
Existen ciertos personajes de la rica historia entre Argentina y España que no son conocidos para el público general pero que han tenido una trascendencia más allá de su tiempo de vida. Tal es el caso del Luis Jiménez de Asúa , un jurista y político español que se desempeñó como vicepresidente del Congreso de los Diputados de España y quien fuera representante de ese país ante la Sociedad de Naciones, la antecesora de las Naciones Unidas. Pero una vez instalada la dictadura franquista comenzó otra etapa en su vida marcado por el exilió en Argentina donde falleció un 16 de noviembre de 1970, hace medio siglo, dejando aquí un legado que todavía hoy perdura.
Su obra es tan vasta y extensa que sería imposible poder describirla en un artículo periodístico. Cuesta trabajo ponderar lo significativo que fue para el país y para Latinoamérica, sintetizar las contribuciones a la ciencia penal y a la política de esta larga y fecunda vida de trabajo y estudio.
Nació en Madrid en 1889 den el seno de una familia con muchas limitaciones económicas. En temprana edad, terminó su carrera de Derecho. Becado para profundizar su formación, concurrió a universidades de Alemania, Francia y Suiza. Su vocación por el saber y un laborioso empeño hicieron de él, muy joven aún, un distinguido académico de reconocimiento en el mundo. Las inquietudes sociales que animaron siempre sus investigaciones, le hicieron ver que el delito antes que una infracción a la ley, era un hecho social y que entre los objetivos de la sanción, debía primar sobre el castigo, la recuperación social del delincuente. Hizo escuela en su país y en América Latina. Adscripto al positivismo penal, muy en boga en las primeras décadas del siglo, conoció profundamente la legislación latinoamericana y encaró su estudio con criterio y rigurosidad científico.
Si bien no hizo de la política su principal quehacer, el enfoque social que dio a sus investigaciones jurídicas lo hicieron tomar firmes compromisos de solidaridad con los trabajadores desde una perspectiva irrenunciablemente democrática. De ese modo fue perseguido por la dictadura de Miguel Primo de Rivera y luego, integrado a las filas del Partido Socialista Obrero Español, fue legislador, diputado a las cortes constituyentes y redactor de la Constitución de la Segunda República española. Durante el curso de la Guerra Civil, prestó significativos aportes diplomáticos en apoyo del gobierno constitucional de su patria. Perdida la democracia en España, llegó a ser Presidente de la República en el exilio.
Desde muy joven estuvo relacionado a la Argentina. Vino por primera vez en 1923 con motivo de haberse puesto en vigor el nuevo Código Penal que, con cambios, es el vigente. Desde entonces y hasta 1930 viajó casi anualmente a nuestro país por motivos académicos, circunstancia que aprovechó para respaldar fuertemente al movimiento de la Reforma Universitaria.
Concluida la guerra civil, se radicó en la Argentina. El profesor José Peco, renunció a su cargo de Director del Instituto de Derecho Penal y Criminología de la Facultad de Ciencias Jurídicas de La Plata, para que fuese nombrado en su lugar Jiménez de Asúa. En 1940 se incorporó al claustro de profesores de esa Universidad hasta 1943 en que por solidaridad con el Presidente de la Universidad, Alfredo L. Palacios, que había renunciado al rectorado en repudio al golpe de Estado, abandonó la cátedra. Regresó en 1945 y volvió a renunciar en 1946 por las injerencias políticas del nuevo gobierno en aquella casa de estudios. En 1956 volvió a desempeñarse como profesor esta vez en la Universidad del Litoral y en la Universidad de Buenos Aires, pero al producirse un nuevo golpe de Estado y ser intervenida la universidad 1966, volvió a renunciar ahora definitivamente.
Murió bajo aquella misma dictadura en su departamento de la avenida Pueyrredón desde cuyo balcón veía entre la arboleda de la Plaza Francia, la Facultad de Derecho en la que diez años antes, al cumplir setenta años, los alumnos le hicieron un emotivo homenaje.
Ahora todo fue silencio. Y cuando los estudiantes le pidieron al Decano de facto de la Facultad de Derecho que cerrara las puertas de esa casa, en señal de duelo por la pérdida del insigne maestro español, el Decano (paradójicamente un penalista) llamó a la policía. Vivió y falleció lejos de su tierra a la que tanto extrañaba pero quedó en el recuerdo de varias generaciones de profesores y estudiantes argentinos que le tributan el singular reconocimiento que sólo se rinde a los maestros.
*El autor es abogado, Presidente emérito del Instituto Latinoamericano del Ombudsman-Defensorías del Pueblo (ILO), Coordinador de la Comisión de Constitucionalismo y Defensorías del Pueblo por el Grupo de Trabajo de Jurisprudencia del Consejo Europeo de Investigaciones Sociales de América Latina-Unesco (CEISAL). Ex Defensor del Pueblo de la Ciudad de Vicente López
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