
Siglo XXI: niñas y mujeres han alcanzado muchos derechos y han logrado realizar deseos y luchas asociados a un reconocimiento por la igualdad de género, la no discriminación y la no violencia por el solo hecho de haber nacido mujeres. Paralelamente y desde hace tiempo, el mundo laboral ha cambiado, generando la necesidad de que en muchas familias el ingreso económico sea equivalente al trabajo remunerado de más de una persona, con la consecuente pregunta por la crianza: ¿quién ejerce la crianza de niñas y niños pequeños bajo este nuevo paradigma?
Hace no muchos años y bajo un esquema de configuración familiar tradicional, muchas mujeres madres se veían confrontadas a renunciar a su actividad profesional y/o laboral por el solo hecho de asumir la crianza de sus hijos. Por otro lado, quienes elegían salir a trabajar y dejar a sus hijos al cuidado de otra persona percibían generalmente una remuneración mucho más baja que la que recibían muchos hombres, desalentando el desarrollo profesional de la mujer.
Ser madre es, para muchas mujeres, la realización de un deseo que, lejos de formar parte de un instinto o un destino, se construye desde la subjetividad y los procesos personales de cada persona. Sin embargo, socialmente se espera de las mujeres madres que ejerzan su rol materno desde la incondicionalidad, renunciando a ser mujeres, profesionales, trabajadoras, amantes, para dedicarse exclusivamente a la crianza.
Una madre profesional relata no poder asistir a las reuniones de padres del jardín de infantes de su hijo y lo vive con culpa; en simultáneo, decenas de padres se ausentan de las mismas reuniones, pasando total y absolutamente desapercibidos.
Por otra parte, en el mundo laboral la maternidad resulta desde todo punto de vista inconciliable con el desarrollo profesional. Según algunos estudios, casi el 85% de las mujeres tiene la firme convicción de que la maternidad es un obstáculo para el desarrollo profesional. Frente a este escenario, surge la pregunta relativa a la concepción social de la madre: ¿somos efectivamente las mujeres quienes consideramos incompatible el desarrollo profesional y la maternidad o se trata de una más, entre tantas imposiciones, a las que nos hemos visto sujetas a lo largo de la historia?
En los últimos años la Ley de Contrato de Trabajo ha ampliado los derechos de las mujeres embarazadas y madres, promoviendo flexibilidad y reducción de los horarios, espacios para la lactancia, guarderías y aumentos de los salarios a partir de la llegada de un hijo. Algunas empresas han ampliado inclusive las licencias por maternidad con goce de sueldo. No obstante, en el imaginario social que reproduce nuestros discursos y realidades, una madre que elige desarrollarse profesionalmente es habitualmente juzgada y culpabilizada por no priorizar estar en su hogar al cuidado de sus hijos.
Aún hoy es frecuente oír que lo mejor que puede pasarle a un niño es estar con su madre. Más allá de la importancia innegable de la función de la madre en la crianza de un niño y del enorme placer que puede depararle a un niño pasar tiempo con ella, el discurso que sostiene la incondicionalidad de una madre con sus hijos es uno más entre tantos mandatos sociales hacia las mujeres que la excluyen de conquistar esos ámbitos que han sido siempre territorio de los hombres.
Se trata de asumir la firme convicción de que lo mejor que puede pasarle a un niño es que quien ejerza el rol materno para con él tenga deseos, que pueda transmitirle que hay un mundo más allá de él y que el niño pueda acceder a que hay un mundo más allá de la madre. El desarrollo de las mujeres en las empresas, en la política, en las instituciones y la conquista de derechos en las calles constituyen para las mujeres el desarrollo de otras tantas identidades: mujeres empresarias, mujeres trabajadoras, mujeres gobernantas, mujeres luchadoras y mujeres que crían porque la crianza puede ser, también, un destino elegido.
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