
Hay varias cosas preocupantes en los episodios de los últimos días, que exceden por mucho la comedia de enredos de las cartas públicas que van y vienen, las renuncias declinables anunciadas a los medios y los audios venenosos filtrados en momentos precisos. Estos detalles nos vuelven locos, nos tienen pegados al teléfono y los comentamos con la mezcla de adrenalina y pavor que muchas veces nos genera la épica trágica del kirchnerismo.
Debajo de esta superficie, sin embargo, hay una situación institucional potencialmente grave, quizás el desafío de gobernabilidad más serio desde el voto no positivo de Julio Cobos en 2008, episodio en el que también estuvo involucrada Cristina y que comparte con éste esa mezcla de mala lectura del humor social, huida hacia adelante, falta envidos innecesarios y discusiones internas en público, aunque de espaldas a las necesidades de una sociedad que esperaba del gobierno algún tipo de reacción después de la paliza electoral del domingo.
No ocurrió nada de eso. Más allá de las palabras de ocasión sobre escuchar el mensaje de las urnas y hacer las cosas mejor en los próximos meses, en ningún momento ni Alberto ni Cristina ni la plana mayor del Frente de Todos (¿dónde está Axel?) sintió la necesidad de hacer un gesto de reconciliación con la sociedad, después de meses, o años, de agresiones, comisariatos ideológicos e incluso crueldad, como en los casos del cierre prolongado de las escuelas o el maltrato a los argentinos varados en el exterior. Más bien al contrario: si algo dijeron la militancia oficialista y una variedad de dirigentes en los primeros días de esta semana fue que el resultado de las PASO se daba vuelta en noviembre con “más peronismo”, más guerra contra los medios y más enfrentamiento con la clase media: más dureza, no más apertura.
A pesar de que el mensaje de las urnas parecía haberles dicho, más o menos claramente –nunca hay que fanfarronear demasiado con la lectura nítida de los votantes–, que aflojaran un poco, que se dejaran de tratar a todo el mundo como un idiota o un demonio y se pusieran a laburar en lo importante, la reacción del Gobierno fue o pasiva (la del Presidente) o paternalista, la de Cristina, que insiste en que la única manera de amigarse con la sociedad es hacerle llover plata: en su cabeza, sólo la plata genera cariño. Lo dijo claramente en la carta que publicó ayer, con su reclamo sobre la ejecución del presupuesto, pero es el razonamiento detrás de la histórica máxima kirchnerista de “poner plata en el bolsillo de la gente”, que infantiliza a la gente, que prefiere trabajo y futuro a regalito y presente, e infantiliza la propia gestión del Estado, cuyo secreto consiste no en la satisfacción de deseos inmediatos sino en equilibrar las demandas del presente con la construcción de un futuro sostenible.
En este clima de negación de la realidad llegó la telenovela de estos últimos dos días, en la que los protagonistas del Frente de Todos se enzarzaron en una batalla palaciega que poco tiene que ver con aquel reclamo electoral que habían asegurado reconocer un par de noches antes. No me gusta el uso de “casta” para designar a la clase política, porque creo que generaliza conductas muy disímiles y es injusta con cientos de tipos y mujeres que arriesgan mucho por intentar transformar la realidad de este país. Pero la conducta de Alberto y Cristina en estos días, más dedicados a atribuirse la derrota electoral o el liderazgo del gobierno que a mostrar responsabilidad frente a una sociedad que, a pesar de haberse expresado en las urnas, sigue viendo su presente y su futuro cercano con miedo e incertidumbre, justifica el uso de “casta”, al menos para ellos. Dedicar la primera semana post-electoral a intrigas de palacio, encerrados en sus torres de marfil, subidos a sus aviones o helicópteros, mientras la calle les reclama otra cosa, es casi la más perfecta definición que puede haber sobre desconexión entre la política y la gente.

¿Cómo se soluciona esto? No lo sé, es algo que tienen que decidir sus protagonistas. No estamos todavía ante una crisis institucional sino simplemente ante una crisis política, que no hace indispensable la participación de la oposición o de otros poderes el Estado o de la sociedad civil. Pero sí sé que es una crisis política que finalmente saca a la intemperie los dos conflictos centrales del Frente de Todos, que muchos veníamos advirtiendo y cuya explosión el oficialismo había logrado demorar hasta las PASO del otro día. Esos dos conflictos son, por un lado, la paternidad (o maternidad) del proyecto, que Cristina ayer literalmente se atribuyó a sí misma y que Alberto discute desde su rol constitucional; y, por el otro, los atisbos de racionalidad económica que susurra Martín Guzmán contra el barullo ortodoxamente populista que braman los dirigentes de La Cámpora.
Estos conflictos eran fáciles de adivinar desde el primer día de convivencia de una coalición que fue exitosa para ganar una elección pero muy torpe y ríspida para gobernar. Curiosamente donde menos diferencias parecieron tener fue en la gestión de la pandemia, donde la coalición entera se encolumnó detrás de la cuarentena eterna, la destrucción de la educación pública y el sometimiento policíaco a los ciudadanos indóciles. Con resultados, por otra parte, lamentables: Argentina se acerca al fin de la pandemia siendo el 9º país con más muertes por covid por millón de habitantes, con uno de los peores rendimientos económicos del período 2020-2021 y uno de los que más tiempo dejó a sus chicos sin educación. Por eso no hay que exagerar con la idea de que el fracaso del gobierno se debe a que Alberto y Cristina representan distintas visiones del país y de la política: cuando estuvieron de acuerdo también les fue muy mal.
De todas formas, sigo pensando que el conflicto desatado en estos días, aunque encuentre un frágil armisticio en las próximas horas, no resolverá –porque es imposible de resolver– esos dos conflictos de los que hablaba antes, porque Cristina sólo los dará por resueltos (el conflicto político y el conflicto económico) si Alberto se somete a sus instrucciones y deseos. Para ella no hay otra resolución posible.
Mientras tanto, continuará la telenovela del palacio. Seguiremos su desarrollo con fascinación y espanto, porque no podremos evitarlo. A Alberto Fernández le cantaron falta envido hace casi 48 horas y todavía no dijo quiero o no quiero. En algún momento va a tener que hacerlo.
* Periodista y escritor. Editor general de Seúl.
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