Al visitar cualquier nación en desarrollo encontrará múltiples organizaciones bien intencionadas y personas que intentan hacer el bien. Los políticos locales, los filántropos extranjeros, las organizaciones internacionales de donantes y las benéficas asignan fondos basados en sus propios valores, su percepción de lo que se necesita y las realidades políticas. Con este enfoque se logran muchos beneficios, pero tiene también muchas limitaciones.
En el desarrollo, como en todas las áreas, hay tendencias. Quizá esta semana sean los paneles solares, o la próxima sea la lucha contra el virus Zika. Algunas causas son más fotogénicas que otras. Rara vez, por ejemplo, vemos a estrellas de rock celebrando conciertos para promover una campaña antiparasitaria y, sin embargo, los parásitos generan las infecciones humanas más comunes, lo que afecta la ingesta nutricional de los niños y provoca daños para el resto de sus vidas.
Cuando los gobiernos o los donantes analizan dónde invertir, tienden a hacerlo de a una intervención a la vez, y a menudo en apoyo de una decisión ya tomada sobre diversos supuestos. Las comparaciones entre las decisiones de gastos son casi imposibles.
Pero, ¿y si las cosas fueran diferentes? ¿Qué pasaría si los políticos e incluso el público pudiesen ver una amplia gama de opciones al mismo tiempo, comparando la construcción de puentes con el gasto en paneles solares o una campaña antiparasitaria, para averiguar dónde cada dólar extra podría aportar el mayor beneficio?
Esa es la pregunta que mi equipo del Copenhagen Consensus se propuso responder en Bangladesh, en la primera aplicación de nuestro proceso de análisis de costo-beneficio. El proyecto Prioridades de Bangladesh encargó a docenas de equipos de economistas especializados que estudiaran 76 soluciones específicas para mejorar el futuro del país.
Este panel identificó algunas inversiones notables, como el tratamiento de la tuberculosis (TB) y las intervenciones nutricionales tempranas en la primera infancia. Pero los expertos también señalaron, por ejemplo, que el cáncer cervical no debería ser prioridad. Esto conlleva decisiones difíciles, ya que la enfermedad mata a unas 10 mil mujeres de Bangladesh cada año, pero su tratamiento es muy costoso. Más del doble de las mujeres mueren de tuberculosis, que también mata a muchos hombres y niños. El objetivo más amplio es, sin duda, que Bangladesh pueda responder con eficacia a ambos desafíos. Pero si necesita comenzar en alguna parte, el análisis muestra que el dinero que podría salvar a una persona de morir de cáncer cervical salvaría a casi 50 personas de morir de tuberculosis.
Cuando decimos lo que debe ser primero, también necesitamos decir lo que no debe ser primero. Porque, aunque parezca irrelevante, muchas veces, si no priorizamos, terminamos haciendo menos bien del que podríamos hacer. No debemos esperar que cada donante y cada gobierno alineen sus gastos para lograr lo mejor con cada dólar.
La evidencia sobre costos y beneficios definitivamente debería ser parte de nuestro debate, también en América Latina. Identificar esta información significa crear una lista de costos claramente comprensible. Compartirlo hace brillar la luz en donde, de lo contrario, las decisiones se tomarán en medio de la oscuridad.
El autor es director del Copenhagen Consensus Center y autor de los best seller "El ecologista escéptico" y "Cool It".
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