nuevas formas de relacionarnos para recuperar la sensación de intimidad y espontaneidad de nuestros vínculos.
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